Angeles

I. Fantasma.
—No puedes ver que ya llegó el momento para que encontremos… Ríos, montañas, nada puede estar muy lejos… No lo puedes ver… Tienes que encontrarla para ti mismo… No lo puedes ver…
Una voz ronca de Carolina, llena de cascajos y oro, creciendo profundamente, alzándose en un creciente aleteo que envolvía al terrible sonido de la guitarra. ¡Ganchos de ropa a lo largo de los cables, ángeles golpeando sus arpas! Steve le miró por el espejo retrovisor y dijo:
—¿Cómo demonios haces para salirte tanto de tono?
—No está fuera de tono. Escucha—. Fantasma retorció sus dedos alrededor del mástil de la guitarra de Steve y rasgueó lo que Steve supuso era el intento de un acorde. Resonó a través del automóvil, vibrando en el vidrio y en el metal, levantando el polvo de los asientos hasta que Steve bajó su ventanilla para dejar salir el sonido y Fantasma empezó a cantar otra vez, alegremente, masacrando gloriosamente al éxito clásico de la FM, con el viento ondeando los largos hilos traslucidos de su cabello sobre los ojos.
—Amy…qué vas a hacer…Ameeeeee… Me entiendo contigo…
Cuarenta millas después, más allá de la estación de servicio con osos asesinos enjaulados en la parte trasera de la estación, más allá de los enormes campos de trigo y tabaco, más allá de los postes de teléfono que se alzaban como crudos crucifijos contra el cielo, el T-bird escupío grandes cantidades rabiosas de vapor, tosió, y entonces se detuvo.
Steve se quedo bajo el capó del auto por un momento, maldiciendo y lastimando sus manos con el metal caliente mientras Fantasma rasgueaba la guitarra y le cantaba desde el asiento trasero. Cuándo Fantasma dijo “Toma” y le lanzó una Bud del pequeño refrigerador, Steve llevó sus manos adoloridas al flequillo de su cabello oscuro que caía sobre su frente y ojos. Los hilos de su cabello resaltaban en ondas y ángulos, tiesos por la grasa de la maquina.
—Está más allá de mis poderes—, dijo Steve. —Está jodida viejo Fantasma, está malditamente jodida. Necesitamos un teléfono.
Fantasma salió del automóvil. Sus pálidos ojos giraron hacia el cielo y se posaron en los cables de teléfono que se extendían más allá de la creciente niebla del camino. Se puso de pie meciéndoce suavemente por un momento, con las manos temblando a sus costados, su mente viajando por los cables. Entonces se sacudió a si mismo, giró en circulo, y dijo:
—¿Ves esa iglesia de allí? Hay un camino detrás de ella, vamos a través del cementerio y del bosque, y habrá una gran casa sobre la colina.
Se arrastraron a través del cementerio, lanzando largas sombras sobre la suave podredumbre de piedras grises y sobre los luminosos parches de grama y tierra y rayos de sol, aun bebiendo de las latas de cerveza que goteaban espuma y destellos capturados por el sol de color ámbar. Steve secó sus manos en un pañuelo rojo. Fantasma, aun zumbando su canción, agarró la punta de las ramas altas entre sus dedos y las dejo resbalarse de nuevo. Los cadillos se adherían a los dobladillos del los jeans de Steve y a las mermudas grises de Fantasma, y Steve comenzó a silbar.
Los gemelos se sentaron en el jardín delantero sobre el barro fresco de su pozo de los deseos, rastreando por diez minutos el avance de los viajeros antes de que el susurro de las hojas de las ramas y el crujido de las piñas del pino se pudiera oír desde la maleza en el camino del bosque. Cuándo las sombras de los viajeros se agitaron alrededor de la curva del camino, en el instante antes de que entraran a la vista en el jardín, cada uno los gemelos tiraron una manojo lleno de hierbas y pequeñas flores azules con forma de estrellas, las arrojaron dentro del pozo de los deseos y se escabulleron debajo el porche principal. Dos pares de ojos de un amarillo verdoso se asomaron; dos cabezas se inclinaron juntas, susurrando acerca de la piel agrietada de las botas vaqueras de Steve y sobre los dibujos hechos con Magic Marker en las zapatillas blancas de Fantasma.
Fantasma se detuvo para echar un vistazo al fangoso lugar en el jardín, un agujero poco profundo bordeaba el barro rojizo en el césped cubierto de maleza; líneas de diminutos guijarros blancos sobresalían, medio incrustados como dientes en el irregular suelo del jardín, un estallido de colores en piedra. Delicadamente, Fantasma trazó una línea de guijarros con la punta de su zapatilla.
—¿Qué es eso?—, preguntó Steve.
—Un pequeño agujero en el suelo. Hay flores ahí adentro, Steve. Y guijarros.
—Un montón de basura, quizás. Escucha, debemos deshacernos de estas cervezas antes de que llamemos a esa puerta.
Dejaron las latas de las cervezas debajo de la sombra de los escalones del porche. Por el rabillo del ojo Fantasma vio dos pequeños flacuchos con manos de araña asomarse por debajo del porche y manotear. Se se agachó en manos y rodillas e intentó mirar entre las tablas. Hojas podridas, parches de luz y sombras… una mano pequeña, escondiéndose.
Un chico abrió la puerta y miró a Steve a través de una cortina de cabello castaño tan brillante como el pecho de un petirrojo. El chico estaba a finales de su adolescencia, quizás sólo un par de años menor que Steve, pero mucho más pequeño y tímido, no dijo nada más que un “¡Hey!” y se hizo a un lado para dejar entrar a Steve. Steve volvió la vista hacia Fantasma que estaba de rodillas, con su ojo asomado en una grieta en el porche, con su mano buscando algo en el bolsillo. Fantasma sacó una pequeña moneda de diez centavos y la arrojó por la grita.
—Probablemente vio a los gemelos—, dijo el chico. Steve se encogió de hombros y se encaminó hacia el vestíbulo.
Fantasma había tenido razón; la casa era grande. También era húmeda y poco iluminada, y llena de la presencia de Jesús. Su imagen gigante colgaba en el centro del pasillo, esos ojos tan tristes y sabios como los de un sabueso enano, con las manos extendidas en bendición. Cuando Steve lo miró desde otro ángulo, las palmas rezumaban sangre. El fondo era de pana marrón rojiza con manchas de agua. Del techo colgaban pesadas frutas de yeso, hojas de hiedra, y cupidos de miradas aburridas.
Cuando Steve le explicó lo del T-bird, al chico se le iluminaron los ojos.
—Puede que sea capaz de repararlo. Soy capaz, a veces.
—Es una vieja puta perversa—. Steve le advirtió. —Te estallará la tapa del radiador en tu cara tan pronto te vea. Quizás mejor sólo llamamos a la chatarrería.
Fantasma, entró por su cuenta en el vestíbulo, y escuchó esto:
—Steve, no vas a dejar ese viejo automóvil hasta que la parte de atrás se le caiga. Volvamos y tomemos las herramientas, por lo menos. Si vamos a estar aquí por tanto tiempo, quiero practicar la guitar—. Steve gimió. Se devolvieron hasta el porche y Fantasma contuvo el aliento.
—Mira. Ya salieron.
Los gemelos se agacharon junto al pozo de los deseos, con sus cabezas inclinadas sobre el fangoso agujero. Sus sombras se volcaron sobre el césped, negras y retorcidas. Cuando se giraron, Steve, quién era un año mayor que Fantasma y algunas veces algo protector, no pudo dejar de tomar a su amigo por la muñeca y empujarlo hacia atrás.
Las dos pequeñas figuras en el jardín tenían ojos brillantes, sombreados por huesos y por su palidez. Sus rostros salvajes eran delicados. Sus pechos desnudos eran pequeños huecos huesudos cubiertos por una piel blanca, y los hombros apretados eran toscos, rojizos, fruncidos… y de alguna manera tan deformes, tan equivocados, que Steve no pudo comprender de inmediato la naturaleza de su deformidad.
Los gemelos le miraron por un momento, aun encorvados sobre su pozo de los deseos. Entonces se lanzaron y desaparecieron—si habían desaparecido dentro del bosque, alrededor de la casa, ó, debajo del porche, Steve no estaba seguro. Miró nerviosamente detrás de él y dijo:
—Qué…
—Pasó justo antes de que nacieran—, les contó el chico.—Salieron pegados del vientre de Mamá ya grandes. Casi la desgarran al salir. Le tuvieron que coser treinta puntos. Los gemelos nacieron con un brazo cada uno, Michael en la derecha y Samuel en la izquierda, y el doctor los cortó por el hombro para separarlos.
Steve miró al lugar dónde los gemelos habían estado, reviviendo otra vez a las pequeñas formas retorcidas, su manera de apoyarse el uno en el otro, un hombro contra otro deforme hombro. Intentó pensar en algo que decir, y sólo pudo salir con un “Lo lamento.”
Fantasma cerró sus ojos y siguió a Steve y al chico a través del bosque, dejando que sus pies encontraran su propio camino a lo largo del sendero, viendo a través de la confusa luz que se filtraba entre de sus párpados. Se imaginaba a sí mismo sensible, pequeño, desnudo, escasamente formado, protegido sólo por el ser humano cuyo hueso, sangre y alma habían sido fundidos con sigo mismo. Sintió el frío dolor del bisturí, el calor, la cortante agonía de la desmembración. Se le escapó un gemido, un pequeño sonido de soledad.
—¿Eh?—, dijo Steve, girándose.
Fantasma abrió sus ojos.
—Nada.
Cuándo alcanzaron el T-bird, Fantasma sacó la guitarra de Steve de nuevo. Steve y el chico metieron sus cabezas debajo del capó del coche y empezaron a hablar con entusiasmo acerca de la perversidad de los automóviles. Fantasma los escuchó por unos pocos minutos, medio sonriente por la futilidad de las conversaciones sobre autos. Entonces caminó de vuelta por los bosques hasta la casa y se sentó en las escaleras del porche y tocó todas las canciones que conocía. Las cantó fuerte con alegría, inventado las palabras que no lograba recordar, y estaba gimiendo y acompañando una extraña canción sin palabras que de repente había poseído sus dedos cuando los gemelos aparecieron dando volteretas alrededor del rincón de la casa, esas mechas húmedas de oscuros cabellos despeinados, esos cuerpos goteando, los rostros veteados por agua o lágrimas. Las cicatrices de sus hombros resaltaban vividas e inflamadas en contraste con su palidez.
Los gemelos estaban desnudos, y Fantasma se dio cuenta que eran mayores de lo que pensaba: sus entrepiernas estaban espolvoreadas con un suave y oscuro terciopelo, aunque allí, así como en cualquier otro lugar, estaban subdesarrollados y eran menudos. Cuando vieron a Fantasma cayeron al suelo, acurrucándose, tratando de protegerse el uno al otro con sus únicos brazos.
Fantasma se incorporó hacia ellos, queriendo reunirlos con él, darles algo a lo que se pudieran aferrar. Cuando vio el terror en sus caras se detuvo, se forzó a poner sus manos de vuelta en la guitarra.
—¿Qué les pasó?—, preguntó.
—Ella nos dio un baño—, dijo uno de los gemelos finalmente, escupiendo las palabras, mirando a la guitarra.
—¿Quién, tu madre? ¿Porqué no te permite lamerte y limpiarte a ti mismo? Eso era lo que mi abuela solía dejarme hacer, o me permitía tomar baños de barro.
Las sonrisas se agitaron y murieron en los labios de los gemelos. Fantasma los miró pesadamente por un momento, entonces empezó a tocar la extraña canción de nuevo, punteando las notas desde las cuerdas, dejándolas caer y estallar como gotas coloridas de agua, tirando su cabeza hacia atrás y gimiendo sonidos que casi eran palabras. Fantasma no dejo de tocar cuando uno de los gemelos se alzó para tocar las incrustaciones plateadas de la guitarra. La canción crecía cada vez más salvaje y extraña, halando los dedos de Fantasma a lo largo de las cuerdas. Se separada en largas cintas de sonido y se fusionaba otra vez con los cuerpos limpios de los gemelos, los acercó más, los puso en pie aun apoyándose el uno en el otro.
Colocaron sus manos juntas, las líneas y las colinas de sus palmas entrelazándose como un rompecabezas de carne. Inclinaron sus cabezas hasta que sus frentes se tocaron y entonces se mecieron aparte y empezaron a danzar, dando vueltas, prensados juntos a lo largo de la longitud de sus pequeños cuerpos a medida que emergían una vez más, agarrándose el uno al otro con una lujuria infantil y con desesperación, girando y empujando la espalda del otro, una poesía delgada, una música de carne y hueso. La música creciendo en espiral. Los dos a la vez estuvieron sobre Fantasma, con sus rostros pegados en el de él, sus manos encontrando el latido de su corazón. Fantasma se las arregló para empujar la guitarra a un lado antes de que los gemelos lo arrastraran hacia atrás de las escaleras, con sus labios pringosos con sus lágrimas saladas y su saliva agridulce. Por un momento Fantasma se ocultó tras la oscuridad de sus párpados y dejó que sucediera: el calor de sus suaves pieles de melocotón, el picante y jabonoso olor de sus cuerpos, su pasión por la música.
Pero el resentimiento y terror endurecieron las manos de los gemelos, hicieron de sus dedos fuertes y afilados. Sus dientes encontraron la cavidad de la garganta de Fantasma y un brillante y húmedo dolor floreció allí.
Entonces el peso de sus cuerpos había desaparecido de encima de él y estaba solo en las escaleras, sólo el mástil de la guitarra en sus manos, sólo su gélido y suave cuerpo presionado contra él. Una débil lamentación llegó desde abajo del porche.
—¿Señor?—, dijo una suave voz preocupada. —Los gemelos no le lastimaron, ¿verdad? Ellos no lastimarían a nadie, no lo harían a propósito—. Fantasma miró hacia arriba. El hermano mayor de los gemelos había vuelto. Detrás de él estaba Steve, manchado con aceite y sudoroso, con sus fuertes músculos tensados, listo para matar a cualquier cosa que hubiera atacado a Fantasma.

—No estoy herido—, les dijo Fantasma, mirando sus caras.
—Tu cuello, Fantasma—, dijo Steve tranquilamente. —ahí en la “V”—Fantasma puso su mano en su clavícula y la apartó pegajosa, con su sangre de un color violeta.
II. Hermano
Los gemelos tenían quince años cuando el ángel vino y se los llevó.
Nadie más en la familia amaba realmente a los gemelos. Y los gemelos tampoco nos amaron a ninguno de nosotros. Quizás la razón era que estaban molestos por haber sido separados.
Los nombres de los gemelos eran Michael y Samuel, eran buenos nombres, un arcangel y un profeta. Pero nadie jamás los llamó por esos nombres, y si alguien lo hizo, los gemelos nunca respondieron. Para nosotros ellos eran sólo los gemelos, no más que una sola persona, no realmente dos, separados por el hombro el día después de su nacimiento y casi desangrados hasta la muerte. Dios los ampare.
El día que llegaron a casa desde el hospital, Mamá colgó una imagen de Jesús en su cuarto y los puso a dormir en sus dos pequeñas cunas. Lloraron todo el día y toda la noche y todo el día siguiente. Mamá pensó que los ojos brillantes de Jesús en la oscuridad estaba asustando a los gemelos, así que quitó la imagen, pero los gemelos continuaron llorando hasta que los puso juntos en una misma cuna.
Después de eso han dormido en la misma cama todas las noches, cada noche, por siempre—de otro modo gritarían como cuando eran recién nacidos. Mamá trajo ropa para remendar desde la ciudad y telas para hacer igualmente ropas, y los gemelos dormían en su habitación de costuras entre montones de telas y locos patrones de tejidos, sus sueños zigzagueaban por el blanco de la maquina electrica de coser.
Los gemelos aprendieron a arrastrarsen con un sólo brazo, una rápida estanpida bajando por el pasillo, sobre la alfombra rosa de berza que rozaba sus rodillas en la sala de estar. Aprendieron cómo levantarse el uno al otro, colgando del otro. Si se inclinaban el uno en el otro, podían dar algunos pasos. Nunca acudieron a Mamá cuando ella les tendía sus brazos, tampoco dónde Papí ni siquiera hacia mi. Se colgaban el uno en el otro y se tambaleaban en círculos, sosteniendo al otro, empujando al otro cuando caían.
Los gemelos comían nuestra comida y dormían en la cama que les ofreciamos y nos dejaban mantenerlos limpios, pero para ellos nosotros sólo existiamos en un pequeño rincón de su mundo, un rincón reservado para tales cosas como la ropa y la cena y los odiados baños. Cuándo tuve la edad suficiente para descubrir el don que Dios me había otorgado para reparar los motores de los carros, en ocasiones los gemelos se acercaban a la cochera y me observaban trabajar en el coche de algún vecino. La mayoría de veces corrían libres por el bosque y vivían bajo el porche, jugando los juegos que se inventaban dentro de sus cabezas. Adoraban bailar en forma de rituales, caminando y balanceandosen en círculos. Al final se agarraban el uno al otro tan fuerte como garrapatas, aullando si alguien trataba de separarlos.
Los gemelos no hablarían hasta el verano en que cumplieron cinco años y yo cumplí ocho. Rezabamos por ellos cada sábado en la iglesia. Mamá incluso mando a traer un poco de aceite bendito. Venía en un pequeño empaque plástico como las salsas ketchup de un restaurante, Mamá frotó las gargantas de los gemelos con el aceite cada vez que lograba atraparlos aun sentados, pero no hablaron hasta que lo hicieron bien y estuvieron listos.
La imagen de aquel verano en la cocina, y los diecinueve grados centigrados marcados en el termometro Siks Motor Oil sobre la ventana, permanece aun en mi memoria tan colorida y vivida como las escenas en 3-D de la Biblia especial que Mamá compró por T.V. Los gemelos estaban sentados en la mesa de la cocina comiendo mantequilla de maní desde el tarro. La mantequilla de maní era suave y caramelizada en el borde del tarro, y el rostro de los gemelos tenían manchas cafés de la mantequilla de maní. Mamá estaba sacando una lata de jamón del gabinete para hacerme un sanduche.
Una mosca avanzó a través del hoyo en la parte inferior de la pantalla de la puerta, zumbando alrededor de la cocina, y aterrizando en el borde del tarro de mantequilla de maní. Los gemelos miraron a la mosca por un segundo, hasta que quedo atascada en la mantequilla de maní derretida y empezó a luchar para liberarse. Entonces uno de los gemelos—Michael—se giró en su silla, miró directo a Mamá, y dijo:
—¿Qué te hizo pensar de todas formas que queríamos ser separados?
Los dedos de Mamá tan sólo se cerraron alrededor de la lata de jamón. Su mano se sacudió. Vi a la lata de jamón caer y golpear el mostrador hasta el piso. Rebotó una vez y rodó hasta descansar a un lado del bote de basura plástico. Michael quitó a la mosca de la mantequilla de maní, se la limpió frotando la alas y piernas y las manchas marrones en el borde de la mesa, y levantó su cuchara de nuevo.

—No los quiero cerca de mí—, dijo Mamá determinadamente, después a los gemelos los sacaron del cuarto de costura de Mamá y fueron reubicados en una habitación arriba en el cuarto de invitados, la cuál según ellos era muy fría y estaba embrujada, y finalmente se trasladaron a mi habitación. Dijieron que no cantarían de noche si quitaba las imágenes de la Biblia que mamá me había regalado, y entonces vivimos en paz.
En ese entonces los gemelos tenían cinco años.
Tenían trece años cuando Papí los encontró en un charco de sangre sobre el suelo de la cochera. Tenían un paquete de navajas de afeitar y estaban acurrucados cerca de la pared del fondo, detrás del camión de Papí, con sus hombros tajados presionados juntos, sangrando el uno en el otro. Entre ellos debían de tener treinta puntos de costura. Tiré la manta sobre mi cabeza esa noche y los escuché susurrar en la cama de al lado.
—Pensé que volveríamos a regenerarnos juntos—, dijo Michael— no iba a decirles eso.
—Ahora duele—, masculló Samuel, a punto de dormirse.
—Siempre duele ahí—, dijo Micahel—esa parte dónde nos separaron.
III. Fantasma
Fantasma soñó con esa vida, durmiendo al lado de Steve en la fría habitación de invitados en el piso superior—una habitación, la cuál había sido embrujada, Fantasma lo sabía, pero sólo por la triste y diminuta sombra de un gato que había muerto de hambre allí hace quince años atrás, encerrado y olvidado por la familia en vacaciones.
El chico supo cómo reparar en T-brid de Steve, pero no podía hacer el trabajo hasta que el sol cayera porque era Sábado. A esa hora ya era muy tarde para seguir el camino, así que la familia permitió que Steve y Fantasma se quedaran en el piso superior en la habitación de invitados por diez dolares.
Fantasma yació despierto toqueteándose la marca de la pequeña mordida limpia en su garganta y sintiendo la sombra del gato aun rumiando, y escuchando, incluso, la respiración de Steve, la respiración de un hombre en paz consigo mismo y en tregua con el mundo.
Entonces Fantasma cayó dormido también. Se encontró a sí mismo agitándose a través de las espesas y lechosas nubes que muy seguido lo envolvían de las caderas hacia abajo en sus sueños. En sus sueños rara vez veía sus pies, a pesar de que sentía que estaba descalzo.
Estaba cruzando el jardín principal de la casa. Pasó el fangoso agujero en el suelo, el agujero que los gemelos habían llenado con monedas y flores y lo llamaban el pozo de los deseos, y se preguntó que habrían deseado ellos allí. Bordeó las orillas del bosque y cubrió los treinta pies hasta la cochera detrás de la casa con la instantánea facilidad de los sueños. Estaba en el garaje. Las paredes resplandecían con las herramientas. Había una furgoneta roja allí, una de esas pasadas de moda que siempre le recordaban a Fantasma una barra de pan, y había también un maltratado caballo de batalla de un Chevrolet en el que el hermano de los gemelos debía estar trabajado sin propósito durante los emotivos días, entre Sábados.
Un pequeño río de sangre goteaba entre las ruedas traseras de la furgoneta, cortando un camino a través de el aceite y la arena sobre el suelo, manchando el concreto. La ventana del garaje estaba opaca por la luz de la luna. El parabrisas y el metal de las herramientas brillaban débilmente en azul. La luz de la luna convertía a la sangre a un color negro.
Fantasma vio entonces a los gemelos, apretados juntos en una esquina detrás de la furgoneta, desnudos, sus rostros salvajes y sus pechos estrechos y sus piernas como palos de escoba bañados con una luz azul-blanca, salpicados por la húmeda sangre negra. Los cardenales en sus hombros, sus hombros completamente cicatrizados, estaban presionados juntos, su sangre fluyendo entre los cortes que se habían infligido el uno al otro. Sus rostros eran suaves e inocentes y absolutamente dichosos. El corte de la navaja. La sangre negra. La dicha.

—¡Sé lo que desean!—, gritó Fantasma, despertándose. A su lado Steve se agitó y murmuró tirando todas las mantas a un lado, pero no se despertó. El grito había sido sólo en la mente de Fantasma, un grito-de-sueño.
—¡Sé lo que desean!—, susurró, y miró a la oscuridad por largo tiempo antes de sentarse.
IV. Hermano
El otro era sólo un chico como yo, un poco mayor, un poco más listo. Pero el otro llamado Fantasma era un ángel. Lo sabía por las alas de cabellos que caían sobre sus ojos como lino, y por su piel que resplandecía, y por la forma en que sus manos movían el aire. Y lo supe por lo que supongo que ustedes llamarían aura.
La señora Cartairs en nuestra iglesia puede leer el aura; ella puede decir un montón de cosas sobre una persona de acuerdo al color de su aura. Los gemelos, dijo ella, comparten un aura. Es del color morado-negro de un hematoma, y los rodea a ambos, conectándolos, no importa cuan separados estén. Nunca he visto el aura de los gemelos, ni tampoco la de nadie. Pero cualquier persona podría ver la dorada luz rodeando a Fantasma, tan traslucida y sin embargo tan desgarradoramente brillante como un rayo de sol cirniéndose a través de las puras nubes en una mañana de Pascua.
Fantasma se había levantado.
No pude escuchar sus pasos acolchados en el pasillo, pero sí vi la dorada luz abriéndose paso a través de la oscuridad antes de que entrara en nuestra habitación. Me dirigió una mirada rápida y pensó que estaba dormido, entonces se inclinó sobre la cama de los gemelos. Iba a ser mordido otra vez, pensé. Peor aun—iba a ser agarrado.
Pero los gemelos se alzaron hacia él como nunca antes habían sido tomados por alguien, salvo por ellos mismos, y Fantasma, quién debió haber sido más fuerte de lo que aparentaba, porque levantó a un gemelo en cada brazo y se giró hacia mi. Sabía que estaba despierto después de todo. Los gemelos se inclinaron hacia él, con sus cabezas acurrucadas contra su cuello y sus manos unidas alrededor de su pecho, murmurando soñolientos. Si alguien podía salvar a nuestros gemelos, ese alguien era este ángel.

—Dios este contigo—, susurré.

Fantasma sonrió. Su rostro, incluso en la oscuridad, era radiante.
—Paz—, dijo él.
V. Fantasma
Escondió a los gemelos en la parte trasera del T-brid, les dijo que esperaran allí hasta la mañana, y los vio hundirse en el fácil ritmo del sueño infantil, envueltos en la excelente manta que Steve había tomado de alguna posada navideña. El resto de la noche de Fantasma fue oscura y sin sueños.
En el desayuno a la mañana siguiente, la valiente madre preguntó por el paradero de los gemelos y el hermano miró a Fantasma y dijo:
—Ya se han ido al bosque.
Fantasma casi pudo ver al chico cruzar los dedos debajo de la mesa, protegiéndose a sí mismo contra la mentira. El torpe padre gruñó. Esa fue toda la conversación del desayuno, excepto cuando Fantasma, refiriéndose a las decoraciones en yeso en el frente del pasillo, dijo:
—¿Sabían que los cupidos son paganos?
Steve lo miró. Fantasma, con aire ausente, sumergió una galleta salada en la insipidez de la salsa de pollo.
Fantasma amablemente se ofreció a encender el coche mientras Steve pagaba por la habitación y la comida. Hizo que los gemelos se escondieran en el piso del asiento trasero, donde se acurrucaron felizmente. No aparecieron hasta el medio día, cuando Steve se detuvo en un paradero de camiones para cenar y una oscura cabeza rojiza salió del asiento y dijo:
—También tenemos hambre.
—¡Estás loco!—, dijo Steve con la boca llena de café, su quinta taza. Encantado, Fantasma miró a los gemelos partiendo un pedazo de torta, comiéndose sólo los trozos de manzana.
—Has ido muy lejos esta vez, hombre. Ellos tienen nuestras descripciones, incluso con ese estúpido disfraz puesto—. Fantasma había cubierto con largas mangas de camisa los hombros de los gemelos. —Esos chicos sobresalen como una monja en una casa de putas. Probablemente tienen mi maldito número de licencia. Estaremos en el bote antes de que el día acabe, Fantasma, puedes apostarlo.
—Lo sé. Vamos a esquivar eso. Demonios, quizás nos lleven a la silla eléctrica—. Fatasma sonrió, una simple y dulce sonrisa, una sonrisa que hizo a Steve querer dejarle un labio partido—. Sólo que no lo creo, Steve. No creo que nos vayan a seguir. Parece que tendrás que confiar en mi ahora.
Steve abrió su boca. Fantasma dijo:
—¿Quién te dijo que Ann regresaría a ti? —y Steve cerró la boca de nuevo, frunció el ceño y agitó su cabeza. Finalmente dijo:
—Sólo dime, ¿qué demonios quieres hacer con ellos?
—Los llevaremos a la ciudad—, dijo Fantasma.— Y los liberaremos.
En la ciudad—cualquier ciudad, había dicho Fantasma, así que Steve escogió la más grande, la más anónima que pudo encontrar—Fantasma sacó a los gemelos una noche y regresó solo a su motel. Su rostro estaba gredoso y sus ojos enrojecidos, se metió a la cama de Steve y empezó a sollozar. Steve lo abrazó durante toda la noche mientras Fantasma soñaba con la última consumación, con el agujero santo, el innegable patrimonio.
—Dios este contigo—, susurró una y otra vez en la oscuridad.— Dios este contigo.
VI. Hermano.
Mamá y Papí nunca reportaron el robo de los gemelos. Dijieron que habían salido a jugar un día y que nunca regresaron. Los bosques fueron rastreados, y los posos saqueados; encontraron un montón de cosas muertas, pero no a Michael, ni a Samuel. Mamá no parecía querer tener a los gemelos de vuelta. Siempre habían odiado ir a la iglesia.
Unas semanas después recibimos una carta de la ciudad. Los gemelos estaban muertos, decía. Ya podíamos ir.
En la morgue de la ciudad, los gemelos eran unos bultos inrreconosibles bajo una manta de plástico, un bulto muy largo para ser una persona, y muy pequeño para ser dos. Miré sus rostros suaves y sus cuerpos con costras de sangre mientras el policía intentaba explicar que un doctor chiflado, del tipo de doctor que usa perchas para sacar a los bebes del vientre de las mujeres en los callejones oscuros, les había prometido a los gemelos que podría llevar a cabo la operación que ellos querían. Sí, el doctor estaba en prisión; no, el policía no tenía idea de dónde habían sacado los gemelos el dinero. El dinero del ángel, pensé.
Ambos gemelos murieron a causa de una hemorragia. El policía nos enseñó los crudos puntos. Incluso si hubieran sobrevivido a la operación, dijo, habrían contraído infecciones mortales en los días siguientes—la macabra habitación dónde se llevó a cabo la operación era un agujero lleno de cucarachas y moho. El policía hizo una broma en forma de disculpa diciendo que la operación había sido exitosa incluso cuando los pacientes habían muerto. De tal forma, la operación había sido un exito. Los gemelos ciertamente fueron cosidos juntos por el hombro.
Cuándo llegamos a casa, el rostro de Papí se sostenía pesado e impaciente sobre el volante, mientras Mamá oraba en voz alta en el asiento de pasajeros, y los gemelos nos seguían a casa en un vagón refrigerado, miré al cielo en busca de ángeles.

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