El Oceano Infinito

Las aguas del océano infinito golpean con más fuerza. Mi estremecimiento las sigue, rítmicamente, como si fuese un poseído compás de una macabra melodía que no quiere terminar. Pero… yo sé la verdad. Y sé que no tardará mucho, voy a sumirme en ese espacio demente y seré uno con él, y entonces todo habrá acabado.

Mi conciencia respecto al horror no es reciente, pues el hecho de que mi corta vida haya transcurrido en esta isla negruzca y enfermiza no hizo que estuviese aislado del resto del mundo. Siempre hubieron mercantes, hombres que emigraban y simples fugitivos que tocaron el hogar donde mi familia y otras cuantas más sobrevivíamos a cruentas tormentas que de cuando en cuando nos recordábamos que vivíamos en una especie de bastión entre un mundo y otro.

Desde niño tenía yo la costumbre de encaramarme a la más alta de las colinas de la isla, a la que llamábamos con familiaridad “El faro del diablo”. Nunca habían sido problema los rasguños y raspones que sufría al escalar la gris roca. Qué iba a importar todo aquello, comparado con la vista del océano eterno e inconmensurable, sus ondulaciones mágicas y el susurro eterno que acompañaba su melancólico existir. Hubieron muchas veces, voces perdidas, extraviadas entre el oleaje, que llegaron hasta mí con celeridad que no podría comprender. Esas voces fueron lo que me atrajo tantas veces hacia las inmensidades. Yo podía pasar horas, e incluso alguna vez días completos contemplando la infinidad y sus mensajes eternos. Fue así, con toda aquella habilidad que yo pude saber, antes que llegaran los mercantes, antes incluso de que llegaran los primeros hombres de armas, lo que pasaba en el más allá.

Y un día, al descender desde el faro, mi madre se me acercó, y con lágrimas en los ojos, me abrazó tan fuerte que volví a sentirme un humano y no más un partícipe de las voces del infinito. No recuerdo las palabras de mi madre, o bien ella no supo lo que decía, aún fuesen verdades, lóbregas verdades. Algo escuché sobre la destrucción del mundo de fuera. Algo oí sobre la gran locura que hacía estragos entre los seres conscientes. Yo traté de pasarlo por alto, recordando, como todos quisimos pensar, que nuestro hogar estaba lejos del resto, lejos de toda mancha de la civilización. Si el resto del mundo iba a morir, que lo haga, eso no podría afectarnos mientras las aguas nos protegiesen. Las aguas… El océano…

Él fue, empero, el más grande de los traductores y mensajeros de tal demencia. Mi corazón, ya casi podrido en la carcasa de mi cuerpo, aún siente pena y dolor recordando las primeras oleadas plagadas de aullidos de pánico y gritos de locura. Por fin entonces el Faro del Diablo hizo gala de su nombre. En verdad el bastión se alzaba como un monumento a lo blasfemo, como un conducto desde donde se podía oír todo estertor agónico que lanzaba la humanidad.

Y el conducto podía llevar más que tan sólo aberraciones. Fue triste comprobarlo.
Empezó un atardecer lánguido como pocos, la despedida de un día largo que yo añoraría por siempre, pues los primeros vientos cálidos y el sol tibio fueron mi única compañía en la colina, hasta que vi esa pequeña mancha negra alejada en lo más recóndito del horizonte. En un principio sólo era una esquela de suciedad en mi cielo perfecto. En un principio no significaba nada.

Ese día las voces habían callado. No había razón para temer, o para lamentar.
Yo lo sabía bien y de todas maneras no pude mentirle al instinto de mi cuerpo, el que comenzó a temblar y sin que lo evitase bajaron la vista mientras salmodiaba para mí que nada pasaba.

Cuando era niño mi madre solía reconfortarme los días de tormenta, días a los que temía tanto. Ella me decía que las tormentas traían consigo lo que el mundo exterior desechaba, y eran los últimos efluvios de lo que el mundo de los hombres pretende olvidar. Así la lluvia era la forma última en que las oscuras memorias de la humanidad alcanzaban la paz. Las tormentas era el tiempo de los milagros. El tiempo en que la perfidia se hacía agua cristalina y abandonaba la perversidad del mundo de donde venían.

¿Qué vendría entonces a ser aquella, la más grande oscuridad que un día se cernió sobre criaturas conscientes? ¿Qué clase de actos horribles enmascaraba esta sombra perfecta e inconmensurable? Yo tuve la desgracia de casi palparla, pues al final mi instinto terminó por fallar, rotos sus cordeles por la fina hoja de la demencia. No pude articular un simple grito, ni una exclamación. La mancha, en ese tiempo, habrán sido minutos u horas, no lo sé; la mancha impregnó de su nefanda sombra todo el horizonte, y entonces, el cielo de un día que amaneció luminoso tuvo un cruel tapiz que reflejaba horrores inimaginables.

Y lo peor aún estaba por venir. Algún relámpago brotaba de la acumulación de nubes aquella. Era anómalo de por sí que no hubiese sonido alguno tras ellos, así como ningún viento agitaba las aguas, que parecían haber empalidecido expectantes como yo. Los relámpagos, empero, tenían otra consecuencia, mucho más macabra que su inexistente resonar. Y es que su luz fugaz iluminaba por un instante la oscuridad de donde brotaban, recordándole y mostrándome su color real. Su bermellón, casi carmesí color real.

No, lo peor llegó cuando por fin uno de los relámpagos produjo un sonido. No era un estallido empero, y el rayo no era como nada que hubiese visto jamás en mi vida. No eran extraños los truenos salvajes allá antes de la pesadilla, cuando alguna tormenta tocaba las apacibles y grises playas. Recuerdo su sonido, como el de un simple estallido, reverberando en el aire, como estallando mil veces antes de desaparecer. En cambio éste no fue así. Se trataba más bien de algo como un rugido, acallado, no tan estruendoso, pero aterrorizante como un eructo del mismo infierno. El Faro del Diablo se estremeció, y yo con él. El rugido no se detuvo. Tapé mis oídos con las manos pero no se detuvo. Lloré e imploré al dios en que creíamos que se detuviese, pero siguió. Y cerré los ojos, y arrodillado traté de soportar.

Y entonces la luz cesó. El curso del rayo que había descendido cual emanación, casi como un meandro, culminó. Y un extraño dejo húmedo golpeó mi mano. Abrí los ojos de a poco y entonces, viendo el escenario que tenía ante mí, fue que mi cordura comenzó a desaparecer.

La primera mancha, la de la gota que cayó sobre mi mano, no ha desaparecido aún. El resto se han distorsionado, han recorrido mi piel rozándola y dándole una macabra caricia, pero la primera gota fue un sello, una marca con la que la pesadilla señaló mi existencia como víctima suya.

Poco fue el efecto que el resto de la pesadilla tuvo para mí. Fue suficiente con la primera visión. Algunos árboles comenzaron inmediatamente a marchitarse, como rindiendo una mortal elegía al infierno que se cernía sobre ellos, sobre mí y sobre todo lo que conocía del mundo.

La lluvia era roja, espesa como posesa, y sus gotas caían al suelo con un sonido pesado, mientras una reminiscencia de aquel trueno seguía rugiendo en lo alto. Y la lluvia siguió, aunque se hizo de noche y lo que quedaba era una cortina negra, que sobrepasaba todo lo que hubiese podido ser luz o esperanza. No fue una gran sorpresa cuando al llegar a mi hogar mis padres, arrastrados en un ataque de furia ilógica e indómita, intentaron matarme. Entre mis últimas imágenes está la de mi padre corriendo hacia mí. Uno de sus globos oculares había abandonado su órbita y caía cómicamente hacia un lado. Borboteante sangre corría desde él. Tuve que hacer que el otro terminase en una posición similar, antes de matarlo para salvarme.

De mi madre, prefiero no hablar. O sí. Prefiero mentir. Ella me tuvo entre sus brazos, consolándome como cuando nuestra isla era un sitio lleno de vida. Su voz cálida calmándome, permitiéndome dormir aunque la tempestad destruyese todo alrededor.
Esa mentira tiene su fundamento, empero, pues yo desperté el día de hoy, acurrucado en su regazo, los dos solos en la inmensidad de un infierno rojo poblado por ánimas danzantes y cadáveres que comienzan su putrefacción. No importa el cuello cercenado de la dulce mujer, su rostro estuvo en paz después de que yo…

El amanecer todavía está tocándome el fondo de los ojos, como si quisiera que despertase de la pesadilla. Le he denegado el acceso, sonriente yo, que ahora escucho las voces, sin necesidad de estar allá en El Faro. Ya las voces no son de dolor, de pánico y de muerte. Ahora tan sólo son los susurros de lastimero llanto, venido de mil, de un millón, de mil millones de personas. El océano, infinito como nunca antes, bambolea sus rojas olas, hablándome, invitándome. Sé que me protegerá, cual lo hizo mi madre. Debo ser uno con él. Debo unir mi voz a la de los caídos.

Cuando el sol por fin llegue y la nube sangrienta se haya ido, yo me uniré al mar. No necesito una balsa, no necesito un rumbo, no me necesito más que a mí, al recuerdo de mi madre, y las voces todas conmigo, para ser infinito, junto a él.

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