Cortadle La Cabeza Y Otros Relatos De Terror

Cortadle la cabeza
Y otros relatos de terror

Lo Trajo la Noche

Era noche cerrada. La lluvia llevaba horas cubriéndolo todo con su serenidad cristalina, pero pocas personas eran conscientes de ello. Vivir solo en un caserón en medio de algún lugar entre las montañas es algo para lo que no todo el mundo está preparado; yo creía estarlo…hasta aquella noche. Nunca me había ocurrido nada igual. El suave repicar de la lluvia provocaba ecos por toda la casa, reverberando por los pasillos, en cada rincón. Fuera la lluvia se convirtió en furiosa tormenta, mientras dentro de la casa un silencio expectante se imponía sobre cualquier otro sonido. Tres golpes secos hicieron retumbar la ventana, contundentes como verdades, rompiendo la seguridad de lo cotidiano. No habían sido un producto de mi imaginación, a pesar de que la razón y las circunstancias apuntaran a ello. Tres nuevos golpes, pausados, y aún más vigorosos que los anteriores confirmaron esta angustiosa realidad. Era una llamada, pero… ¿De quién? ¿O de qué? El segundo piso donde me encontraba se eleva cinco metros sobre el suelo, y la ventana apenas tiene alféizar sobre el que apoyarse. A pesar de que estaba aterrorizado, una curiosidad morbosa arrastró mis pies fuera de la cama y los condujo en aquella dirección, orientado por la intermitente luminosidad de los relámpagos que la atravesaban para inundar la habitación. La vieja madera del piso crujió bajo mi peso, mientras me acercaba lentamente, paso a paso, hasta colocarme frente a la ventana y…allí estaba, ocupando todo el vano con su cuerpo, aquella realidad imposible, error de la Naturaleza y la lógica. Su bulbosa figura recordaba vagamente a la de un pájaro deforme, creado según parámetros absurdos, cubierto su cuerpo por agudas varillas oxidadas, como de paraguas, que entrechocaban produciendo sonidos angustiosos al ritmo de su agitada respiración. El rostro de aquel ente era lo peor…toda cordura quedaba destruida con su visión: poseía dos ojos humanos asimétricos, sin párpados, circunferencias perfectas que reflejaban odio fanático y furia infinita, congelados así sobre su víctima. Mostraba su dentadura de colmillos irregulares, comprimida en un mordisco atroz. Mi mente luchaba por volver a atar los cabos que le permitiesen unirse de nuevo al mundo real mientras mi cuerpo quedó congelado ante la aparición; no hizo nada, no dijo nada, sólo mirarme fijamente con rabia ancestral, lógica sólo dentro de su conocimiento. La lluvia siguió cayendo…

Lo primero que vi al despertar fue la habitación blanca (acolchada) en que me encontraba, y de donde no volvería a salir jamás. Ellos dicen que estoy loco, que la soledad destruyó mi mente; pero ellos no lo vieron, no saben que convive en nuestro mundo, quién sabe con cuántos entes más; su mensaje era su presencia, dar a conocer su existencia real, traspasando el plano onírico. Sin embargo, mi verdad no será nunca oída. A veces, cuando la tormenta ruge y todos duermen, puedo escuchar entre los truenos lejanos un débil tintineo de varillas herrumbrosas, como de paraguas viejos…

Alta Mar

La noche era calurosa, apenas traía brisa para alejar los fantasmas que nacían de su habano; Julio, don Julio, sentado en el ático de su mansión solitaria junto a la cala privada, rodeado de tierras innecesarias herencia de crímenes a fuerza olvidados y verjas de acero aún más innecesarias por ser antes las del miedo que en sociedad llamaban respeto, contemplaba el negro mar invertido del cielo. El murmullo incesante resucitaba recuerdos a la lejanía, que la vacía esponja de su presente se encargaba de enjugar. Alguien debió decirle al aspirante a capo Julio, después Don Julio, que ni los zapatos de cemento copiados de las películas, ni el hilo de acero, ni las blancas rayas de polvo y el agua de fuego, ni el dinero a toneladas, ni las noches orgiásticas de sexo catártico podían acallar la eterna voz susurrante de los muertos. Y no es que no pudiese disfrutar de estos clásicos placeres, pero ahora había de compartirlos con ellos, sus miradas fijas, su constante presencia. A veces se preguntaba si el camino hacia ésta, su ambicionada cumbre, mereció la pena. La respuesta siempre era un amargo trago de whisky.

El mar, el mar, la vida, la muerte. Qué pequeño resultaba todo junto a la inmensidad. Su contemplación era lo único que en este mundo no le provocaba hastío, con su ir y venir clamoroso e idéntico de olas, días y espuma. Volvieron a él aquellas travesías en el interior de barcos que eran juguetes en sus caprichosas manos de gigante pueril, inconsciente de su inmenso poder; todas las emociones se sucedían entre el gemido de los aceros, un embrujo que se desvanecía al pisar tierra, dejando en su lugar un poso de anhelo, una llamada que, tarde o temprano, obtenía su respuesta. Y su regreso.

Nada se movía ya en la noche, salvo el mar, inquieto. A través del vapor de sus ojos, Don Julio, hipnotizado, veía las olas limpiando la arena, brazos de una gigantesca ameba, tímida a pesar de su monstruosidad. A pocos metros de la playa, donde el agua aún no llegaba hasta el cuello, apareció un bulto negro. El bulto, muy lentamente, como si hubiese de vencer una gran resistencia, avanzó hacia la playa; y según iba avanzando, el bulto se adivinaba como la cabeza de una emergente figura encorvada. Don Julio se restregó los ojos, pero la imagen persistió. Ahora el agua le lamía las rodillas y no cabía duda de que era un hombre, cubierto de harapos y algas o alguna suerte de camuflaje para pasar inadvertido, como un comando de las fuerzas especiales del ejército. Al fin había ocurrido. Don Julio sabía que, tarde o temprano, los sobornos y otros resortes oscuros dejarían de proporcionarle esta burbuja de protección en la que vivía; pero nunca imaginó el modo mediante el cual tenderían la trampa; tal vez por considerarlo como algo poco probable e impreciso. O era eso, o el despistado buzo había elegido el peor lugar para perderse.

No era un comando, desde luego. Ahora veía, con los ojos bien abiertos, los movimientos innaturales con los que ese hombre arrastraba su cuerpo tambaleante playa adentro, dejando dos surcos paralelos en la arena tras de sí. El no era un hombre miedoso, nunca lo había sido; las contadas ocasiones que tuvo el pánico para recorrer sus venas hubiesen detonado el corazón de cualquier otra persona, aún entre los más habituados al espectáculo de la sangre puesta en libertad. Y sin embargo, la visión de aquel deforme, enajenado, o quien diablos fuese, comenzaba a inquietarlo, motivo sobrado para disparar su inestabilidad, su orgullo homicida. Los chicos de confianza habían bajado al pueblo a divertirse por orden expresa. Quería soledad esta noche, y ya había un intruso –con dos cojones, eso sí- distorsionando sus planes; así que tendría que encargarse personalmente del asunto. Echó una última ojeada por encima de la balaustrada hacia aquel loco penetrando en sus propiedades, que estaba mucho más cerca, aunque no lo suficiente para que las estrellas y la luna iluminasen su rostro. Llegaba entonando un mecánico murmullo tan grave como el rumor del agua, pero no pudo distinguir palabras desde la altura que los separaba. Don Julio dio media vuelta y corrió a su despacho. Allí destrabó del armario su viejo Kalashnikov, regalo de su contacto moscovita Nicolai, muerto en un desafortunado mal negocio meses atrás. Tomó un par de cargadores y salió de nuevo al ático. Dispuso el arma para abrir fuego y, acomodando su culata al hombro, buscó la cabeza del desconocido con la boca del cañón de acero. Pero éste ya se hallaba fuera de su alcance. Los surcos gemelos en la arena conectaban el mar con el pórtico de su mansión. No pudo localizarle hasta que dos golpes de fuerza brutal impactaron contra la pesada puerta principal, reventándola en cientos de astillas y esquirlas de vidrio que repiquetearon como llanto de tormenta sobre el hall. Acababa de invadir su hogar. Don Julio, aplastando su temor bajo la estampida de una rabia incontrolable, atravesó a la carrera su despacho y comenzó a descender por una de las escaleras de suave curvatura que conducía hasta la planta baja, a la altura del inmenso recibidor. Escalón a escalón, la correa del arma anudada al antebrazo, un pie tras otro, Don Julio salió al encuentro del invasor, mientras el murmullo balbuceante de su cántico de palabras sin aire penetraba, ahora sí, con abrasadora claridad por sus oídos.

En la noche serena, por encima de la ensoñación sonora de la espuma y la sal, se escucharon treinta disparos ininterrumpidos. Y un solo grito.

Se encuentra en la segunda planta, subiendo por la derecha –indicó el agente.
El inspector Núñez entró en la estancia. Un fortísimo olor a whisky inundó sus fosas nasales instantáneamente. Y a pesar de la escena ante sus ojos –modo curioso el que a veces emplea el cerebro al operar-, el primer pensamiento que esbozó su mente fue que el lujoso cuarto de baño era tan amplio como el salón de su casa. Después se percató de la presencia del comisario Torres tras su desgastado bigote.
-Le estaba esperando, Núñez. Empezaba a retrasarse.
-Parece un ajuste de cuentas.
-¡Vaya! ¿No me diga? Su sagacidad no deja de sorprenderme. Y yo pensando en un desafortunado accidente doméstico.

Del borde de la bañera colgaban los pies de Don Julio, sumergido por completo en líquido ambarino. Las manos aparecían crispadas, los ojos conservaban una mirada particularmente horrible de terror cristalizado en el tiempo. La mandíbula, desencajada o rota por descontado, permitía que el manojo de habanos permaneciese obstruyendo la boca en cruel angulación.
-Bueno, pues ya podemos empezar a recorrer la lista de los doce mil sospechosos que deseaban la muerte del angelito.
-¿Alguna pista o indicio revelador, en primera instancia?
- A ver que le parece a usted esto; yo todavía no sé muy bien como interpretarlo –dijo el comisario, tendiéndole una caja de habanos vacía cogida con las enguantadas puntas de dos dedos. Sobre la fina tapa de la caja de madera, una inscripción rasgada:

Felicidades, papá

Una Mirada al Abismo

Como cada noche, los dos cenaban en la mesa del comedor. Él levantó la vista del plato. Ella le estaba mirando, sin dejar de llevarse la cuchara a la boca. La observó con detenimiento. Las arrugas en sus mejillas eran las páginas del libro de los años. Él había estado allí para leerlas. Durante décadas. Y juntos se habían internado lenta, tiernamente en el otoño de la vida, como una tarde que, sin hacer ruido, se precipita en noche inesperada. Sin embargo, en aquellos ojos vítreos que le atravesaban no había cariño, no había ternura, mucho menos amor, ni siquiera reconocimiento…sólo una mirada mecánica, helada, subrayada por un sorber de sopa…que comenzaba a inquietarle. Porque aquellos ojos carecían del brillo propio que confiere una personalidad, sustituido por la fijeza opaca de los cristales en las muñecas de juguete, con su fallido simulacro de vida…
-¿Quién es esta mujer con la que vivo? –se preguntó a sí mismo, dejando de comer, sorprendido por su propia pregunta. ¿Qué sé de ella realmente? –mientras le seguía mirando sin pestañear. Sintió un escalofrío de miedo, como el que sufriría al encontrarse con un extraño animal. Todos estos años, acompañados mutuamente. Pero la ilusión de conocimiento no es el propio conocimiento –se dijo. El encantamiento de los días encadenados, las rutinas…habían tejido un velo que ahora comenzaba a rasgarse. Bajo esa mirada. ¿Y si toda aquella familiaridad fue el embrujo continuado de los sentidos? –pensó. ¿Qué ocultaban? ¿Con quién he vivido? Y el escalofrío creció hasta ser un estremecimiento, una revelación pura…

Ella también había dejado de comer. Y notó que era observado, tal y como, hasta hace un momento, él la observara a ella. Su gesto había cambiado. Temblaba. Las miradas se encontraron, viendo por vez primera, expandiendo la realidad de un abismo a su alrededor, hundiéndose la una en la otra -un pozo de ojos desorbitados-, cayendo en esa oscuridad, cada vez más rápido, más y más profundo…comprendiendo…comprendiendo…
Él tosió violentamente, llevándose una mano a la boca.
Ella se sobresaltó. El abismo desapareció al instante.
-¿Estás bien?
-Sí, no es nada –dijo él, volviendo a su plato.

Ambos siguieron cenando en silencio. Como cada noche de los últimos cuarenta años.

Cortadle la Cabeza

La plaza era una turba enajenada, sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro -como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba lista para la siguiente ejecución.
-¡CORTADLE LA CABEZA! ¡CORTADLE LA CABEZA! –se escuchaba como un eco que iba y venía, entre otros de inhumana ferocidad.

La muchedumbre apenas se abría para dar pasó al carro tirado por caballos que se adentraba en la plaza. Con las manos atadas a la espalda y recostado en un lateral, el noble mantenía su mirada en la distancia, indiferente a la ventisca de insultos, frutas y huevos podridos que arreciaba sobre él. Los guardianes empujaban con sus lanzas a los exaltados que se acercaban al carro para escupirle en la cara, aunque muchos lo conseguían. Vio en lo alto al verdugo limpiarse las manos con un trapo, como un carnicero. Tenía el honor de ser el último ejecutado en este día de terror. Por el suplicio ya habían pasado sus cortesanos, sus amigos, sus familiares…a lo largo de las horas previas. Le habían obligado a contemplarlo todo.

Lentamente, fue conducido por las escaleras hasta la plataforma de la guillotina. Aquello era un lodazal de sangre y el hedor le produjo arcadas que apenas pudo contener. Desvió la vista del montón de cuerpos amontonados a un lado, donde pronto caería el suyo. La sucia hoja de acero le pareció suspendida a increíble altura. Desde la lejanía se le había antojado más baja.
La negra capucha del verdugo le preguntó:
-¿Últimas palabras?

El noble negó con un fugaz movimiento de cabeza; entonces fue cuando el experimentado verdugo le recostó -sin la menor ceremonia- sobre el tablón, para pasar a ajustar las piezas de la máquina que aprisionaron su cuello. Cerró los ojos y el griterío inundó sus oídos, su oscuridad.

Una atmósfera de silencio expectante crecía acallando toda voz por encima del rumor. Quedaban segundos, lo sabía. Imaginaba al corpulento verdugo dirigiendo sus ojos invisibles a la masa, a un lado y luego hacia el otro, esperando el respeto de la mínima dignidad para el condenado y su muerte. El fin había llegado.
Captó el segundo justo. Un crujido en la madera al accionar el mando. Una vibración grave y…
Un clamor de júbilo reventó la plaza.
La cabeza había caído en el cesto ensangrentado, junto a las demás.

Hombres, mujeres y niños mostraban su obscena alegría. Había sido un día grande para ellos y, ahora que todo había acabado, se resistían a abandonar el lugar. Durante horas celebraron la muerte y las futuras muertes que estaban por llegar. De repente, entre la algarabía general, se alzó un coro de gritos aterrorizados que, desde la zona más próxima al cadalso, cruzó la plaza como un cuchillo.

El bullicio cesó, y la atención se dirigió hacia el arco de plebe temblorosa que se iba formando en torno a la guillotina. Por el borde del cesto de cabezas habían surgido tres descomunales patas de tarántula. Otras dos salieron para agarrarse por el otro extremo; la gente retrocedió chillando y la masa se desplazó como un campo de trigo azotado por el viento. Poco a poco, la cabeza sangrienta del noble emergió, erguida sobre aquellas patas que nacían en su cuello seccionado.

El terror convulsionó a los presentes de mil maneras, iniciando oleadas de pánico. Muchos corrieron desencajados, implorando al dios misericordioso, otros cayeron desmayados para ser pisoteados por los que huían, mientras algunos quedaron paralizados, movidos sólo por los empujones, observando lívidos como la cabeza descendía sobre la plataforma con un balanceo espasmódico en su cara.
-Os espero abajo… –dijo entre espumajos sanguinolentos; su voz era un fuelle rasgado-…todos tenéis vuestro sitio abajo…TODOS…

El caos inundó la plaza, un pozo de locura. Nadie recogió aquella cabeza de sonrisa grotesca. Y sus ocho patas de tarántula.

Sala de espera

Miguel cogió al azar una de las revistas esparcidas por la mesita de mármol. Le gustaba ojearlas, desde niño: fotos de gente desconocida, información breve y superficial, chicas guapas, las playas del paraíso…lo ideal para alejar la mente de los libros de derecho mercantil y aliviar la tensión de la espera hasta que llegase su turno. El hilo musical –neutro e insípido- también ayudaba a mantener las emociones en una suerte de purgatorio ártico que solamente la presencia de la señorita enfermera podría deshacer. Y mientras llegaba ese momento Miguel se parapetaba tras su revista, rogando para que entre los presentes no se hallase uno de esos sujetos -o sujetas- que parecen sentirse obligados a iniciar conversaciones para dejar clara la diferencia entre personas y objetos de mobiliario. A su lado, una adolescente delgada y pecosa, aislada en el submundo sonoro que le brindaba su walkman, hacia ruido al pasar las páginas de una revista de moda. Bajo la ventana, una anciana de aspecto plácido y concentrado bordaba un jersey de lana azul que alguno de sus nietos no llegaría a ponerse nunca. Dos señoras de mediana edad cuchicheaban monólogos inaudibles frente a él, sin intercambiar sus miradas. Otro señor, embutido en un traje que le quedaba pequeño por muchos esfuerzos de la imaginación que hiciese, se abanicaba sin fuerzas con periódico arrugado contra un calor subjetivo, junto a la puerta que abriría la enfermera.

-¡Rafael, hijo, dejo eso ya! –recriminaba, con toda la fuerza de mando que su educada voz baja le permitía,- una madre a su retoño, que analizaba la resistencia y elasticidad de las hojas de una discreta planta artificial que se había visto acorralada en un rincón por el pequeño explorador.

Pasaron los minutos. La anciana bordaba. El hombre grueso del traje se abanicaba en vano. La chica maltrataba la revista. La madre tomó a su hijo de la mano, salvando a la planta de una defoliación completa. Las mujeres murmuraban…

Pasaron los cuartos de hora. La chica acabó con todas las revistas de la mesa. El hombre dejó de menear su periódico, recostado con la cabeza en la pared y los ojos cerrados; dormido en apariencia. La manga derecha del jersey quedó lista. Las mujeres examinaban las baldosas; ya no tenían nada de qué hablar. El niño se esforzaba en alcanzar un cuadro de motivos abstractos ante la impasibilidad de su madre, que vengaba así el tiempo perdido. La paciencia de Miguel comenzó a resquebrajarse, fenómeno bastante insólito en su experiencia y del que apenas guardaba precedentes en su memoria. Hormigueo en los pies, ligero temblor de manos, desasosiego, una gota de sudor resbalando por la frente, sensación de opresión claustrofóbica…ansiedad despertando como serpiente en el nido de su estómago. ¿Por qué no nos atienden de una vez? –masculló en silencio. ¿Se habrán olvidado de nosotros?

Al fin la puerta se abrió, y todas las miradas se alzaron instintivamente. Sin mediar por palabra más que una forzada sonrisa, la enfermera vestida de blanco se dirigió hacia la anciana – que dejó sus labores inacabadas sobre el sillón- y la ayudó a incorporase. Miguel palideció de terror al verla; sintió su corazón retorcerse y comprimirse como si fuese a estallar, latiendo en una cuenta atrás acelerada. La revista cayó al suelo entre revuelo de palomas. La anciana se dejó acompañar por la enfermera, cuya cabeza era una perfecta calavera gris ceniza- en su caminar doblegado por la artrosis. Ambas entraron, y la puerta se cerró a sus espaldas.

Miguel no daba crédito a lo que acababa de ver. Debía tratarse de una broma de pésimo gusto o una terrible ilusión de los sentidos, pero aquello no podía ser lo que él había percibido. Nadie se inmutó ante el rostro de la enfermera, y los comportamientos siguieron su inercia lógica como si la puerta no se hubiese abierto. “No, no puede ser –se dijo en un intento de tranquilizarse-. Mi cerebro ha interpretado mal sus rasgos, por efecto de la tensión acumulada y el cansancio durante la prolongada espera. Debe ser algo relacionado con la ansiedad; de otra forma, toda esta gente se habría levantado espantada como yo. ¡Qué estúpido soy! Y se hubiese reído con ganas de lo absurdo de la situación si no fuese porque aún temblaba como un flan.

La puerta volvió a abrirse. Miguel dejó escapar un grito, sobresaltado, aferrándose el pecho con una mano, como si su corazón quisiera escapar de esta pesadilla dentro de otra pesadilla. La enfermera cadavérica –no había posibilidad de equivocación ahora, contrastando esa lívida tez con la oscuridad enmarcada por la puerta- hizo un gesto con la mano a la chica para que se acercara, dándole a entender que ella era la siguiente. Pasó delante de él con evidente alivió y premura, sin desprenderse de los auriculares, y las dos desaparecieron.

Todos lo miraban de arriba abajo, extrañados, como esperando una explicación por su parte de aquella histérica salida de tono inmotivada. Notó una tenue pincelada de reproche en las miradas por romper así la normalidad y su carencia de autocontrol sobre esos nervios cargados de ruidosa espontaneidad.
-¿Es que no lo han visto ustedes? –Les exhortó, mostrando las inocentes palmas de sus manos-. ¡¡El rostro de esa mujer es una calavera, por amor de Dios!!

Todas las miradas se comunicaron instantáneamente entre sí, intercambiando un tácito “Bueno, nos ha tocado un pobre enajenado. Habrá que seguirle la corriente, no vaya a ponerse violento y montemos aquí una escena”.

Haciendo gala de gran naturalidad y un fino sentido del humor con claras intenciones desdramatizantes, una de las señoras que tenía enfrente se dirigió a él con suaves palabras:
-Hombre, la chica está delgadita, para qué lo vamos a negar, pero tampoco hasta ese extremo.

Hubo sentidas risas de apoyo a la señora, que sirvieron para restaurar el orden de lo cotidiano y, de paso, dejarlo en evidencia, ahí de pie, en mitad de la sala.
-Pero…barbotó a modo de excusa.
-Vamos hombre, siéntese –siguió ayudando la comprensiva señora, con cálida sonrisa en los labios; seguro que ya pronto le toca a usted.

Y Miguel se sentó, despacio, abrumado, comprobando antes que el sofá no se había transmutado en cocodrilo o que estaba a punto de ser absorbido por un agujero negro. Entretanto, el chirrido de la puerta al abrirse volvió a impactarle en los oídos. Y allí estaba de nuevo, la grotesca calavera, que reclamó a la buena señora que había intentado salvaguardar su reputación. Ésta se incorporó con otra sonrisa y le dedicó un guiño de complicidad a Miguel, mientras el brazo extendido de la enfermera la invitaba a pasar.

Miguel sintió náuseas, la serpiente recorriendo sus intestinos. Su cuerpo era una cárcel de locos petrificada por acción del horror. Clavó la vista en el suelo, se sujetó la cabeza entre las manos, tal vez para impedir que la esfera paranoide explotase en mil pedazos bajo tal presión, e invocó a la serenidad en mitad de la tormenta que amenazaba con arrastrarlo hasta el fondo de la insania; única forma de recobrar el control sobre sí mismo. “Venga Miguel, debes calmarte. Lo cierto es que no ha pasado nada. Seguro que sufres uno de esos insólitos trastornos neurológicos que afectan a una de cada ochocientas mil personas, como el caso del hombre aquel que un buen día dejó de reconocer el color amarillo o la chiquilla que recobró la vista tras una década de ceguera por el simple hecho de estornudar con fuerza. A diario suceden en el mundo cosas como ésta, sin explicación aparente. Tendrás que visitar a un nutrido puñado de especialistas y someterte a sus pruebas infames, pero al final darán con la causa de tu anomalía y se lo contarás a tus nietos entre risas. La ciencia es algo maravilloso”.

Al mirar a su alrededor, con algo más de calma, reparó en el sofá vacío frente a sus incrédulos ojos. La amiga de la señora ya no estaba allí. “¿Dónde se ha metido? ¿Ha salido o es que se ha esfumado?”. En la sala sólo quedaban el hombre trajeado y la mujer con su hijo.

Y entonces cayó en la cuenta de que ninguno de los anteriores pacientes había vuelto a salir por aquella puerta por la que habían entrado.
-“Tendrán otra puerta de salida para no molestar a los que esperan –razonó ante su extrañeza. Tampoco conozco las dependencias de este edificio, así que son ganas de sospechar y fabular despierto”.

La enfermera entró en la sala sin que nadie la prestase atención. Cogió al niño por una manita y le acarició su hermoso pelo castaño. Su madre le dio un suave empujoncito en la espalda y la enfermera, con delicada determinación, arrastró al pequeño hacia la puerta.
-¡Mamá, mamá! –gritó el niño intentando agarrarse a ella, con la angustia reflejada en los inocentes ojos del que no entiende el porqué de lo que pasa.
-Es sólo un momentito, Rafi. Ahora al salir te compro unos gusanitos y unas chuches.

Miguel no lo soportó más. La imagen del niño aterrado le hizo reaccionar como flecha de ballesta y se puso en pie con los puños apretados, fuera de sí.
-¡Haga el favor de soltar al niño inmediatamente! –escuchó vociferar a su garganta. Se enteró al mismo tiempo que los demás de lo que acababa de decir.

La enfermera se detuvo, y se giró hacia él. Entonces fue cuando Miguel experimentó cómo el horror puro le abría el cerebro en canal, cuando aquellas cuencas negras donde se leía el infinito se fijaron en las suyas, meros continentes de una carne enferma de locura y mortalidad. La sonrisa cincelada en hueso se burló de la crisis nerviosa que castigaba su organismo, tan débil, tan vulnerable, incluso a su propia condición. Miguel retrocedió derrotado, tropezando con la mesita de las revistas para caer sobre el sofá, donde quedó paralizado, casi sin aliento. La enfermera prosiguió sus pasos llevándose consigo al pequeño, cuya cara enrojecía ya por el sofocón irreprimible. La puerta se cerró con un rápido golpe seco, y los gritos del niño cesaron de inmediato.
-Convendría que empezara usted a relajarse –instó con insospechada autoridad el hombre grueso del periódico- sino quiere que llamemos a la policía. La madre asintió, arrugando el entrecejo.

Miguel cerró los ojos y se concentró en regular el ritmo de su respiración. Ni tan siquiera los abrió cuando volvió a escuchar a la enfermera entrar de nuevo, en esta ocasión buscando al acalorado señor del traje, que resopló con satisfacción al incorporarse de su sillón. En la sala ya sólo quedaban él y la madre del chico. Pronto, muy pronto a juzgar por la progresiva reducción del intervalo de tiempo entre las visitas de la enfermera, le llegaría su turno. Y de esta certera intuición arrancó fuerzas de flaqueza.

Per…perdone lo de…lo de antes, señora –se disculpó, tambaleante al ponerse en pie-. Me…me encuentro muy mal; será mejor que salga a tomar un poco el aire.

Pero Miguel no llegó a moverse, porque la única puerta de la sala era aquella por la que había entrado el horror.
-¿Do…donde está la salida? –farfulló, desesperado, pasándose la mano por toda la cara, como queriendo borrar el sin sentido que alteraba su percepción de la realidad.

La mujer le ignoró con evidente fastidio, yéndose a sentar más cercana a la puerta, dándole a entender que deseaba que todo acabase cuanto antes para no volverlo a ver jamás.

Sus sienes pulsaban. Intentó, sintiendo su mente al límite, recordar por dónde había entrado, cuánto tiempo llevaba aquí encerrado, para qué había venido; pero, por más que se esforzó en retrotraerse hacia un lejano pasado, no consiguió recordar el momento en el que entró para tomar asiento, ni nada anterior a esta sala, ni el tiempo transcurrido en medida mensurable, ni mucho menos la intención que le había traído a esperar aquí junto a los demás, que sí lo sabían perfectamente. Ahora era un ignorante ratón en una jaula; y la puerta de la jaula volvió a chirriar.

La madre cogió su bolso y se dirigió hacia la enfermera, que la aguardaba en el umbral. Un instante justo antes de desaparecer, Miguel recibió un fugaz y apenas perceptible brillo de atención en aquella sonrisa y cuencas vacías. “Puedes irte preparando, porque ya sabes lo que sigue” –pensó, sin conocer la autoría de esas palabras.

Le hubiera gustado destrozarlo todo a golpes, tirar la pared abajo y gritar al cielo, reventar la puerta y aquel cráneo a patadas y despertar entre los cimientos humeantes de un mal sueño. Pero sabía con angustiosa rotundidad que esto no era más que un pensamiento reconfortante, una inyección mental de morfina para poder soportar la realidad de esta vigilia incuestionable. Las opciones, todas las opciones se reducían a esperar.

La puerta se abrió.
Y allí, la enfermera también esperaba.

Miguel quiso andar hacia atrás, pero su cuerpo lo hizo hacia delante. Ella salió a su encuentro y le paso un brazo por la espalda, a la altura de los riñones.
-No, por favor…déjeme…déjeme marchar –suplicó, llorando.

La puerta se cerró con un susurro.

Y la sala quedó vacía.
Duelo en Highville

Dedicado a mi amigo Italo Ahumada

Jim observó con alivio la entrada de Highville al final del escarpado camino. Palmeó cariñosamente el cuello de su buen caballo, agotado tras horas de marcha bajo un sol que abrasaba el cielo. Atrás dejaba el serpenteante ascenso hasta la cumbre plana del monte Creek, donde Highville nació como olvidado asentamiento de fugitivos patéticos y desgraciados; y aún más atrás quedaban los días de precaria supervivencia a través del Valle de la Desolación. Pero, al fin, lo había conseguido. Había llegado.

Y juraría que esta vez nadie lo había seguido.

Atravesó el arco de madera reseca que daba la bienvenida a Highville. Conocía bien este lugar, porque el destino ya lo había arrastrado hasta aquí en varias ocasiones, tanto como hombre de ley –en su ya lejana juventud- como ahora, proscrito en mil condados. Sus habitantes se autoabastecían con sus cultivos y cabezas de ganado, además de los productos de cuatro comerciantes locos que, muy de vez en cuando, venían cargando mercancías de turbia procedencia-. A su derecha, más allá del borde del precipicio y perdiéndose en el horizonte, la vista del Valle de la Desolación le trajo recientes, dolorosos recuerdos. Los carroñeros, famélicos, sobrevolaban aquella inmensidad tortuosa. Tras las desgastadas montañas que bordeaban el valle, el Torbellino Rojo elevaba su monstruosa presencia hasta fundirse con el cielo de tierras distantes.

Los cascos de su caballo resonaron por la calle principal del pueblo. Sólo el ulular del viento abrasador lo acompañaba, levantando olas de polvo fantasmagórico. Se cubrió el rostro bajo el ala de su sombrero, avanzando casi a ciegas. Jim no había visto un alma desde que entrara, algo sumamente extraño incluso para un pueblo pequeño y apartado como Highville. A su izquierda reconoció la fachada del Saloon, con sus puertas entornadas. Ningún sonido…ninguna carcajada estruendosa, ni arrastrar de sillas, ni puñetazos de rabia sobre las mesas de juego…ni siquiera aquí. Entonces Jim comprendió que algo extraño tenía que haber ocurrido. ¿Dónde estaban todos? ¿Acaso habían abandonado el pueblo? ¿Por qué? Todas estas preguntas bullían en su cabeza cuando alzó la vista, distinguiendo entre el polvo una figura oscura e inmóvil al final de la calle.

El jinete de negro se fundía con su montura. Parecía un centauro salido del infierno. De su espalda asomaba la culata de un rifle. Sin ver su rostro, Jim se sabía observado; puede que durante largos minutos ya.

No sabía cómo, pero le había vuelto a encontrar. Una vez más.

Jim detuvo su caballo con un suave tirón de las riendas. El animal relinchó, y sonó como un canto de la vida sobre este silencio de polvo y desolación. Desmontó despacio, observando al jinete sin pestañear, y caminó por el centro de la calle. El tintineo de sus espuelas, el rechinar de la tierra suelta bajo sus botas, el tacto de su viejo colt 45…conformaban la triste melodía, tan familiar, que desde siempre lo acompañaba. Tantos años, tantos lugares…mezclados – e indistinguibles ya- en la masa informe de su memoria.

Su perseguidor descabalgó, apartándose de su caballo, que se erguía imponente como una estatua de roca oscura. Avanzó con paso firme. No había miedo, ni dudas…sólo determinación en aquella forma de andar. No era impostada; podría reconocerlo a leguas de distancia. “Puede que éstos sean mis últimos momentos –pensó sin querer. Higville será mi tumba”. Y una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.

El jinete de negro también se detuvo en mitad de la calle. El sol flotaba en la canícula, a su derecha; no sería una ventaja para ninguno de los dos. Jim distinguió el fugaz destello del metal de las pistolas gemelas en su cintura. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir, como si futuro y pasado fuesen las notas repetidas de esta triste melodía, que sonaba y sonaba…

Se observaban con fijeza. El tiempo se había petrificado entre ambos. Las manos oscilaban levemente junto a los muslos, los dedos electrificados…Un segundo, en un segundo la eternidad engulliría a uno de ellos para siempre, dejando un cadáver descomponiéndose como único recuerdo, pasto de los cuervos.

-Mi cabeza debe estar muy cara para que me hayas seguido hasta aquí ¿eh, amigo? –Gritó Jim con la intención de desconcentrar a su rival-. Pero el sarcasmo sonó ridículo incluso a sus oídos. Y se volvió en su contra.

Entonces ocurrió. Como un relámpago que nace en el seno de la tormenta, Jim captó un movimiento fugaz que desencadenó automáticamente lo inevitable. El tiempo volvió a distorsionarse mientras la mente se ausentaba para dejar su lugar al instinto, a los reflejos aguzados por la experiencia de años luchando contra la muerte.

Sus manos volaron vertiginosas. Un estampido ensordecedor rompió el silencio, seguido por otro igualmente bronco que pareció responderle con idéntica violencia. Jim vio el humo blanco, olió la pólvora quemada, escuchó un zumbido gris sobre el eco retumbante en sus oídos, un crujido sordo…sintió algo en su cabeza…

La calle pareció contraerse sobre sí, como un túnel abierto por arriba, y escuchó una nueva explosión, expandiéndose a su través. Una onda que anunciaba muerte.

La realidad se tornó confusa. Durante un instante, el tiempo se detuvo. Jim vio al jinete de negro retorcerse, justo antes de caer desplomado de espaldas.

Los límites y contornos de la calle volvieron a asentarse en la realidad cotidiana. Su sombrero, atravesado por la bala, había volado unos metros. Con la mano aún temblorosa, se acercó hasta su rival inerte. No pudo evitar que un estremecimiento le recorriera el cuerpo al contemplar la cara de su enemigo, quien había estado a punto de poner fin a sus días.

Era una calavera amarillenta, que parecía burlarse de Jim con su sonrisa desdentada. Le faltaba un trozo de cráneo, allí donde el disparo había impactado.

Con un gesto nervioso y ayudando al percutor con su mano izquierda, Jim descargó su colt en una estruendosa ráfaga sobre el cuerpo muerto, hasta que el tambor giró vacío. Al fin, su último encuentro.

Jim cabalgó de nuevo. Sabía que le exigía a su fiel montura un esfuerzo extraordinario; pero ya habría tiempo para descansar, lejos del pueblo maldito de Highville, donde no volvería jamás…

Transcurrieron horas desde la partida de Jim, y la noche pronto engulliría estas calles desiertas de vida. El jinete de negro comenzó a ponerse en pie despacio, sacudiéndose el polvo que casi le había cubierto por completo. El hueso destruido por los disparos seguía regenerándose sin pausa, segundo a segundo; pronto su rostro cadavérico estaría intacto otra vez. Se ajustó bien el sombrero, casi hasta las cuencas, y se dirigió hacia su caballo, que apenas se había apartado de su lado mientras yacía en una quietud absoluta.

Si alguien hubiese estado allí mirando, habría visto la negra silueta de centauro recortándose contra las llamas apagadas del crepúsculo, avanzando lentamente por la calle. A pesar del viento y las horas, las huellas de la precipitada huida de Jim aún eran visibles; no importaba la distancia que hubiera podido recorrer…constituían una guía infalible.

Le concedería la absurda ventaja del tiempo.

Después de todo, pronto sería también un jinete de las sombras.

Y excelente, por cierto.

Un Saco de Ilusiones

Ya sólo le quedaban dos caramelos de café. Había cogido un buen puñado de la bandeja de dulces, polvorones y garrapiñadas sin que nadie la descubriera, pero ya sólo le quedaban dos. Y a pesar de ello, los párpados se hacían cada vez más y más pesados, los deseos de abandonarse al sueño aumentaban por momentos…pero tenía que aguantar. Este año aguantaría, hasta el final. No como en años anteriores -no volvería a sentir esa decepción consigo misma al despertar-. Porque esta vez lo vería. Vería entrar a Santa Claus a dejar los regalos junto al árbol. Aunque tuviese que morir de sueño.

Si sus padres se enteraran de que, en este momento –las cuatro y cuarto de la mañana-, ella, su pequeña Alicia, estaba en el sofá del salón, arropada con dos mantas, la sábana y el cobertor arrancados a su cama, la bronca que le caería sería…inolvidable. Aunque eso a ella no le importaba; sería un aceptable precio a pagar con tal de ser testigo, al fin, de la llegada de Santa Claus. Hacía mucho frío, aunque sentirlo en la cara le ayudaba a mantenerse despierta. Ya no podía faltar mucho tiempo, tenía que estar a punto de aparecer. Desde su trinchera de algodón adivinaba las formas del árbol de navidad, junto al rincón, débilmente iluminado por la luz lunar que atravesaba, fría, silenciosa, el cristal de la puerta del balcón. Y por allí, no sabía muy bien cómo -porque la puerta sólo se abría desde dentro- pero por allí, debía entrar su querido Santa Claus…¿Se acordaría de todo lo que le había pedido? ¿Cómo sería aquel momento mágico que estaba a punto de ocurrir? ¡Qué emoción!

Sin pestañear, atenta a cualquier movimiento en la puerta del balcón, Alicia sentía el paso del tiempo, nada ocurría, escuchando el silencio, luchando por no caer bajo el sueño. De repente, su corazón se contrajo dentro del pecho, impactado. Justo detrás de ella, dos inmensos ojos azules la miraban desde arriba.
-¿Me esperabas, Alicia?

Ella sólo acertó a asentir débilmente, aferrada a las mantas, sin poder separar la mirada de aquellos azules ojos magnéticos, profundos, que parecían brillar en la oscuridad con luz propia. Temblaba de miedo y emoción. Ahora que lo tenía delante no lo podía ni creer… ¡Era él! ¡¡Santa Claus!!

Sin dejar de observarla, Santa comenzó a rodear la mesa camilla dirigiéndose hacia el árbol con su voluminoso saco de regalos a la espalda, sin hacer el menor ruido. Alicia lo encontró enorme, gigantesco; tanto a él, con su traje rojo y blanco, como al saco de tela que cargaba. No lo recordaba así de las tardes que lo vio en el centro comercial. No era el mismo, desde luego. Aquel parecería un niño a su lado. La barba se asemejaba a la de su abuelo aunque ésta, en verdad, era como de nieve. Y sus ojos…eran increíbles, cambiaban a cada paso que daba: verdes, púrpuras, grises, plateados, otra vez azules…y tenían una expresión que nunca había visto en nadie, entre bonachona y alucinada, divertida y aterradora…imposible no mirarle.
-¿Se te ha comido la lengua el gato? –preguntó Santa, chispeante y tierno, sin borrar su gran sonrisa tras la barba.

Alicia escuchó la pregunta dentro de su cabeza, pero ningún sonido.
-¿Po…por dónde has entrado? –se atrevió Alicia al fin.

Santa hizo un gesto con su mano libre. Y la puerta del salón se cerró con un susurro.
-Por la chimenea…

Alicia dudó largos segundos.
-¡Pero si no tenemos chimenea! –replicó alegre, por descubrir el truco-juego de Santa.
-Por la chimenea de tus sueños –contestó alzando una pícara ceja de algodón.

Alicia no supo qué decir, pero le sonó muy bonito. Su sonrisa se amplió aún más entre los mofletes.

Santa dejó su gran saco cerca del árbol de navidad. Parecía pesar una tonelada. Por lo menos.
-¿Tú no deberías llevar ya varias horas durmiendo, mi niñita? –ahora sus ojos eran de un verde amarillento.

En el salón ya no hacía ni pizca de frío. Alicia se deshizo de su refugio de mantas -hasta empezaba a sentir calor con ellas encima- para apoyarse en el reposabrazos del sofá más cercano a Santa.
-Es que…tenía muchas ganas de verte.
-¡HO HO HO! –La grave carcajada resonó en la cabecita de Alicia como un trueno- Pero… ¡si nos hemos visto esta misma tarde en el centro comercial!

Alicia titubeó. Ambos sabían que él no podía ser el mismo que estaba en el centro, pero no se atrevió a contradecir a Santa; corría el riesgo de quedarse sin sus juguetes. Y puede que se tratara de otro de sus trucos-juegos. Como el de la chimenea.
-Bueno…verás –dijo mirándole con esquiva timidez a los ojos-
Que eran inmensos, circulares. Hipnóticos.
…es que…algunas de mis amigas dicen –y al llegar aquí tragó saliva-
-¿Qué dicen tus amiguitas, Alicia?
…pues que tú no existes, que es todo un invento de los padres para engañar a los niños pequeños. Dicen ellas que cómo va a repartir, un solo hombre, millones de juguetes por todo el mundo en una sola noche –alzó la mirada, temiendo la reacción de Santa.
-¿Y tú qué crees, Alicia? –sus ojos eran pozos sin fondo.
-Yo… ¡yo te quiero mucho! –Dijo saltando a su lado- ¡Y creo que son tontas! ¡Tontas del culo! ¡Ups! –Alicia se llevó una mano a los labios, arqueando las cejas, sonrojándose. ¡Se le había escapado un insulto delante de Santa!

Comprensivo, Santa Claus se inclinó ligeramente para poder mirarla a la altura de los ojos, apoyando una mano, que parecía descomunal por contraste, sobre su hombro.
-Tus amigas no son tontas, Alicia. Pero yo no puedo existir para ellas si no creen en mí. Por eso tú me ves ahora aquí, en tu casa, justo antes de dejar tus regalos; y por eso ellas nunca me verán, y serán sus padres los que tendrán que suplir mi labor, dejando sus regalos en mi nombre, sueños y deseos que yo podría hacer realidad sin esfuerzo. Por no creer en mí.

Tan cerca, Alicia se había perdido por completo en los ojos de aquel ser maravilloso, mientras flotaba en sus dulces palabras sin sonido, que impregnaban de regocijo su alma, su corazón. Eran como lagos de agua etérea, mágica, cálida e infinita. Y nadaba en ellos, plena de dicha, como si hubiese alcanzado las playas de un paraíso interminable.
-Y ahora debes irte a la cama, o tus padres se enfadarán con razón si descubren que no estás dormida –Santa se incorporó, diluyendo parte del hechizo.
-¡Pero yo quiero ver cómo dejas mis juguetes! ¿Me los has traído todos-todos? –los nervios la recorrían de pies a cabeza.
-¿Sabes, Alicia, que muchos niños en el mundo -niños como tú- ni siquiera tienen agua para beber? –la expresión de Santa se tornó algo distante.
-Sí, ya lo sé, en África… ¿Pero puedo ver si t…?
-Alicia, debes tener en cuenta lo que muchos han sacrificado para que tú puedas disfrutar de tus juguetes –Santa la observaba, paciente.

Alicia notó el cambio. Con Santa no valían las formas que usaba con su padre y con su abuelo. Había en él algo…diferente, no sabía si superior, que lo hacía muy distinto al más entrañable de sus familiares.
-Ya sé que tengo mucha suerte por todo lo que tengo, Santa –Alicia intentó parecer menos excitada, sin conseguirlo- Pero sólo quería preguntarte…¿llevas ahí todos los juguetes de todos los niños?

Santa recolocó el saco para que no se vertiese hacia un lado; después la miró por debajo de sus blancas cejas.
-En este saco guardo todas las ilusiones, deseos, promesas y oraciones que los niños me mandan, junto con lo necesario para poderlas hacer realidad. Y como ves, mi pequeña, es un saco muy grande –Santa le guiñó un ojo.
-¿Puedo ver cómo lo haces? –Alicia estaba fuera de sí- ¡¡porfi porfi porfi porfi porfi!!
-¡Ssschhh! ¡Vas a despertar a tus padres! –Advirtió Santa con un grueso dedo sobre la barba, mientras agarraba con fuerza el saco- Tus juguetes ya se están haciendo. Los verás mañana por la mañana, y ahora…
-¡NOOO! ¡Enséñame uno! ¡Sólo uno! ¡La casita y me voy!

Santa la inundó con su extraña mirada cambiante.
-Entonces no tendrás todos tus regalos, Alicia. Aún no están preparados.
-¡Me da igual! –Tenía los mofletes colorados- ¡Es mi mayor deseo!, ¿no lo ves? ¡Y es lo que quiero, lo que te pido!

Santa fijó en ella sus ojos circulares.
-Acércate pues.

El saco se abrió para ella como la inmensa boca de un túnel. Un fuerte hedor la golpeó en la cara; una vaharada pestilente.

Y allí, de todos los tamaños y colores, entremezclados con los juguetes a medio hacer, fundiéndose con ellos en un pastoso bullir, Alicia contempló el interior del saco: manos arrancadas, cabezas sin ojos, largas tiras de piel…

Y muchas otras cosas más.

Mi Tumba

Mi tumba es un lugar cambiante. En ocasiones la encuentro cálida, mullida; un refugio a prueba de toda inclemencia del exterior. Otras, las más de las veces, se convierten en un pozo frío, lúgubre, de oscuridad sin fondo, que roba el aliento.

Dentro de este abismo, los ojos no sirven de nada, y los oídos sueñan voces azules. Una de ellas, la mía, intenta destacarse, servir de guía, pero confieso que resulta difícil poder distinguirla. Entre ecos, susurros, ensoñaciones y recuerdos que cruzan esta oscuridad, el tiempo se desgasta, y olvido, por momentos, cómo mi tumba se corroe en su fricción hostil con el mundo.

¿No es esta negritud interna un universo aparte? ¿No nacen estrellas y mueren mundos? ¿No es un reflejo del cielo nocturno? Solo, siempre solo en medio del eterno infinito. Un infinito de uno, espacio para toda soledad y ninguna compañía. No puedo moverme pese a que nada me lo impide. En este espacio cerrado no hay distancias, ni metas; en su lugar flota una espera, que con todo y con nada se llena.

Aquí encerrado construyo la realidad ¿Así vive Dios? ¿Consigo en su locura? Enterrado en la tierra roja de mi cuerpo, mi voz es el rumor de un río subterráneo que fluye sin pausa. Sobre la misma sangre se hunden palabras extrañas. ¿Es esta la vida de un muerto? ¿El sueño de un vivo? Mi mente es la canción de mil estrellas en esta helada noche de ataúd. Cada idea, un fulgor estéril. Cada emoción, un lamento. Todo es frío, no hay consuelo.

Miro fuera de mi tumba, por los agujeros cortados que me sirven de ojos.

La veo en el espejo y pienso: ¿Dónde iré cuando los gusanos te devoren?

Afeito con cuidado las mejillas de mi tumba.

¿Sabías que los muertos andan?

Listo, una vez más, para vagar por el inmenso cementerio del mundo.

Observo, hablo y trato con muertos, que con sus ataúdes marchan.

El sueño de la existencia torna en pesadilla de sangre oscura.

Sí, ya no me cabe duda

Mi cuerpo es mi tumba.

Esqueleto y Luna

Sobre un inaccesible acantilado, muy por encima de Mar de Diamantes, se encontraba el esqueleto negro, sentado en el borde del abismo, contemplando el pálido rostro de su amiga, la Luna llena.

Sin utilizar voz alguna, el esqueleto negro comenzó a hablar:
-Hola Luna, ¡bonita noche! ¿Verdad?
-Todas lo son, amigo esqueleto.
-Me gustaría preguntarte una cosa: ¿Cómo soportas estar ahí arriba, siempre sola, sin nadie que te acompañe?
-Nunca estoy sola, amigo esqueleto, millones de estrellas me acompañan siempre.
-¡Pero están demasiado lejos, casi no las puedes ver!
-Amigo esqueleto, sólo así es posible nuestra amistad, pues de otra forma, si estuviesen más cerca, su brillante luz me cegaría y su energía me abrasaría. Es mejor así. ¿Y tú?, ¿no sientes nostalgia por la carne que acariciaba tus huesos?, ¿no te sientes solo, amigo esqueleto?
-Estoy muerto, Luna, no puedo sentir nada, sólo recordar lo que era sentir cuando la fuerza de la vida recorría mi cuerpo y estremecía mi carne, carne de la que llegué a renegar, por no saber soportar las alegrías y tristezas que ésta generaba. ¡Inmensa es la red de la ignorancia que cubre a los vivos, siendo los que más luchan por zafarse de ella los que más atrapados, al final, se encuentran!

Ahora sólo puedo sentir lo que no existe, cuyo nombre carece de sentido, pues nada significa: vacío, el peor de los estados imaginables. Ningún vivo puede experimentarlo; si así pudiera ser, aunque fuese durante un solo segundo, toda vida sería, desde ese momento, sinónimo de felicidad hasta su extinción. ¡Qué ignota tragedia la suya!
-Comprendo todas tus palabras, amigo esqueleto, pero no siento ante ellas ninguna emoción.
-Yo tampoco, Luna, pero mis huesos, a pesar de su antigüedad, siguen siendo humanos, y estas palabras así expiran por su propia voluntad.
-Qué curioso…
-Luna, las palabras que intercambiamos no contienen emociones.
-Así es, amigo esqueleto, sólo son reminiscencias de algo que desconocemos.
-Entonces… ¿Qué podemos hacer, Luna?
-….
-¿Esperar, tal vez?
-No lo sé, amigo esqueleto, no lo sé.

La Cena

El hombre del tiempo no se había equivocado. La negra borrasca llevaba dos días encima de nosotros, descargando su furia en forma de viento y lluvia incesantes. El fluido eléctrico se extinguió a media tarde, sobre las seis y media, y no se había restablecido aún cuando cayó la noche y nos dispusimos a cenar. Padre, madre, mi hermano pequeño y yo. Todos estábamos alrededor de la mesa, iluminados tenebrosamente por la enfermiza luz de las velas que siempre utilizábamos en estos casos. Nuestras deformes sombras, inquietas ante la luz trémula, se proyectaban débilmente sobre las paredes del salón, distantes en esta oscuridad no acostumbrada.

No había nada que decir. Cenábamos en sepulcral silencio, sesgado solamente por el ruido de cubiertos y las enérgicas embestidas del temporal contra la persiana medio bajada. Sabíamos que poco después de la cena nos retiraríamos a descansar. No resulta agradable estar sentado entre tinieblas durante mucho tiempo.

Todavía quedaba carne en mi plato cuando escuchamos el sonido que nos heló la sangre en las venas. Provenía de la puerta principal de casa. Sí, era el inconfundible sonido de una llave intentando acertar en el hueco de la cerradura. La fuerza de la costumbre nos había otorgado la capacidad de identificar a quien entraba con sólo escuchar la forma de abrir la puerta. Mi madre me miró con ojos desorbitados y una sonrisa de estupor petrificada en su rostro, pues sabía que lo que estaba ocurriendo era imposible que ocurriera, porque todos estábamos alrededor de la mesa. ¡Nadie podía estar entrando en casa! Pero la llave entró, y giró dentro de la cerradura. En los ojos de mi madre brilló el terror. ¡Estaba ocurriendo! ¡Estaba ocurriendo realmente! La puerta se abrió con un chirrido y dos pasos chapoteantes retumbaron sobre el suelo de baldosas. Acto seguido, un brutal portazo hizo temblar las paredes violentamente.
-¡Ya estoy aquí! –gritó una voz gutural apenas comprensible.

El horror había llegado.

Puerta al Infierno, Sangre en el Cielo

Estaban sentados sobre la roca, juntos. Se besaron con ternura. Desde lo alto de la colina dominaban toda la extensión del valle; sus campos de cultivo, los estrechos senderos que conectaban casas aisladas, sus pequeños oasis flanqueados por palmeras y, al fondo, su querida ciudad, ancestral, bajo la protección de las montañas. Contemplaban abrazados la lenta caída del sol tras el horizonte, que reflejaba sobre las escasas nubes la profunda gama del rojo; el lienzo de un pintor magistral, inhumano.
-Qué bonito… ¿verdad? –dijo ella.
-Sí…-susurró él.

Las primeras luces artificiales decoraron el valle, las diminutas ventanas y calles de la ciudad. Las nubes habían aumentado, conformando un manto anaranjado que tornaba, inexplicablemente, hacia un rojo cada vez más brillante. El sol se había retirado, pero la luminosidad crecía tras las nubes. En silencio se miraron y volvieron a alzar la vista, sin comprender por qué este atardecer era tan diferente a cualquier otro que recordaran. Distantes truenos recorrían la cúpula; resplandores eléctricos iluminaban el rojo creciente desde dentro, como en una digestión de luz pura.

Comenzó a llover.

Sangre.

Los rostros desencajados, goteantes, se miraron aterrorizados, extendiendo las palmas de las manos en medio de la tempestad, sin poder creer lo que estaba ocurriendo ¿Cómo podía Alá permitir que las pesadillas abandonasen su cárcel del sueño? El viento golpeaba con su cortina carmesí, arrastrando el orgánico olor del óxido, dulzón, sofocante. Los relámpagos eran venas blancas, momentáneamente visibles entre estallidos ensordecedores. Ciclópeos pilares quebrados y fragmentos de mampostería caían, desde las alturas, sobre el cuerpo postrado de su ciudad, bañada en sangre. Un inmenso torbellino de negrura horadaba el cielo, engullendo las nubes en voraz espiral. Y desde sus entrañas, vomitados entre chillidos monstruosos, escaparon cientos de bestias aladas formando una plaga negra, que se precipitó sobre el mundo de los inocentes. Y con ellas, la certeza de muerte. Despiadada. Absurda. Cruel.

¿Quién aseguró que el infierno enclavaba sus raíces en las profundidades de la tierra?

  • * *

La puerta al infierno estaba abierta.

Oleadas de horrores sin nombre escapaban por ella, libres a su sed de muerte. Cada boca escuchó su propio grito de agonía antes de morir; el dolor se experimentó en todas sus magnitudes. Los ríos de sangre que fueron calles arrastraban restos humanos. La ciudad que era carne abierta, huesos rotos, clamó por un auxilio que nunca llegó. El mundo no luchó contra el horror; miró hacia otro lado. Avergonzado. Aterrorizado.

Cuando la lluvia de sangre cesó, el fuego comenzó a torturar el cuerpo que aún vivía sin vida. Y un cuerpo sin cabeza ya no puede gritar.

En lo alto de la colina, a él lo mataron rápido; sólo le abrieron el abdomen para obligarlo a comer sus vísceras. Ella no tuvo tanta suerte. Las palabras no deben intentar la recuperación de aquello que no pueden transmitir.

Para los artesanos del dolor, la carne guarda infinitas formas.

  • * *

La puerta al infierno sigue abierta.

Nicaragua, Corea, Vietnam…ahora Irak. Ellos siempre han tenido la llave que abre la puerta. Ellos siempre han sido valientes para abrir la puerta. Ellos siempre han sabido cuál es el momento justo para abrir la puerta. Pero nunca supieron como cerrarla.

No existe llave para cerrarla.

Y la puerta al infierno sigue abierta.

De Piedra es el Hombre

–No grite tan fuerte, señora ¿No ve que está asustando a su hijo? Mire, aquí nadie va a oírnos. ¡AAAH! ¡¡AAAAAAAHH!! – ¿Lo ve? Yo también grito si quiere. Pero nadie puede oírnos.
–Y tú, chico, no te retuerzas tanto; acabarás cayéndote de la silla y te harás daño. No llores, tu madre está ahí detrás ¿no la oyes? Aún no tienes motivos para ponerte así. Ni siquiera te he tocado.
–¡Qué bonito pelo tienes! Rubio y suave como el oro. Mira ¿Conoces esta herramienta? Son unas tenazas. Verás, dame una manita, te enseñaré cómo se usan. Se coge un dedito así y se tiiira paaaraa atrás ¡Ya está! Joder, qué pulmones, chaval. ¿Sabes? Mi padre me dijo una vez, cuando era chico, como tú, que uno nunca debe quejarse por nada, porque las cosas siempre pueden ir a peor. Y tenía mucha razón. Porque tú tienes nueve deditos ¿verdad?, pero nueve menos uno ¿cuántos son? ooocho!! ¡Sííí! ¿Comprendes? En un solo segundo, todo puede ser peor.
–Dios…me vais a dejar sordo.
–¡Mamamamamamama! ¿Quieres ver a tu mamá? Déjame que te ayude a girar ¿La ves ahora? ¡Cállese señora! ¡Ya llegará su turno!
–Pero las tenazas también sirven para más cosas, atiende. Te dan un mordisquito en la nariz y… ¡Chas! ¿A que ya no huele a mierda? Uhmm…creo que un niño no debería ver estas cosas. Y para eso tenemos el cuchillo.
– ¡Cállese de una vez señora, he dicho!
–…Un momento…no te muevas…un corte en el iz…quierdo y otro en…el…dere…cho…así. Vas a matar de un disgusto a tu madre, chico. Y lo estás poniendo todo hecho un asco.
– ¿Dónde están ahora su soberbia, su prepotencia?… ¿Sabe qué es lo más triste de todo esto, señora? Que cuando le pedí desde el suelo unas monedas, para comer y beber algo, usted me quiso matar con la mirada. Eran sólo unas putas monedas…
–Ahora ya es demasiado tarde…
–Y yo tengo tanta…tanta hambre…

Mañana Llovera

La última clase es siempre la peor. El cansancio acumulado durante la mañana finalmente vence nuestras fuerzas y nos oprime contra los pupitres. Hoy ha sido otro día vacío de significados, tal vez porque el gran hueco que deja el autoengaño al desvanecerse no puede ser ocupado por las pasajeras afectividades cotidianas.

El profesor expone en voz alta su interesante monólogo sobre la lógica kantiana. Al igual que los escritores, los filósofos son seres curiosamente extraños. Todos parecen escandalizarse ante la simplicidad del monótono ciclo de la vida y, para evitar la desesperación, dedican su tiempo a la creación de posibilidades razonables, mundos paralelos, complejas interconexiones conceptuales de difícil comprensión, realidades no acontecidas y toda una extensa gama de metafísicas ridículamente humanas; como si lo que es pudiera adentrarse un poquito en lo que jamás podrá llegar a ser. Aquel que no reconoce sus límites está irremisiblemente condenado a chocar contra ellos, y los ahogados bufidos de la clase parecen confirmar lo que pienso.

Al mirar por la ventana puedo captar la fluctuación de memorias olvidadas, sin sentido ni rumbo en el subconsciente. El aire dobla las malas hierbas que crecen junto al edificio y el cielo parece cubierto de ceniza; es muy probable que llueva.

Estoy empezando a sentirme mal. La cabeza me da vueltas, las formas parecen desdibujarse en manchas difusas ante mis ojos. Un agudo malestar constriñe ni vientre; creo que estoy enfermando por momentos.

Con gran esfuerzo consigo ponerme en pie -todos giran sus inexpresivos rostros hacia el novedoso estímulo- señalando la puerta con una mano mientras apoyo la otra sobre la mesa para no caer de bruces en el suelo. El profesor hace un indescriptible movimiento con su brazo sin interrumpir su discurso, que yo interpreto como la concesión del permiso para abandonar el aula, aunque de igual modo podría ser un recurso más de su repertorio gestual, tan histriónicamente explotado en la explicación de sus abstracciones.

Cierro la puerta a mi espalda y me dirijo hacia los servicios a paso ligero. Algo está bullendo, cambiando en mi interior, pero no siento ningún dolor. Comienza a escocerme el brazo derecho. Desabrocho la manga de mi camisa y, para mi sorpresa, compruebo que tengo el antebrazo despellejado, en carne viva; puedo ver el fino entramado de vasos sanguíneos que recorren mi extremidad descubierta, aunque sigo sin sentir el más mínimo dolor.

Un intenso olor a orín me golpea al entrar en la estancia de azulejos blancos. Antes de llegar a los lavabos una repentina arcada convulsiona mi cuerpo y vomito un espeso líquido negro. Caigo de rodillas al suelo con los brazos extendidos para evitar el terrible golpe y mi brazo derecho se rompe con un sonoro crujido. Al incorporarme veo mi brazo astillado flotando en el charco oscuro.

Tambaleándome intento volver hacia la clase. Una nueva arcada recorre mi tembloroso cuerpo. La masa de mis intestinos rasga la carne, rompiendo la camisa, irrumpiendo al exterior; en un acto reflejo, intento inútilmente mantenerla en su lugar con mi brazo izquierdo. No sé lo que está ocurriéndome, no siento nada.

Toda mi epidermis comienza a replegarse sobre sí misma como pergamino viejo y mi carne se cae a pedazos a cada paso. El maxilar inferior se desprende de mi cráneo y mi ojo derecho queda colgando del nervio óptico; lo arranco con un rápido tirón para no perder la estabilidad visual. El dolor físico es ahora sólo el recuerdo de una sensación inexistente.

Entre no pocos esfuerzos consigo abrir la puerta del aula. Durante una décima de segundo, mi único ojo percibe fugazmente todos los rostros de los alumnos, justo un instante anterior a su transformación en máscaras de puro terror. Intento hablar, pero me resulta imposible. Gritos inconcebibles inundan la clase cuando la percepción colectiva se hace real y efectiva. Muchos caen desvanecidos sobre sus mesas, otros quedan paralizados por el horror. Mi aspecto ha de ser espantoso, aunque lo cierto es que, mentalmente, sigo siendo yo.

Me arrastro lentamente hacia la tarima del profesor, que yace sobre ella con los ojos en blanco. Tras de mí escucho los aullidos dementes de los que consiguen escapar, cada vez más lejanos, reverberando por los amplios pasillos vacíos.

Mi cuerpo carece ya de los elementos y energía que lo sustentaban normalmente y caigo hacia delante, decapitándome con el borde de la mesa del profesor; mi cabeza queda encima, cerca de la ventana.

Soy sólo consciencia.
Soy materia insensible.

Puedo ver sobre las montañas del horizonte una bandada de pájaros alejándose. El cielo que todo lo cubre está hilvanado con nubes grises.

Mañana lloverá.

El Cielo Sobre Nosotros

La amplia plataforma se elevaba constantemente sobre el pilar metálico que tomaba como único eje, eterno en su ascensión hasta perderse entre las distantes nubes grisáceas. Allí, apilados azarosamente por toda su extensión, hallábase los recursos necesarios para que la mujer y su hijo disfrutasen de una vida sosegada. La mujer cuidaba a su pequeño, prodigándole todo su amor; lo alimentaba, lo aseaba, le cantaba tiernas canciones melódicas para tranquilizarle y facilitar su descanso. Ella le enseñó a contemplar el milagro de la belleza que esperaba en el lejano cielo sobre sus cabezas y a expandir su imaginación, más allá de las brumas que ocultaban las cumbres del inalcanzable horizonte. Juntos reían cuando pequeñas criaturas voladoras cruzaban las distancias dejando a su paso un halo de minúsculas partículas de colores, que se difuminaban envolviéndolos en un mágico instante de pura fantasía. Por la noche hablaban con su amiga Luna y contaban las caprichosas estrellas una por una, llamándolas por su nombre, jugando a descubrir las figuras que para ellos dibujaban sobre el firmamento con tinta de luz blanca. En ocasiones, cuando el pequeño dormía cobijado por la noche, la mujer miraba en la única dirección que su hijo desconocía. Miraba hacia abajo, donde, a pesar de la creciente lejanía, podían distinguirse con claridad los círculos de ámbar que eran los ojos de aquella monstruosidad inmensa, oscura, y sus repugnantes fauces siempre abiertas, imperturbable en su infinita paciencia. Entonces la mujer apartaba la vista, secando con el dorso de las manos las lágrimas que corrían por sus mejillas. Nunca dejó escapar el más mínimo sollozo que pudiese perturbar el sueño de su hijo.
Una mañana, la mujer cogió en brazos a su pequeño y, mirándole fijamente a los ojos, le preguntó:
-¿Me quieres, hijo mío?
-Te quiero mucho, mamá –respondió inmediatamente.
-Si de verdad me quieres…¿Harás un pequeño favor que yo te pida?
-Sí, mamá.
-¿Me prometes que nunca mirarás hacia abajo? ¿Me lo prometes, cariño mío?
-Claro que sí, mamá, te lo prometo –y se abrazó a su cuello con fuerza.
El tiempo pasaba lentamente, y las nubes parecían, sólo parecían, estar un poquito más cerca. El pequeño maduraba imperceptiblemente al mismo tiempo que su madre envejecía de igual modo. Mas la alegría siempre se mantuvo resplandeciente por encima de las demás cosas.
Cierto momento, cuando un atardecer teñía con su presencia el perenne azul del cielo, el hijo hizo una pregunta a su madre:
-Mamá…¿Qué hay allá abajo?
-Mi querido hijo, existen preguntas que no pueden ser contestadas; debes confiar en tu madre, que te dio la vida. ¿Recuerdas tu promesa?
-Sí, mamá –y besó sus mejillas.
Llegó un día como otro cualquiera, en que las nubes parecían, sólo parecían, estar al alcance de la mano. Aquel día la mujer se encontraba débil, blancos cabellos enmarcaban su joven rostro cubierto de arrugas, no podía incorporar su cuerpo. Su hijo estaba arrodillado a su lado.
-Hijo mío…¿Me prometes que nunca, nunca mirarás hacia abajo? ¿me lo prometes, cariño? –susurró su voz cansada.
-Sí, madre…
El niño cerró suavemente con su mano aquellos ojos anegados en lágrimas que desconocían, que humedecieron su piel, que sintió como suyas.

D.E.P

Mi padre estaba muerto. Yacía junto a mí sobre su lecho de eternidad. Parecía dormido, como en los recuerdos de lejanas noches de verano pasadas en la infancia. Pero ahora su semblante estaba cubierto por un frío halo de palidez y sus manos cruzadas sobre un pecho inerte que había olvidado su pulso vital. No siempre resulta fácil asimilar los fenómenos que llegan ocultos bajo la irreal impresión de cotidianidad inmutable donde creemos existir. Orden lógico es que el hijo vele el cuerpo del padre, ambos en silencio, mutua obediencia de la ley que no puede ser ignorada ni transgredida en forma alguna. Su rostro severo, ausente de piedad por sí mismo, admirable en su serenidad, frente a la triste mirada de su hijo ante la despedida que nunca termina en la memoria de los vivos, que deviene en reencuentro con el paso de los años.

Contemplé al hombre que me había dado la vida, sintiendo que una parte de mí había muerto, y algo de él seguía viviendo en mi interior. Sentí que así hubiera sido yo de haber vivido en su tiempo, y que las arrugas de mi rostro estarían ahora en el suyo si hubiese conocido aquello que mi experiencia alcanzó en sensibilidad y razón.

Si tuviese que destacar la cualidad más característica de mi padre, creo que ésta sería sin lugar a dudas su intensa e inagotable vitalidad, que hacía extensible a las personas que se encontraban a su alrededor. Siempre activo, incansable, ocupando sus horas en las más diversas actividades que puedan imaginarse. Pero sus acciones nunca carecían de la justa dosis de reflexión necesaria, suministrada por su aguda e inquieta inteligencia. Demostró que los sabios no tienen porqué ser exclusivamente hombres de pensamiento y actitud contemplativa. Decía no tenerle miedo a nada en este mundo y así lo reflejó constantemente en su conducta hasta el último día, hasta el último aliento, sin derrumbarse moralmente ni por espacio de un solo segundo. Se despidió de nosotros con una solemne sonrisa, expirando serenamente como uno de los héroes de leyenda de la Antigüedad. Jamás conocí –y seguro estoy de que jamás conoceré- persona más firmemente arraigada a la dura tierra de la realidad natural tal cual es.

Cuando era niño –y aún más en mi adultez-, su valor y entusiasmo ante las cosas me impresionaba, era un ejemplo viviente para mí. Siempre me preguntaba cómo era posible poseer semejante valentía inquebrantable conociendo las múltiples formas que adopta el horror para manifestarse en nuestro mundo. Era sencillamente increíble. A él debo la solidez de mi carácter y una personalidad sin fisuras. Cuánto le iba a echar en falta.

El velatorio tocaba a su fin, estaba amaneciendo. Pronto vería el cuerpo de mi padre por último vez, antes de que la tierra le acogiese en su seno maternal para proporcionarle el eterno reposo. Repentinamente, ante mi espanto, papá se incorporó furiosamente de su ataúd, abriendo sus ojos vidriosos, donde brillaba la inconfundible huella de la locura y la desesperación absolutas; y clavó aquellos ojos ensangrentados sobre los míos, mientras mi corazón golpeaba los orgánicos muros de su encierro y mi mente pugnaba por evadirse de la evidencia que era incapaz de asimilar.

Me agarró por los hombros con sus rígidas manos de hielo y comenzó a gritarme guturalmente palabras impronunciables para un pecho privado de aire:

-¡La vida nunca termina! ¡Me oyes, hijo mío! ¡Nunca termina! –Chilló monstruosamente- ¡En la muerte se cumple el más profundo de nuestros miedos! ¡Perdóname por haberte traído al mundo, hijo mío, perdóname!

Y así fue como descubrí, antes de perder el sentido, que lo que impulsó la vida de mi padre fue su deseo de encontrarse con la muerte. En cierto modo, mi padre siempre había estado muerto.

La Voz

Todos hemos escuchado alguna vez ante determinadas situaciones estresantes una voz interior que susurra un sibilante consejo para superar airosamente el problema circunstancial que encaramos; aceptamos la sugerencia como si de una ley se tratara, y nos olvidamos automáticamente de ella una vez superada la encrucijada coyuntural. Hacemos responsables de esta voz a la conciencia, al ego, a la intuición… con la pragmática pretensión de ocultarnos nuestra completa ignorancia al respecto. Por desconcertante que pueda resultar, desconocemos el verdadero origen de esa voz.

Cuando decidí que la vocación de mi vida era la Medicina, había escuchado la voz. Hoy soy médico y odio mi trabajo.

Cuando conocí a Silvia y sentí que jamás podría volver a querer a otra persona; la voz reafirmó mi impresión con su opinión favorable. Hoy soy un hombre divorciado.

Cuando nació mi único hijo, dije que superaría en todo a su mediocre padre; la voz estuvo de acuerdo conmigo. Hoy mi hijo se arrastra por la vida, perdido y sin rumbo.

Maldije una y mil veces, con todas mis fuerzas, aquella repulsiva voz que había hecho de mi travesía por la existencia una continua caída hacia la condenación. ¡Culpable de todos mis males! –Grité rabioso- ¿Dónde te escondes ahora, detestable cobarde?

Y entonces, la presencia se reveló junto a mí, en el mismo reducto de la mente que yo habitaba, en la soledad que creía de mi exclusiva propiedad; no era uno más de mis pensamientos, era real. Descubrió su velo de inconsciencia, como el ladrón que rasga violentamente las cortinas de la habitación que el inquilino legítimo creía vacía, muriendo éste a consecuencia de la brutal impresión recibida. Así fui sacudido en mi fuero interno, deseando que esto se debiera a un trastorno mental transitorio, a un pasajero desdoblamiento de la personalidad, a…Sentí sus palabras dirigidas, clara e inequívocamente, hacia mi persona, sin susurros, sin prestarse a la duda. Nunca oí voz más espantosa:
-¡No te atrevas a culparme de tu bien conocida mediocridad! –amenazó siniestra. Todos los consejos que has recibido indicaban tus mejores opciones a seguir ¡Fuiste tú, apestoso inepto, quien las truncó, quien las desaprovechó en manos de la desidia! Naciste siendo un perdedor y así morirás. Ni por un momento pienses que otorgué mi consejo por amor u obligación hacia ti, para mí no eres más que una carcasa de carne vacía que necesito para continuar perpetuándome; tampoco puedes considerarme un parásito, pues he cumplido con mi parte del pacto del que ambos somos beneficiarios, que tu propia ineptitud te haya impedido aprovechar la ayuda recibida no es un asunto de mi incumbencia.

Y sabiendo que todo aquello era triste e ineludiblemente cierto, apenas acerté a balbucear una sola pregunta:
-¿Qu…quién eres?
-Yo soy la necesidad pura, soy el gusano ciego.

La Caricia del Sueño

Eran la cuatro y media de la madrugada cuando terminé una de mis habituales sesiones noctámbulas de lectura.

Muerto de cansancio y con el peso del sueño sobre mis párpados, recorrí en silencio y a oscuras (para no despertar a nadie) el largo pasillo que separa la sala de lectura de mi habitación. Una vez dentro llegué tanteando los muebles hasta mi cama, donde caí rendido.

Arropado hasta la nariz y con el furioso viento de diciembre aullando en la noche profunda, pronto sentí como mi consciencia se diluía en la oscuridad.

En ese mismo momento toqué con mi mano derecha algo cuya presencia no había advertido, era algo frío…eran…falanges humanas, formando parte de un brazo esquelético que…¡se estaba moviendo!

Todas las noches lo hacía, pero aquella noche…¡había olvidado mirar bajo la cama! ¡DIOS MÍO! ¡HABÍA OLVIDADO MIRAR BAJO LA CAMA!

Nieva Sobre la Ciudad

La mujer mesaba los dorados cabellos de la niña, recostada sobre su pecho. Tras los cristales, los copos descendían lentamente desde el manto gris que cubría la ciudad, como si no quisieran llegar nunca al firme de la calle.
-Qué bonita es la nieve, ¿verdad, mamá? –sus ojos azules brillaban de ilusión.
-Sí, cariño… –pero en los de su madre sólo había angustia, y tristeza. Luchaba por no volver a llorar. Otra vez.

Camiones cargados con soldados uniformados de negro cruzaban la plaza, al fondo.
-Venga, ¡vamos abajo a jugar!

La mujer abrazó con fuerza a su niña.
-¡Quiero hacer un muñeco contigo, mamá! –insistía. ¡Tú le pones la nariz y yo los ojos ¿vale?
-No podemos bajar.
-¿Pero por qué? Si ya no hacen ruido.
-No se puede tocar la nieve, hija. Está muy…fría y te pondrás enferma.
-¡Que no, que no hace frío, joo! –Se soltó del abrazo- ¡Venga, que me pongo los guantes y ya está!

-¿Quieres que mamá se ponga malita, entonces?
-Eh…no, ¡sólo un ratito venga! –estaba al borde de la rabieta.
-Ven aquí, cariño –intentó que la dulzura en su voz ocultase su inmensa congoja- haremos algo mejor: te contaré un cuento de papá.
-¿De papá? –sus cejitas se arquearon.
-Sí cariño, de papá –la atrajo hacia sí, acurrucándola a su lado. De esta manera no vería las lágrimas aflorando en sus ojos.
-¡Bieeeen! ¿Es largo, no?
-Es largo y muy bonito. Durará hasta mañana…

“Hace mucho tiempo, cuando papá era un niño muy pequeño, como tú…

Hasta que vengan por nosotras.
Hasta que también a nosotras nos conviertan en nieve.

Seis de Enero

¡Por fin había llegado el gran día! El pequeño Alex se despertó muy excitado, casi eufórico; durante todo el año había estado acumulando infinidad de deseos en su prodigiosa memoria. Las dos últimas semanas habían transcurrido para Alex en una atmósfera de creciente ansiedad, odiaba tener que esperar; y no cesaba de contar y recontar los días que faltaban para el cumplimiento de su sueño, marcándolos con su rotulador fosforescente en el torturado calendario de la salita de estar. Haciendo gala de una paciencia sobrehumana, su madre verificaba a cada momento la exactitud de sus precipitados cálculos, pero Alex nunca estaba conforme con aquellas respuestas.
–El tiempo se ha dormido –pensaba.

La larga espera terminaría por la noche, cuando los misteriosos Reyes Magos dejaran junto al árbol de navidad sus sueños convertidos en maravillosas realidades. ¡Qué nervioso estaba!

Siempre le habían dicho que debía ser muy bueno y obediente si quería que los Reyes cumpliesen sus deseos, o de lo contrario sólo le traerían carbón. Lo cierto es que Alex nunca había visto carbón, y hasta sentía cierta curiosidad por manipular aquello que tan malo debía ser, ¡pero no hasta el punto de intercambiarlo por sus preciados juguetes! Hizo memoria sobre su comportamiento durante el pasado año, y no recordó haber hecho nada malo; aunque su hermana mayor sí guardaba bastantes evidencias en contra de su inocente benevolencia.

Al atardecer, su padre le invitó a dar un paseo por las concurridas calles de la ciudad, con la esperanza de que la fatiga facilitara al pequeño conciliar el sueño. Hacía mucho frío y la oscuridad cubría ya el cielo; Alex caminaba de la mano de su padre contemplando el movimiento de la ciudad por el estrecho espacio que quedaba entre la capucha de su abrigo y su repudiada bufanda roja. Le encantaba esta época del año, las calles brillaban con luces de innumerables colores en contraste con el negro vacío de la noche; la atmósfera transmitía una impresión especial, extraña, una esencia oculta que solamente es visible, en determinados momentos, a los ojos que aún conservan la inocencia.

Tras un largo paseo, volvieron a casa. Al entrar, un delicioso aroma salió a recibirles. Su madre estaba en la cocina preparando la cena.
-Podéis sentaros, vamos a cenar pronto –dijo dirigiéndole a Alex una cristalina sonrisa.

Esa sonrisa, y la enorme mano de su padre cobijando la suya cuando paseaban, hacían que se sintiese el niño más protegido del mundo; nada podría hacerle daño, nada en absoluto.

Alex fue el primero en terminar con su cena ante la comprensiva mirada de sus padres.
-¡Parece su última noche en la Tierra! –rió su hermana.
Poco después, Alex se metió en la cama.
-Que descanses, cariño- susurró su madre mientras apagaba la luz.
Pronto cayó rendido en un sueño intranquilo.

  • * *

Alex abrió los ojos. Todo estaba a oscuras y en silencio. Aún no había amanecido y sabía que no debía levantarse, pero ¡necesitaba saber si los juguetes habían llegado ya! Tan sigilosamente como pudo, Alex salió de su habitación. Por la puerta entreabierta del salón surgía un pálido haz de luz amarillenta. Dentro, la voz de sus padres era un débil e inconexo murmullo, apenas audible.

Sus gruesos calcetines de lana amortiguaban el sonido de sus pisadas, así que, sin poder resistirse a la curiosidad, se acercó hasta el borde de la puerta para mirar al interior:

Dos enormes gusanos, de un blanco purulento, se encontraban junto al árbol de navidad, erguidos sobre sus hinchadas colas. Sus cuerpos giraron instantáneamente al sentir la mirada del pequeño, mostrando sus rostros deformados, aunque grotescamente reconocibles, a su hijo:
-Nos has desobedecido, cariño –dijeron al unísono con gorgoteante voz gutural -¡NO DEBISTE HACERLO! ¡NO DEBISTE HACERLO! –chillaban mientras se abalanzaron girando en espiral sobre él.

El banquete se extendió durante largas…largas horas sin fin.

Pesadillas en un Campo de Cabezas

Desperté. Era de noche. Estaba tendido sobre la hierba, en la pendiente del valle. La luna brillaba con fulgor verde en la oscuridad. Las estrellas eran ojos que, extrañamente, se desplazaban en líneas rectas, parpadeando. Me incorporé, y el olor a podredumbre arrastrado por el viento me golpeó en el rostro. Bajé la vista hacia la hondonada: cientos, puede que miles de cabezas empaladas en estacas, que surgían del suelo como colmillos de madera, se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Y en el centro del valle, solitaria, se erigía una casa de planta estrecha. Su tejado a dos aguas estaba a gran altura, una altura casi imposible, según me pareció. Y en la planta de arriba, una de sus ventanas estaba iluminada con luz amarillenta. Tras los cristales, se distinguía una gruesa sombra que no supe identificar con nada en concreto, pero me sentí observado desde allí arriba.

Una inmensa nube de moscas, como las olas de un mar negro, se agitaba entre las cabezas con un zumbido repugnante. Sentí un impulso ciego, inexplicable, que me conminaba a llegar hasta la casa, aunque esto supusiese internarme en tan nauseabundo lugar.

Mis pies avanzaron hacia la casa.

Me cubrí nariz y boca con una mano, intentando que las moscas y el hedor no me asfixiasen. Sorteaba las cabezas, procurando no fijar mi vista en ellas, pero fue imposible evitarlo. Algunas me miraban con sus ojos lechosos, mostrándome sus dientes, su carne en jirones colgantes; otras exhibían sus negras cuencas, de las que entraban y salían incesantemente las moscas. A mi paso escuchaba lamentos casi inaudibles, quejidos ahogados, frases sin sentido. El espanto de verme rodeado me dominó por completo, pero no me detuve. Una de ellas, que parecía de mujer por su pelo, gorjeó algo que sí comprendí:
-¿Dónde está mi cuerpo? –me estremecí, haciendo mía su pregunta.
-Ya vuelves…–dijo otra, con una sonrisa de dolor.

Avancé, intentando no rozar siquiera ninguna al pasar. Las moscas zumbaban rabiosas; chocaban contra mi cara como una furiosa, repulsiva marea. Y al igual que ellas, el olor a descomposición iba y venía, intensificándose por momentos en los que contuve a duras penas las arcadas; todo por no detenerme ni un segundo en la blasfemia que suponía este campo de pesadilla.

Al fin, conseguí alcanzar el umbral de la casa. A sus pies –y digo a sus pies porque sentí estar más ante la presencia de un ser vivo que de un edificio- miré hacia arriba. Y desde aquí ya no me parecía una casa, sino una torre infinita que se alzaba hacia los ojos del cielo nocturno. La luna verde, gigantesca, había engordado como un globo enfermo e innatural. La luz de la ventana, pude ver, seguía encendida.

El intenso sentimiento de angustia indeterminada que me acompañaba desde que desperté se agudizó, aún más. Era la percepción de que un terror incomprensible, desconocido para la mente me acechaba sin descanso y que estaba a punto de aparecer. Una alerta de mi cuerpo a la que no había forma de responder o acallar. El instinto me condujo hacia la entrada de la casa, pero cada uno de mis pasos flotaba como en un sueño, en una creciente atmósfera de irrealidad sin sentido ni lógica interna.

La puerta de la casa era una tapa de madera negra.

Y si esto era una visión admonitoria de mi destino, un aviso para no internarme entre esas paredes…mi temor era aún mayor solo de pensar que habría de quedarme aquí fuera, a disposición de esa amenaza invisible que -estaba seguro- pronto me daría caza si no hacía algo por evitarlo. A mis espaldas dejaba el rumor del campo de cabezas, y me dispuse a tirar del asa cubierta de herrumbre que servía de picaporte, pero mi mano temblaba, cada vez más, según me acercaba. Al abrirse hacia dentro, observé que la puerta estaba cubierta de diminutas palabras cinceladas, en un idioma desconocido para mí.

Sentí que entraba en la boca de un enorme animal; una corriente de aire templado e impuro me recibió, como una exhalación en la cara, y me pareció que volvía a respirar por primera vez en siglos. Como siglos llevaba acumulándose el moho, la suciedad y el polvo en este recibidor de paredes verdosas, que pulsaban levemente, como si algo hubiesen quedado atrapado en ellas. Un estrecho pasillo se internaba en la oscuridad y, a mi izquierda, una escalera de altos escalones de piedra conducía al piso de arriba. Eso es todo lo que iluminaba la titilante llama del candil incrustado en la pared a mi derecha.

El miedo y la sensación irreal de estar viviendo una pesadilla colapsaban mi mente; pero mis sentidos eran los de la vigilia, ajustados y precisos, obedientes a mi voluntad y firmes en la definición de todo cuanto me rodeaba. La voz de la intuición me sugería que tal vez encontrase una salida en el piso de arriba, donde vi la habitación iluminada. Así que comencé a subir por los escalones, cuando distinguí una forma en la pared, bajo la luz del candil.
-Cielo santo…-susurré.

Medio enterrado bajo la inmundicia que cubría la pared estaba el cuerpo de Daniel y, a su lado, un poco más abajo, la cara de Alberto. Dos amigos de la infancia que hacía décadas que no veía. Estaban tal y como los recordaba, aunque sus expresiones eran extrañas. Alberto clavó sobre mí su mirada, durante unos segundos que fueron como esos años que habían pasado, antes de bajarla hacia el suelo. Creo que dejó un mensaje plantado en mi cerebro, que no supe interpretar en ese justo momento.
Seguí subiendo los escalones de piedra podrida.

Y según subía, trabajosamente, y a pesar del deseo irracional de llegar arriba y mis esfuerzos, sentí que apenas avanzaba. La débil luz del recibidor aún iluminaba el trecho que pisaba, aunque pronto la dejé atrás, sumergiéndome en la oscuridad total. Tanteaba con cuidado el siguiente escalón antes de apoyar el pie, con una mano siempre en el muro, y de vez en cuando, echaba la vista atrás para tener al menos la referencia de la luz, que era ya como una moneda en el fondo de un pozo. ¿Cómo podía ser tan alta, tan innaturalmente alta esta casa?

Con prudencia, avanzaba por esta absurda escalera infinita. De repente, vi algo por delante de mí, en los escalones que pronto habría de alcanzar. Era una luz y, sobre ella, se recortaba una silueta humana, que comenzó a bajar –al igual que yo, apoyándose en la pared-. Me quedé parado, a medida que la luz que acompañaba a esta figura -que se me hizo de mujer- iluminaba los escalones, acercándose a mí. Sus pasos eran inseguros y extraños, como a saltos, y pronto descubrí por qué. Quedé boquiabierto al reconocer sus rasgos, al estar ya casi a mi lado: era mi abuela -la única que conocí- y en sus ojos había un reproche amargo, desgastado por el tiempo; pero lo que me horrorizó fue comprobar que no tenía manos, como si hubiesen sido cortadas, al igual que sus pies, por lo que bajaba sobre sus muñones planos, diría que aún sangrantes.

Y no se detuvo ni por un segundo, mientras me atravesaba con su mirada. Pegué mi espalda contra la pared, sobrecogido.
-¿Por qué ya nunca vienes a verme? Eso es porque no me quieres.
-Ab…abuela, es que yo no pu…-intenté explicarme.
-No…no…ya no me quieres…-dijo para sí misma, y en su voz había dolor, inmensa tristeza y amargura.

El corazón se me encogió de pena, mientras la observaba en su descenso, bajando a trompicones, acompañada por su luz. En ese instante supe que no la volvería a ver jamás. Trastornado, emprendí mi marcha, sintiendo como si la oscuridad de la escalera fuese una cascada etérea de aguas negras, que inundó todo mi ser, mi razón, mis sentidos…Ignoro durante cuánto tiempo seguí subiendo, con la mente perdida en un torbellino de confusión, donde el presente y el pasado se alternaban por segundos, y los recuerdos de infancia se hilvanaban con los sueños de una noche ancestral, fragmentos de memoria y pesadillas, imágenes de momentos dolorosos que creía olvidados…en un caótico telar de angustia que me envolvía…

El telar se difuminó levemente, dejándome comprobar que había llegado a lo alto de la escalera. Me encontraba en mitad de una sucia sala en penumbras. El techo, pude vislumbrar, estaba oculto bajo una repulsiva masa de telarañas grises. Algo se movía dificultosamente por dentro, de un lado a otro. Un escalofrío eléctrico me recorrió la espalda, intentando imaginar qué podría ser. En cada pared de la sala –y eran cinco- había dos puertas. Solo por una de ellas se derramaba una luz amarillenta. La luz que había visto desde el exterior. Entré, sin saber lo acertado o no de mi elección.

Era una habitación pequeña, que de inmediato me transmitió una inexplicable sensación de familiaridad, pues nunca había estado allí. No encontré ninguna fuente de luz –una lámpara, como esperaba-; simplemente, emanaba del lugar. Vi el objeto que proyectaba su sombra, junto a la ventana: era un sillón de respaldo alto, tapizando con lo que me pareció piel estirada. Sentí que había allí alguien sentado, mirando al exterior; pero no podía verlo desde donde estaba. En la otra esquina de la habitación había una mesa camilla, con sus faldones carmesí. Me acerqué un poco más, sin poder creer lo que veía: allí sentada estaba mi madre, mi pobre, encogida madre. Su cara en un ovillo concentrado de profundas arrugas, que habían desdibujado cruelmente todas sus facciones. La reconocí gracias a que, en sus ojos, brillaba su amor incondicional de siempre, su ternura, su preocupación…

Me aproximé con veneración, temeroso de que mi abrazo pudiera romper algo en su cuerpo, tan frágil, tan menudo. Y cuando ya casi estaba a su lado, escuché algo tras el respaldo del sillón, como un susurro de papel. Me dispuse a rodearlo, a ver quién estaba ahí sentado. Pero mi madre habló:
-No…déjalo, que está ocupado –dijo su voz triste, cansada…

La volví a mirar, conmocionado por su aspecto, por lo que el tiempo había hecho con ella.
-Ya tienes la comida en la mesa. Y la ropa limpia en el armario –me dijo con voz trémula.

Comenzó a llorar, cubriéndose los ojos con una mano.
-¿Por qué lloras, madre? –la congoja oprimiéndome la garganta. No llores madre.
-Por favor, no llores.

Pero ella siguió llorando, inconsolable. Yo la veía a través del velo de mis propias lágrimas.

De repente, un rumor llegó desde el exterior, acompañado de un temblor leve y continuo, que recorrió toda la casa. Fui a apoyarme en el respaldo del sillón, intentando mirar lo que ocurría a través de las ventanas. A pesar del cristal, escuchaba perfectamente los gritos de las cabezas. Todas gritaban, como en un mar de absoluta desesperación. Algo inconmensurable se aproximaba tras las montañas del horizonte, precedido de una luz rojiza, hipnótica. Quien se sentaba en el sillón añadió sus chillidos a los de las cabezas.

Entonces, con los ojos abiertos como platos, comprendí…comprendí…

Desperté. Estaba sentado en un sillón, con un libro entre las manos, casi pegado a una ventana. Sentí que alguien se había apoyado en el respaldo, pero lo que estaba ocurriendo fuera me impidió girarme: la visión de lo que se desarrollaba más allá del horizonte, su magnitud, su significado…

Las piezas absurdas que guardaba en mi mente comenzaron a ensamblarse.

Las incontables cabezas empaladas ahí abajo gritaban en un frenesí de locura. Al principio solo oía su clamor inconexo, pero al poco ya entendí lo que todas chillaban:
-¡Ha llegado! ¡Ha llegado! –cientos de tonos desgarrados, horrenda cacofonía.

Entonces comprendí…
Lo comprendí todo.

Y mis gritos se sumaron para siempre a los suyos.

Señor del Mal

A pesar de sus descomunales dimensiones, la estancia olía a putrefacción. En la oscuridad casi total, junto a uno de los rocosos muros y sobre un lecho apelmazado de restos humanos, se erigía el Señor del Mal, como un dios monstruoso exiliado de todos los panteones. Su mole se perdía en las alturas, una montaña de carne amorfa, palpitante en algunos de sus obscenos pliegues y de un verde putrefacto en otros, envuelta en vapores de corrupción y nubes de moscas rabiosas. Algunos huesos parecían querer rasgar desde el interior la grasa, la piel correosa cubierta de llagas y cicatrices que los aprisionaban. Y allá en la cima, donde habría de existir un rostro, el Señor del Mal exhibía un enorme agujero abierto en la carne, que se abría y cerraba, se abría y cerraba sin descanso…boqueando un murmullo gorgoteante, e inaprensible.

La única, escasa iluminación, provenía de los tres corredores horadados en la roca, cuyas bocas vomitaban tenues resplandores rojizos y anaranjados en la inmensa oscuridad de la caverna. El Señor del Mal resultaba, medio vislumbrado, medio intuido, una visión de pesadilla ante esa luz insuficiente. Del corredor central comenzaron a llegar ecos de pasos y voces apagadas, temerosas. Poco después, precedidos por sus sombras titilantes, emergían hombres de variopinto aspecto, constitución y catadura, organizados en pulcra fila india. Todos avanzaban mirando hacia su siguiente paso; era la forma de mostrar respeto y sumisión incondicional ante el Señor, así como una precaución para no tropezar con ningún desnivel de la roca o alguna de las criaturas, blanquecinas e indefinibles, que se escabullían entre sus pies como serpientes. Un rumor grave, contenido, les acompañaba en su travesía por la oscuridad. Algunos tosían para aclararse la garganta, dominados por el nerviosismo; y las toses sonaron tan ridículas, patéticas, en aquella majestuosidad tenebrosa de espacios sólo imaginables, que los abrumados hundieron –aún más– sus cabezas entre los hombros, como si intentaran esconderse en sí mismos.

El primero en la fila, un hombre de piel oscura y ojos gélidos, les guiaba con paso firme; parecía que no era la primera vez que caminaba por este lugar, pero para muchos de ellos, resultaba evidente que así era: según se iban acercando, y la masa ingente del ser que habían venido a buscar se convertía en una realidad irrefutable para sus sentidos, comenzaban a trastabillar, temblando sin remedio. Nunca imaginaron que su presencia fuera a ser tan…inhumana.

«El Señor del Mal detesta a los cobardes» –les había advertido su guía, pero a medida que la fila avanzaba, su paso se iba haciendo lento, cauteloso. Ninguno podía evitarlo. Aquel ser colosal les hacía sentir indefensos, minúsculos ante su tamaño, y su aura de maldad casi respirable. De repente, un bramido gutural, atronador, surgió de la montaña de carne como una erupción sonora, una tormenta cacofónica de voces fundidas en un tono salvaje, que se expandió en olas de negrura. En la fila, los nervios de algunos hombres se quebraron definitivamente. Toda la valentía que les impulsó hasta aquí se desvaneció, quedando en su lugar la esencia pura del miedo animal. Unos quedaron paralizados, como lívidas estatuas de sal, otros cayeron al suelo, hechos ovillos fetales, temblorosos. Un joven alto y delgado corrió despavorido, intentando huir por donde habían llegado. Y a los pocos metros del umbral, una sombra se interpuso entre él y su salvación. Como una ráfaga de viento, se lanzó sobre su cuerpo, pegándose a su piel. Su primer grito de sorpresa pronto aumentó hasta ser un aullido de sufrimiento. Los pocos que se atrevieron a mirarlo vieron cómo la carne se deshacía lentamente, burbujeando, cayendo en goterones al suelo; sus ojos eran dos gelatinosas lágrimas blancas, que se escurrían junto a las pastosas mejillas sobre el pecho. Y así siguió gritando hasta que dejó de tener garganta para hacerlo. Sus compañeros de fila caídos se habían unido a él, como bultos negros de brea siseante, en una sinfonía de dolor. Los demás –aún conmocionados– se pusieron a caminar de nuevo. Y entonces comprendieron que no era roca lo que estaban pisando desde que entraron…

El guía de la fila se detuvo, al fin, frente a un enorme montón de objetos compactados de toda clase: cuerdas, hachas, telas que habían sido prendas de vestir, piedras…formando un parapeto que rezumaba sangre como un extraño animal herido, frente al Señor del Mal, que se alzaba sobre ellos, un océano vertical, imposible, de carne corrupta. El olor era espantoso, y tuvieron que luchar por retener las arcadas.
El primer hombre se adelantó un paso. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y sacó un cuchillo en un trozo de tela ensangrentada. Los mostró en alto, justo antes de arrojarlos al montón.
–Violé a una chica. Después, le corté el cuello con ese cuchillo.

El Señor del Mal se inclinó levemente hacia él desde las alturas, como si pudiera verlo a través del agujero en la carne por el que habló, con su voz compuesta de mil voces:
–Cuatro años más de vida –retumbó, con ecos abismales.

El hombre hizo una leve reverencia antes de dirigirse hacia la derecha de la deidad, donde se abría la boca de uno de los tres corredores iluminados. Una vez vio salir a su compañero, el siguiente en la fila ocupó su lugar. Intentó que su mano dejase de temblar mientras sacaba un revolver de su chaqueta. Lo elevó sobre su cabeza, y lo echó al montón. Allí quedó entre los pliegues de un saco.
–Disparé a mi hermano hasta matarlo –dijo con voz medio estrangulada.
–Cinco años más –sentenció el Señor.

El tercer hombre era de baja estatura, casi calvo y con una expresión de odio perenne grabada en las facciones. Con una inclinación, empezó a exponer sus actos:
–Ordené el genocidio de una odiosa minoría en mi país. Murieron miles, no sabría decir cuántos exactamente.

El Señor del Mal se removió, acompañado de un sonido de humedad pegajosa según se volvían a asentar las masas de carne en su nueva posición.
– ¿Los mataste a todos tú, en persona? –La pregunta cayó como un alud furioso y ensordecedor sobre él.

El hombre se inclinó un poco más. Unas gotas de sudor empezaban a resbalarle por la frente.
–Yo di todas las órdenes a los comandantes, mi Señor –consiguió decir, sin saber dónde mirar.

El Señor del Mal volvió a tronar, escupiendo rabia aterradora.
– ¿No manchaste tus manos de sangre?
–No…de forma directa; pero sin mi or…–no pudo terminar la frase.

En la montaña de carne se abrieron varias pústulas, largas y serpenteantes, y una miríada de tentáculos fue expulsada al exterior, lanzándose sobre el genocida. Uno de ellos le rodeó la cabeza, a la altura de los ojos, mientras otros lo tomaban por las piernas y la cintura, elevándolo sobre el suelo. La fila retrocedió espantada, ante los gritos angustiosos del hombre que intentaba zafarse sin conseguirlo. Entonces los tentáculos comenzaron a presionar. Y los gritos de dolor, entrecortados, aumentaban de volumen para horror de todos los que lo observaban debatirse. Su agonía pasó a un alarido mantenido de sufrimiento, mientras los tentáculos empezaron a tirar en sentidos opuestos, sin soltar a su víctima. Unos crujidos amortiguados pero audibles, escalofriantes, salían del hombre, cuyas cuerdas vocales debían haberse quebrado ya en el éxtasis del dolor. De súbito, el cuerpo se partió en dos con un restallido de huesos y músculos; los tentáculos arrojaron las dos mitades, casi con desprecio. En la fila les dio tiempo a ver cómo se descolgaban los pulmones, cómo se vertían las vísceras, antes de desaparecer en la oscuridad. Los gritos del pequeño hombre se acallaron.

Ahora quedaban once en la fila. Y el siguiente tuvo que ser empujado por los de atrás para avanzar. Y de ellos, sólo seis dijeron aquello que el Señor del Mal deseaba oír.

Transcurrieron muchas horas antes de que sonidos humanos volvieran a escucharse en la caverna. Llegaban por el corredor opuesto al que los seis afortunados habían tomado para salir de allí, conservando su vida y un poco más. Pasos, carraspeos y algún estornudo anunciaban a la muchedumbre que se acercaba. Eran no menos de veinte cuando al fin aparecieron. Todos ancianos, que avanzaban a duras penas, y algunos de ellos, que casi no podían mantenerse en pie. Se dirigían hacia su Señor con extrema cautela, uno tras otro, tanteando con sus bastones la roca de sedimentos humanos para evitar cualquier caída que pudiera resultar fatal. Iban flanqueados por sombras inquietas, como charcos de petróleo viviente.
– ¡Hablad! –retumbó la montaña de carne.
–Mi Señor –dijo el primero, con voz cascada, apenas audible–, venimos a pedir tu clemencia. Ya no podemos matar para ti como antes; nuestros cuerpos lo impiden. Pero sabes que nuestro deseo y nuestra devoción siguen intactos. Déjanos morir en paz, y perdona que no podamos traer ya las ofrendas que mereces, mi Señor.

El anciano inclinó el rostro, y cerró los ojos.
Algo sonó en el interior de la carne inmensa, como un trueno bajo tierra. Todos se estremecieron. Y desde las alturas cayó la voz:
–No temáis. Es el regalo de la eternidad lo que os voy a conceder…

Y largas tiras de carne hedionda se desprendieron sobre ellos, aferrándolos con fuerza, alzándolos entre gritos de desesperación como colgajos patéticos. Tres tropezaron para caer sobre las sombras devoradoras; pero el resto, uno por uno, desaparecieron pataleando por el abismo que era la boca, la cima, del Señor del Mal.

Y mientras caían, mientras los recibía en su interior infinito, su pensamiento –que era un fluido cambiante conformado por millones de mentes fragmentarias– entonaba un mantra desquiciado, una oración oscura que siempre fue la misma, pero cada vez más profunda, nunca igual.
Somos Legión. Somos el Mal
Somos Uno
Como siempre fue.
Como siempre será.

La Pala

Dedicado a Laura Rodríguez, por su genuina amistad y apoyo en momentos de cambio.

Comprendo cuán profunda, irremediable, absoluta es mi soledad, la auténtica, la que nada tiene que ver con la compañía o no de otros. ¿Qué importan los familiares o amigos que tengas cuando, de verdad, estás solo? Lentamente vas excavando en ti mismo, más y más, cada vez más hondo, hasta que deja de llegarte la luz del mundo, primero, para perder todo su significado, después. Porque, al final, en medio de la oscuridad, la pala topa con el estrato que no atravesará –aunque pudiera, pues el fondo aguarda mucho más abajo–. Es suficiente para comprender que, en adelante, la cordura ya no podría respirar. En ese estrato, tras largos años horadando la propia carne, la soledad es una condición alcanzada, forma parte de uno como lo hace la piel. Y allí no hay nada, ni siquiera un yo, que quedó mucho más arriba, olvidado como una estúpida máscara infantil. Sólo la nada, la absoluta intrascendencia de la vida y la muerte y cuanto conllevan, como una revelación que el mundo oculta bajo toneladas de carne.

En la oscuridad, el Tiempo desaparece y uno se funde con esa nada, en un dulce y progresivo sueño del cual, lo fácil, es no despertar. Es entonces cuando se activa la mente, alertada por la cercanía natural de la desintegración, creando ilusiones, falsas necesidades, impulsos…que induzcan en el cuerpo el movimiento de retorno al mundo de la superficie. Y así es como uno vuelve a la luz, al frívolo bullicio de la actividad humana.

Pero con la marca indeleble del conocimiento de la oscuridad.

Y cuando uno emerge parpadeando de su propio pozo, sobreviene el shock. La sensibilidad se ha agudizado, la lente perceptiva es más nítida, delicada. Y fuera todo es ruido, caos, un cambiante conflicto de intereses, un bombardeo irracional de estímulos. La luz daña. Todo es una agresión mantenida, constante. No a un yo que ya no existe, sino al organismo en sí. De manera que, paulatinamente, el cuerpo va retirándose de la luz, del estruendo incesante, buscando el estado en la superficie que más se asemeje al interior del pozo. La realidad más congruente y honesta.

Así fue como acabé convirtiendo la noche en mi día.

Como un hámster en su rueda, los simples creen poder escapar del pozo con sus frenéticos torbellinos de actividad diurna. Un pilar ideológico de la sociedad, que recubre el miedo a la revelación. Pero la mente escarba siempre que puede, a nuestras espaldas, mientras no miramos, mientras soñamos. Nos engaña durante el día, y trabaja de noche. Por eso estará siempre ligada al miedo.

Porque, en su silencio, resulta imposible no escuchar la pala, removiendo carne.

Mientras todos duermen, obedeciendo a ese frágil yo que les protege de seguir excavando hasta la soledad, yo salgo a pasear, incansable, por las calles desiertas. Sólo encuentro algún noctámbulo ocasional, que no soporta ni el día ni la noche, borracho, drogado, como absurda forma de anestesia. Mitigando los golpes de la pala.

Callejeo por las calles abandonadas, secas como las venas de un cadáver, alejándome del ruido de los escasos coches, de las luces de la policía. Mis pasos no suenan sobre las frías aceras. El cielo negro, cubriéndolo todo, es lo que más se asemeja al interior del pozo. La realidad palpita en estas horas, donde flota y se respira quietud, tan similar a la muerte.

En ocasiones camino por senderos no urbanos, escuchando los susurros de la hierba en la oscuridad, sus planes indescifrables para recuperar todo aquello que el hombre le arrebató. La naturaleza se mantiene a un margen, educada, sabedora de que su victoria final es segura, con el Tiempo como aliado. A veces salto la tapia del cementerio, para andar por sus estrechas calles silenciosas; una versión en miniatura de su hermana mayor, la ciudad. Y me tumbo sobre cualquier lápida, entre el fragante dulzor de las flores. Observo que por encima otro negro abismo nos contempla con infinitos ojos blancos y comprendo el miedo, el vértigo, la necesidad de no ver, de obviar el marco y fijarse en la minucia…pues entre abismos flotamos.

Algunas madrugadas de invierno, sentado en un portal al refugio de la lluvia helada, pienso en los durmientes. En todos esos miles de durmientes que se apilan en los pisos, unos sobre otros, tan parecidos a panteones. Pienso en sus vidas de patrón fijo, como ollas a presión con pequeñas válvulas de escape, en sus rutinas y mentiras interiorizadas, en sus ilusiones de colores y artificio, en sus metas de felicidad que son como el opio para el moribundo. Pienso en su sueño intranquilo, cuando las luces del teatro se apagan, y casi puedo escuchar miles de palas al unísono, cavando…cavando…

Y en los fines de semana ocurre algo curioso. Los jóvenes se definen enfrentando la noche, rebelándose contra sus padres y todo lo que representan, aunque la mayoría terminará imitándolos a pies juntillas. Afrontan así su inmadurez, sus miedos, la presencia de la pala que ya empieza a roer la carne, el puente que cruza el vacío entre el niño y el adulto. Por lo general, siempre en grupo, acompañados por el alcohol que enmascara la cobardía bien conocida, vocean estúpidamente haciendo notar su existencia, su importancia, despertando a esos adultos que tan lejos están, que jamás llegarán a ser…y la noche les responde con la gravedad de un silencio intemporal, abrumadora en su infinitud, provocando ecos siniestros en el pozo interior que se agranda, invisible. Algunos tímidamente intuyen que esos ecos llegan de voces del futuro, de los horrores que les aguardan pero que aún no pueden comprender.

Sé que una de estas noches pasará una chica, cerca de la casa donde mis padres vivieron y murieron. Yo la aguardaré, durante el tiempo que haga falta, porque sabré quién es en cuanto la vea. Será joven, sí, pero la pala habrá cavado ya más hondo que en muchos adultos. Su sensibilidad la envolverá como un aura y, en la oscuridad de la calle, sus secretos brillarán diáfanos para mí. Ella sólo notará, de súbito, cómo una mano tapa su nariz y boca con firme delicadeza. Serán unos minutos horribles, pero también el pequeño precio a pagar por burlar los largos años de dolor que la pala horadaría en su carne sensible. La recogeré en brazos, y cualquiera que nos vea pensará que va dulcemente dormida, tal vez por haber bebido demasiado. Pensará que ese hombre la ama como jamás lo hizo nadie antes, más que a nada en el mundo, como un padre a su hija.

Ya en casa la despojaré de esas ropas incongruentes con su interior y, muy despacio, la vestiré con un precioso pijama de seda rosa. Abriré la cama perfumada para ella y la acomodaré sobre la blanca sábana. Apartaré con dulzura el cabello de su rostro sereno, rebosante de paz y quietud como la noche infinita. Le daré un beso en su frente, aún infantil, donde ninguna pala volverá a cavar más, que ya no sufrirá ningún dolor. Después me acostaré a su lado, con cuidado para no molestarla, y la rodearé con mi brazo. El silencio y el tiempo nos cubrirán, con su manto de realidad pura e inmutable. Así quedaremos.

Y ya nunca, nunca volveré a estar solo.

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