Algas Marinas

La sigue desde hace tiempo. La observa hacia los lados y pasea como si fuera algo casual, pero ella tiene demasiada experiencia en estas lides, por eso reconoce de inmediato sus intenciones. Está cansada. Se siente vieja y fea. Duda. Quizá ese joven no busca sexo, solo es una coincidencia. Entonces sus miradas se cruzan y el muchacho voltea nervioso.

Ahora está segura. No es su imaginación.

Tiene dos opciones: enfrentarlo o huir. Mientras se aleja, piensa dónde ocultarse. El lado Norte siempre está en penumbras y hay rocas, cuevas y otros escondrijos. Decide ir para allá, pero entonces se le ocurre una idea. Camino al Norte, se detiene en medio de la Rotonda. Si él pasa por la derecha, lo rodeará por la izquierda o viceversa. Le dará una vuelta al asunto. Literalmente. Se esconde entre la vegetación, pero cuando él aparece, no sigue derecho, sino que recorre la rotonda. Adivinó su plan. Ahora solo es cosa de tiempo para que la atrape. Quizá no la vea entre el denso follaje, pero lo duda. Está vestida de naranja y blanco, colores que resaltan como un rascacielos en medio de la selva. Mientras piensa en camuflajes, él pasa de largo. De inmediato aprovecha la oportunidad y huye en sentido contrario.

Ahora se detiene en la Rotonda del lado Sur. Es imposible que la vea. ¿Y si la huele? Está nerviosa. Su respiración es agitada. En ese lugar la vegetación es rala y el sol alumbra todo. Si se acerca, la verá de inmediato. No hay un solo recoveco donde ocultarse. Entonces recuerda que un poco más allá está el bosque de Loto, que es oscuro y frondoso. Ése sería un buen escondite.

Avanza treinta y siete centímetros hacia el Sur cuando él la encara. Ella lo empuja, pero el joven es fuerte y resiste sus embates. Odia a los adolescentes, tan bruscos e impetuosos. Siempre están calientes. Creen que mientras más se aparean, más machos son. Se libera con un brusco movimiento de cadera y huye al bosque. Él la intercepta y la empuja hacia las frondosas algas. Antes le pareció un buen escondite, pero ahora se da cuenta que ahí, en medio del bosque de Loto, nadie llegará en su ayuda. La excitación vuelve loco al muchacho y la empuja con más vehemencia. Esquiva un nuevo empellón con un fuerte movimiento de cola. Él se lanza furioso contra ella.

Por fin la inmoviliza. Ya no tiene escapatoria. Ahí, oculto por las sombras, comienza a presionarla. La empuja y golpea contra las espesas hebras verdes que flotan pegadas a la pared, cada vez con más vehemencia, hasta que ella, resignada y cansada, suelta millares de huevos. Él, histérico, extasiado de placer, nada en un mar de feromonas, suelta su semen y fertiliza las minúsculas esferas. El ritual de apareamiento del Carassius está completo.

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