El Sexto Centinela

Conocí por primera vez a Mala Suerte Rosalie Smith cuando era una delgada y descuidada sombra de una niña de veintidós años y bastante acostumbrada a la soledad del fondo de una botella de whisky. Su cabello era ralo debido a la aplicación de muchos tintes, rojo brillante la semana pasada, negro como una tumba el día de hoy, morado y verde para el Mardi Grass. Su rostro de facciones finas y un poco salvaje, los ojos perfilados con cuidado, de color negro; los labios carmesí alargados con firmeza sobre los dientes blancos y pequeños. Si hubiese sido capaz de tocar a Rosalie, su piel me habría resultado sedosa y un poco seca al tacto, su cabello me hubiera parecido como la electricidad rozándome la cara en la penumbra.

Pero no podía tocar a Rosalie, no de una forma que ella pudiese notar. Podía pasar mis dedos a través de la carne de su brazo, pálido como la ternera y compacto como la escamosa piel de un pez entre sus delgados huesos. Podía cerra mi puño alrededor de la bola lisa de porcelana que era su muñeca. Pero, en lo que a ella respectaba, mis caricias pasaban atravesándola como si fuese aire muerto. Todo lo que sentía era un escalofrío como hielo cristalizándose en la espina dorsal.

"Tu hígado tiene la textura del terciopelo húmedo y mojado" solía decirle, alcanzando el torturado órgano bajo sus cotillas para acariciarlo. Ella se encogía de hombros. -Otro año en esta ciudad y acabará en vinagre.

Rosalie llegó a la ciudad de Nueva Orleans sólo porque eso fue lo más lejos qe su dinero pudo llevarla… O eso decía ella. Estaba huyendo de un amante al que, en medio de temblores, se refería únicamente como Joe Cucharitacafetera. El recuerdo de sus caricias la hacía sentir fría, mucho más de lo que mis dedos de ectoplasma jamás pudieron hacerlo, y deseaba sentir el húmedo beso de las noches tropicales.

Se mudó al apartamento de uno de los edificio viejo del Barrio Francés, justo arriba de una "botica" que vendía pociones y filtros. Al principio, me preguntaba si ella estaría de acuerdo de encontrarse con un fantasma residiendo entre el amontonamiento de su cuarto, pero al verla decorando las paredes con mantos de encaje negro y fotografías de músicos andróginos de mejillas hundidas y que se veían más muertos que vivos, me percaté de que podía mostrarme con toda seguridad sin la menor amenaza de desalojo. Siempre es una molestia cuando alguien hace venir a un exorcista. El sacerdote en sí no representa un problema, pero los demonios que invariablemente lo siguen son tan grandes como gatos y tan molestos como mosquitos. Estos son, y no las letanías y el agua bendita, los que hacen que los espíritus inocentes se vayan. Pero Rosalie sólo me dirigió una mirada valorativa, se presentó a sí misma y después me preguntó mi nombre y mi historia. Reconoció el nombre habiéndolo visto en todas partes desde las páginas de los libros de historia hasta los letreros de madera que colgaban fuera de las dudosas casas de ajenjo del sector francés. La historia… Bueno, tenía suficientes historias para entretenerla durante mil noches o más (¿Yo, Scherezada de Barataria y Bay, sólo que muerto y varón?) ¿Por cuánto tiempo había yo querido contar aquellas historias? Había pasado más años sin un amigo o amante, de lo que podía recordar. La compañía de otros fantasmas locales no me interesaba… Me parecían una caterva mórbida, muchos de ellos decapitados o bañados en sangre, manifestándose sólo ocasionalmente para apuntar con dedos esqueléticos, hacia alguna piedra suelta en la chimenea y después desaparecer sin decir palabra alguna. No había conocido a ninguna personalidad importante y ninguna que tuviese una historia tan exótica como la mía.

Así que estuve agradecido por la compañía de Rosalie. Dado que los edificio más viejos son demolidos, debo cambiar constantemente de residencia en la ciudad, tratando de encontrar lugares en donde residí mientras vivía; lugares en los que un fragmento de mi alma permanece para anclarme. Hay algunas islas cubiertas por la maleza en el Bayou e islas remotas en el Mississippi las cuales frecuento, pero abandonar el carnaval y las juergas de Nueva Orleans, abandonar la compañía humana (deseada o no), sería aceptar por completo mi muerte. Han pasado cerca de doscientos años y aún no puedo hacerlo.

-Jean-, solía decirme mientras caía el atardecer cual si fuese un pañuelo morado deslizándose lentamente sobre el Barrio Francés, al mismo tiempo en que las llamas doradas de los faroles se encendían, -¿Te gustan estas bragas para usarlas con el bustier plateado, Jean?

Ella pronunciaba mi nombre en la forma correcta, al modo francés, como John pero con una J suave. Cinco noches a la semana, Rosalie trabaja como stripper en un club nocturno en la calle Bourbon. Seleccionaba su lencería de un basto armario lleno a reventar de microscópicas piezas de tela, a las que ella se refería como "disfraces", algunos de los cuales tenían poco más de sustancia que mi propia carne. Cuando me habló por primera vez de su trabajo pensó que me asombraría, pero me reí. -Vi cosas peores en mis días-, le aseguré pensando en las adorables y desvergonzadas mulatas que había conocido, de varios y famosos "espectáculos privados" que involucraban serpientes venenosas enviadas desde Haití y los falos de piedra aceitados de supuestos ídolos vudú.

Fui a ver bailar a Rosalie dos o tres veces. El club estaba en un lote de edificios viejos, el antiguo sitio donde se encontraba un burdel que yo recordaba bien. En mis días, el lugar había estado decorado, en su totalidad, con seda escarlata y terciopelo morado; el efecto era como de enormes y carnosos labios cerrándose sobre ti mientras entrabas, arrastrándote hacia sus negras profundidades. Dejé de visitar a Rosalie en el trabajo cuando me comentó que la perturbaba encontrarse con mi reflejo en los cientos de espejos que ahora tapizaban las paredes del club, cientos de Rosalies desnudas y cien Jeans traslúcidos, y mil patéticos hombrecillos con ojos de comadreja; todos reflejados en un punto de la poblada infinitud, muy lejos, dentro de las pared. Pude entender por qué los espejos ponían nerviosa a Rosalie, pero creo que tampoco le gustaba que yo viese a las otras bailarinas, aunque ella era la más linda del grupo de caderas amplias y caras insípidas.

Durante el día, Rosalie vestía de negro: encaje y medias de redecilla, cuero y seda, las extravagantes ropas de los jóvenes mórbidos. Tuve que pedirle que me explicara a esos mórbidos. Eran chiquillos que rara vez tenían más de dieciocho años que se pintaban la cara por completo de blanco, enmarcaban sus ojos con kohl, y ahogaban sus labios ya fuera de negro o rojo sangre. Hacían el amor en los cementerios y saqueaban las tumbas olvidadas extrayendo los crucifijos para usarlos como joyas. La música que oían era, alternativamente, tan suave como un ramo de rosas en un funeral y tan oscura como las cuatro de la madrugada, todas compuestas con la pesadumbre suicida que sentían los andróginos que decoraban las paredes del cuarto de Rosalie. Yo podría haberles dicho unas cuantas cosas acerca de la muerte a estos chiquillos. Tratar de moverse durante cien años sin tener un cuerpo apropiado, les pude decir; sin pies que toquen el suelo, sin una lengua para degustar el vino o un beso. Entonces quizá van a disfrutar la vida mientras la tienen. Pero Rosalie nunca me escuchó cuando hablaba de este tema, y nunca me presentó a ninguno de sus amigos mórbidos.

Si es que tenía alguno. He visto a otros chiquillos rondando el Barrio Francés después de que oscurece, pero nunca en compañía de Rosalie. Con bastante frecuencia ella se sentaba en el cuarto y bebía whisky en sus noches de descanso, sirviéndose grandes cantidades del fuego líquido y ambarino entre cubos de hielo que se resquebrajaban y eran pulidos una y otra vez. Ella nunca tuvo un amante del que yo supiera algo, de no ser por el temido Cucharitacafetera, quien parecía haber sido bastante sano según los estándares de Rosalie. Sus clientes en el club le ofrecían sumas absurdas si tan sólo ella les brindaba una noche de placer, más del que sus mentes de renacuajo pudieran imaginar, pero Rosalie ignoraba sus patéticas súplicas. No eran tanto que se opusiera a la idea de acostarse con alguien por dinero, sino que simplemente no estaba interesada en el sexo en absoluto.

Cuando me contó acerca de las proposiciones que le hacían, pensé en muchas de las cosas que había enterrado durante mis días en el mundo. Tesoros: monedas macizas y joyas, las riquezas obtenidas de mis robos, que eran mi pan de cada día, los despojos de los asesinatos que eran mi bebida. Aún existían algunos que nadie había encontrado y que nunca nadie encontraría. Cualquiera de ellos habrían valido diez veces más que las sumas ofrecidas por esos hombres.

Muchas veces intenté decirle a Rosalie donde se encontraban esos tesoros, pero contrario a lo que pensaban algunos como ella, creía que las cosas enterradas debían permanecer bajo tierra. Ella decía que el mero prensamiento de un tesoro escodido bajo fango, piedra o ladrillo, con la gente caminando cerca y en ocasiones justo encima de él cada día, la divertía más que el pensamiento de ir a desenterrarlo para después gastar hasta el último centavo.

Nunca le creí. Jamás me permitió verla a los ojos cuando decía esas cosas. La voz le temblaba al hablar de los mórbidos que hacían de la profanación de tumbas un deporte. "Levantaron una losa de granito que pesaba treinta kilos", me contó alguna vez, incrédula. "¿Cómo fue posible que la levantaran, en la oscuridad, sin saber lo que podría suceder?" Había un esqueleto en el ataúd con tapa de cristal en la tienda vudú que estaba escaleras abajo, y Rosalie apenas toleraba entrar al lugar debido a eso… Yo la había observado echando rápidas hojeadas con el rabillo del ojo, como si los pequeños y tristes huesos la intrigaran y la deprimieran al mismo tiempo.

Me percaté de que se trataba de un miedo obsesivo. Rosalie evitaba cualquier tipo de charla sobre cosas muertas, que se encontraran enterradas y hasta de excavar el suelo. Cuando le conté mis historias, me hizo saltarme las partes donde los tesoros o los cuerpos eran enterrados; no dejaba que le describiera el hedor del pantano por la noche, las débiles luces centellantes de los fuegos de San Telmo. El profundo sonido de succión que provenía del fango cada vez que la pala entraba en él. No me permitía hacer ningún tipo de descripción de las exequias marítimas o de las tumbas al ras del suelo en el Bayou. Se tapó los oídos cuando le conté acerca de un patán cuyo cuerpo colgué del retorcido ramaje de un roble centenario. Y fue algo memorable, dicho sea de paso… Cuando cabalgué por aquel remoto sitio pasado un año, su esqueleto perfecto aún colgaba en el mismo lugar, manteniéndose unido por la invasión gris del musgo español. Estaba alrededor de sus largos huesos y brotaba en cascada desde las cuencas vacías de sus ojos, forzaba la mandíbula al abrirse y pendía de su mentón como una larga barba gris… Pero Rosalie no quería escuchar aquello.

Cuando la confrontaba ante sus propio terror, se negaba a aceptarlo. "¿Quién dijo que los cementerios son románticos?", me gritaba. "¿Quién dijo que tengo que exhumar huesos sólo porque me masturbo pensando en Venal St. Claire?" (Venal St. Claire era músico de uno de los efebos, delgados como palillos y vestidos de luto, que adornaban las paredes de la habitación de Rosalie. Y no vi evidencia alguna de que lo deseara a él o alguien más). "Sólo visto de negro para que toda mi ropa combine", me repuso con solemnidad, como si esperase que le creyera. "Para no tener que pensar en lo que me pondré cando me levante por la mañana".

- Pero si tú no te levantas por la mañana.

- Pues por las tardes entonces. Tú sabes a lo que me refiero-. Echó la cabeza hacia atrás y lamió la última gota de whisky que quedaba en su vaso. Fue la cosa más erótica que jamas había visto hacer. Pasé mi dedo entre los lisos pliegues de sus intestinos.

Una momentánea mirada de molestia cruzó por su rostro, como si hubiera sufrido un cólico… Atribuible al whisky de mala muerte, sin duda alguna. Pero ella no quiso hablar más del asunto.

Así que la observaba mientras bebía hasta quedar inconsciente, su delgado cabello esparcido por la almohada, un fino hilillo de saliva corriendo desde la esquina de su boca hasta la funda de seda negra. Entonces entré en su cabeza. Esto no era algo que me gustara hacer con frecuencia… En ocasiones la había notado mirándome inquisitiva a la mañana siguiente, como si recordara haberme visto entre sueños y preguntándome cómo había entrado en ellos. Si pudiese persuadir a Rosalie para que desenterrara uno de los cofres de mi botín -sólo uno-, nuestros problemas terminarían. Ella nunca volvería a trabajar y yo podría tenerla conmigo todo el tiempo. Pero primero tenía que encontrar su miedo. Sólo hasta que supiera cuál era, y pudiese tramar cómo trazar mi camino a través de él, mis tesoros iban a permanecer enterrados en el negro lodo del Bayou.

Así que en tan sólo en unos instantes, me hundí profundamente en el esponjoso tejido del cerebro de Rosalie, espiando entre sus recuerdos de infancia, removiéndolos como si fuese monedas de oro que yo hubiese saqueado recientemente de un galeón español. Incluso creí que era posible oler el whisky que nublaba sus sueños.

Lo encontré más rápido de lo esperado. Le recordé a Rosalie sobre su miedo oculto, y ahora -porque no había dejado a su mente consciente controlarlo- su mente inconsciente lo había conjurado en sueños. Por un instante, me mantuve en el filo de la vigilia; vagamente estaba consciente de la habitación que me rodeaba, de los pesados muebles y de las recargadas paredes de color negro. Entonces todo se alejó como una oleada, mientras caía de bruces en el sueño de infancia de Rosalie.

Un poblado del sur de Lousiana construido en la confluencia de un centenar de arroyos y riachuelos. Calles de tierra apisonada y conchas de ostras molidas, casas construidas sobre pilotes para evitar que el agua humedezca el suelo, tejados pintados con colores brillantes. Redes camaroneras extendidas sobre las barandillas, endureciéndose con la sal, en algunas casas: trampas para cangrejos colocadas encima de los techos. Territorio Cajun.

(¡Mala Suerte Rosalie una chiquilla cajun, ella que sostenía nunca haber puesto un pie en Louisiana antes! ¡Mon petite chou!, ¿con qué Smith?, ya lo creo que sí).

En una de las terrazas, una jovencita vestida con camiseta y una falda hecha en casa de fresca tela de algodón, sentada encima de una caja de botellas de cerveza vacías. Las suaves puntas de sus pechos se pueden ver a través de la delgada tela de su camiseta. Un medallón brilla en la base de su cuello, un pequeño santo congelado en plata. Quizá tenga doce años. Sólo puede tratarse de su madre quien está a su lado, una mujer alta con facciones regias, coronada con una mata revuelta de cabello negro. La madre está pelando langostinos. Aparta las cabezas en una lata de café y arroja las cáscaras a unos pollos de plumaje manchado, que rascan en la parte del patio que no está enlodada. El nivel de agua es más alto del que la madre haya visto jamás.

La niña tiene una lata de coca-cola, pero no ha bebido mucho de ella. Está preocupada por algo, se le nota en la caída de los hombros, en la forma en que extiende sus delgadas piernas bajo la falda de algodón. En varios momentos sus ojos se ven arrasados de lágrimas que apenas es capaz de controlar. Cuando levanta la vista, se nota que es mayor de lo que parecía al principio: trece o catorce años. Un aire de ingenuidad, cierta torpeza de extremidades y gestos, la hacen parecer más joven. Se mece y al fin dice: "¿Mamá?"

"¿Qué sucede Rosie?" La voz de la madre parece salir con mucha lentitud; se forma en su garganta y se arrastra, titubeante, hacia fuera de sus labios.

"Mamá… ¿Theophile sigue enterrado?"

(Aquí no existe un hueco en el sueño, o mejor dicho, en mi percepción de él. Desconozco quien es Theophile… Un amigo de la infancia, quizá… Es más probable que sea un hermano; en una familia cajun no existe eso del hijo único. La pregunta me perturba, y siento cómo Rosalie se escapa momentáneamente. Entonces, el sueño continúa, inexorable, y vuelvo a caer en él).

Mamá lucha por mantener la calma. Los hombros se le vencen y sus pesados pechos se aplastan contra la barriga. La estoica expresión de su rostro se resquebraja un poco. "No, Rosie". Contesta por fin. "La tumba de Theophile está vacía. Se ha ido al cielo".

"Entonces, ¿no estará ahí si lo busco?"

(De pronto, puedo reconocer a mi Rosalie en el rostro de esta chiquilla floreciente. Los oscuros e inteligentes ojos, la ágil mente detrás de ellos, limpia de whisky y tiempo).

Mamá permanece callada, buscando la respuesta que consolara y dejara satisfecha a la chiquilla al mismo tiempo. Pero una tormenta del Bayou se ha ido generando y llega de pronto: los truenos cruzan el cielo, el aire está vivo de pronto con chispas invisibles. Luego la lluvia cae en sólido torrente. Los pollos manchados corren a guarecerse debajo de la terraza. En breves segundos, el patio delantero de la casa se convierte un mar de lodo. Ha llovido de esta forma todos los días durante un mes. Es la primavera más húmeda que nadie ha visto en este lado del Bayou.

"No vas a ir a ningún lado con esta inundación", dice mamá. La tranquilidad se hace evidente en su voz. Y logra que la niña entre en casa con un aspaviento y luego corre alrededor de la cabaña para recoger la ropa que está tendida en la parte trasera, aún cuando las faldas de algodón delgadísimo y los vaqueros ya están completamente empapados.

Dentro de la acogedora y tibia cabaña, Rosalie está sentada delante de la ventana de la cocina, observando como la lluvia martillea toda la extensión del Bayou hasta donde alcanza su vista y se asombra.

La tormenta dura toda la noche. Recostada en su cama, Rosalie escucha a las gotas golpeando el techo, oye como crujen y se azotan las ramas por el viento. Pero está acostumbrada a las tormentas de este tipo, y no le presta mayor atención. Está pensando en una casita donde se guardan las trampas para los cangrejos y las redes de su padre, en el patio de al lado. Sabe que hay una pala guardada ahí. Sabe donde está la llave.

La tormenta termina una hora antes del amanecer y ella está lista.

Lo que le preocupa es su propia muerte, por supuesto, no la de Theophile (quien quiera que este fuese).Está en la edad en la que la curiosidad sobre la fragilidad de la carne es mayor que su miedo ante ella. Piensa en él bajo la tierra y quiere saber si en realidad se encuentra ahí. ¿Habrá ascendido al cielo o sigue en su tumba, pudriéndose? Lo que sea que encuentre, no podrá ser peor que lo que ha imaginado.

(Al menos por el momento).

Rosalie no se siente del todo cuerda mientras se escabulle por la casa silenciosa, toma la pala de su padre y se desliza por el oscuro pueblo rumbo al cementerio. Le gusta ir descalza, y las plantas de sus pies están lo suficientemente endurecidas para caminar sobre los filos, húmedos y brillantes, de las conchas de ostras, pero sabe que se deben usar zapatos después de una lluvia torrencial o los gusanos podrían horadar los pies con su voraz apetito, abriéndose camino haca la carne tierna bajo la piel callosa. Así que chapotea entre el barro y los charcos con sus húmedas zapatillas, negándose a pensar en lo que está a punto de hacer.

Sigue estando demasiado oscuro como para ver, pero Rosalie conoce el camino a través de las calles del pueblo… De memoria y con los ojos cerrados. Muy pronto, su mano se topa con una oxidada puerta del cmenterio y ésta se abre, rechinando, en cuanto la toca. Se sobresalta por el agudo sonido que tiene el silencio de la madrugada moribunda, pero no hay nadie cerca que lo escuche.

Por lo menos, nadie que pueda escucharlo.

Las crudas siluetas de las lápidas aguijonean el cielo entintado de púrpura y negro. Pocas familias del pueblo pueden comprar una estela labrada; amarran dos troncos para formar una tosca cruz, o cincelan su propio memorial en granito… Si pueden conseguir una losa. Rosalie se abre camino a tientas, en aquel bosque de desvencijados e irregulares, paupérrimos homenajes-sepulcro a los difuntos. Ella sabe que algnos no son más que una tabla de roble, con los nombres garabateados a navaja, hundidas en el suelo. Las sombras en la base de cada una están húmedas, refulgentes. Un cieno inmundo lame sus pies, los chupa. En algunos sitios, el suelo se siente resbaloso y lleno de bordecitos, no puede ver qué es lo que está pisando.

Pero cuando ya está cerca de la estela que busca, puede verla bien. Porque es la mejor lápida del cementerio, labrada en mármol de un blanco intenso como el de la luna, que parece absorber la luz hacia su níveo interior. Su familia la mandó a hacer en Nueva Orleans, gastándose lo que, con toda probabilidad, eran los ahorros de toda su vida. Las letras cinceladas son tan finas y precisas como el filo de una navaja. Rosalie no puede distinguirlas en la penumbra, pero conoce cada esquina, cada recodo y sombra. Sólo su nombre, rígido y frío; sin fechas ni inscripciones, tal como si la pena de aquella familia fuese tan grande que no pudieron soportar decir nada y dejar testimonio acerca de él. "Sólo pongan su nombre y déjenlo ahí".

El parche de tierra en la base de la lápida no está a la vista, pero ella lo conoce bien: un árido y lodoso rectángulo. No había pasado suficiente tiempo para que el césped o la hierba crecieran en él, apenas lo habían enterrado dos noches atrás, y los pocos brotes verdes que trataron de conquistar el rectángulo de tierra, fueron aplastados por la lluvia. Pero, ¿de verdad puede estar él allí abajo, encerrado en una pequeña caja, su ligero y grácil cuerpo hinchándose y reventando, sus maravillosas manos y cara comenzando a pudrirse?

Rosalie avanza con la mano extendida para poder rozar las letras de su nombre: TEOPHILE THIBODEAUX. Mientras piensa -o sueña- el nombre, sus dedos prestos para recorrer los contornos de cada letra en el mármol, una imagen llena su mente, una oleada de sensaciones tan intensas como eróticas. Un chico de más edad que Rosalie, quizá de diecisiete años: una cara pálida, demasiado delgado para decir que es apuesto, pero sí atractivo, una cortina de largo y dócil cabello negro ocultando a medias sus ojos de un fiero y calcinante azul. ¡Theophile!

(De pronto,algo sucede. Las cosas se suceden a tropel y es como si la consciencia de Rosalie se fundiese por completo con la mía. Mi corazón se retuerce con el amor y el ardiente deseo que sólo una chiquilla adolescente puede sentir por este ardiente chico cajun. Apenas me percato del cuerpo de Rosalie, alcoholizado y de veintidós años, que reposa en la cama, sintiendo como sus vísceras más femeninas pulsan la recordad a aquel mozalbete. Oh, cómo la tocaba… ¡Oh, cómo y cuánto la probó!

Ella sabía que eso está mal ante los ojos de Dios. Su madre la educó para que fuera una niña buena. Pero las tardes que había pasado junto a Theophile después de los bailes o de las reuniones de la iglesia, sentados en el columpio con su brazo rodeándole los hombros, inclinada sobre el tibio hueco de su pecho… Eso no podía estar mal. Después de que pasara una semana, tras haberse conocido, él comenzó a mostrarle lo que escribía en una máquina de escribir Olympia, una reliquia salpicada con manchas de tinta: poemas e historias, canciones del pantano. Y eso no podía estar mal.

Y la noche en que ambos se escaparon de sus casas para reunirse, aquella noche en el cobertizo de los botes abandonado, que estaba cerca de la casa de Theophile… Aquello tampoco podía estar mal. Comenzaron besándose únicamente, pero los besos se volvieron más apremiantes, tórridos, salvajes… Rosalie sentía como hervía todo en su interior.

Theophile respondió a su calor con el de su propio cuerpo. Ella sintió como él leventaba la grosera tela de su falda y -con cuidado, casi con reverencia- deslizaba las bragas de algodón hacia abajo. Después, comenzó a acariciar la negrura que le crecía en la entrepierna, provocándola con la punta misma de los dedos, rozando cada vez más rápido y hurgando cada vez más adentro, hasta que ella se sintió como un botón de rosa a punto de reventar en una oleada de dulce néctar. Después le separó las piernas aún más y se inclinó para besarla justo allí con tanta ternura como la había besado en la boca. Su lengua era suave pero rugosa, como una toalla humedecida, y llena de jabón y, Rosalie creyó que su joven cuerpo moriría debido al terrible placer de todo aquello. Luego, con lentitud, Theophile se abría camino, con suavidad, dentro de ella, y sí, ella lo deseaba allí; sí, ella estaba aferrada a su espalda, forzándolo a entrar más profundamente, negándose a aceptar el intenso dolor de la primera penetración. Él descansó dentro de ella, casi sin moverse, entonces se inclinó para besarle los pezones doloridos, que apenas se desarrollaban, y Rosalie sintió todo el poder de la feminidad correr atropelladamente, por todo su cuerpo. "Esto no puede estar mal").

Con los recuerdos fijos con firmeza en su mente, ella da otro paso hacia la la´pida. El suelo se hunde bajo sus pies y cae de cabeza dentro de la tumba de su amado.

La pala le golpea la mitad de la columna. El olor a podredumbre lo invade todo a su alrededor, es pesado y añejo: carne pudriéndose, grasa rancia, un olor dulzón y nauseabundo al mismo tiempo. La caída la desorienta. Se revuelve en el cieno pegajoso, lo escupe fuera de su boca.

Entonces la primera luz del día rompe la oscuridad del alba y Rosalie puede ver la cara arruinada de Theophile.

(Ahora sus recuerdos me abruman, ahogándome cual si se tratase de un torrente imparable. Algún tiempo después de que comenzaran a citarse en el cobertizo abandonado, ella empezó a sentirse mal todo el tiempo, el calor la volvía apática. El sangrado menstrual que se le presentó por primera vez hacía tan sólo un año, se detuvo. Mamá la llevó a ver un médico al pueblo vecino y éste confirmó lo que Rosalie ya temía desde hacía unt iempo: la jovencita iba a tener un bebé de Theophile.

Hice que Rosalie alquilara un bote.

Le resultó sencillo aprender a llevarlo: el canotaje corre en la sangre cajun. Hicimos un recorrido de exploración o dos a lo largo de Barataria -donde dos pequeños tinglados, parecidos a los del pueblo natal de Rosalie, llevaban mi nombre- y entretuve a una joven mujer, fascinada del todo, con historias de sepelios en alta mar, de tumbas al ras del suelo en el Bayou, de las cuencas vacías en el cráneo de un patán por donde escurría musgo espeso.

Cuando la consideré lista, la guíe a un lugar que yo recordaba bien: un claro donde cinco enormes robles crecían desde un inmenso y retocido tronco. En mis días los llamábamos los cinco centinelas. El viento ululaba entre las ramas más altas. El pantano que nos rodeaba estaba callado, expectante.

Después de una hora de estar cavando, la brillante pala nueva de Rosalie se encontró con la tapa y la parte superior de un gran baúl de hierro. Su cabello quebradizo estaba apelmazado por el sudor. Su vestido de encaje negro estaba manchado de barro y arcilla. Su tez se veía más pálida que de costumbre debido a la fatiga; en la tenue luz del pantano parecía casi luminiscente. Nunca me había parecido más hermosa que en ese momento.

Me miró. Sus cansados ojos refulgían como el reflejo de la fiebre.

-Ábrelo-, le dije, apresurándola a hacerlo.

Rosalie levantó la pala y rompió el cerrojo en forma de corazón al primer intento. Con otro golpe más, se desmoronó en un torrente de óxido y herrumbre lodosa. Me miró una vez más -mirando qué, me pregunto, buscando qué cosa- y después levantó la pesada tapa.

Y el sexto centinela se levantó para recibirla.

Siempre llevaba un hombre extra cuando iba al pantano a enterrar mis tesoros. Uno en el que no confiara, o que no fuese necesario. Él y mis confiables ayudantes cavaban un agujero y arrastraban el baúl hasta el borde, listos para empujarlo dentro. Entonces yo veía fijamente a los ojos a cada uno de mis hombres y preguntaba: "¿Quién desea ser guardián de mi tesoro?" Mis hombres, conociendo bien la rutina, permanecían en silencio. El hombre extra -buscando favor como todos los tipos inútiles y de poca confianza buscan hacer-, siempre se ofrecía como voluntario.

Era entonces cuando mi teniente más confiable daba tres pasos y le metía un perdigonazo en la cabeza al pobre imbécil. Su cuerpo era depositado, con extrema ternura, dentro del baúl, su sangre empapando los montones de oro y plata y joyas rutilantes, y yo acomodaba entre sus manos una de mis bolsas de mojo, las cuales mandaba a hacer en Nueva Orleans. Luego de esto, el baúl era enterrado en la tierra del pantano y mi hombre, que se había convertido en uno de los confiables, se quedaba para guardar mi tesoro hasta que yo lo necesitase.

Yo era el único que podía abrir aquellos baúles. La magia combinada de la bolsa de mojo y la furia que permeaba el espíritu del hombre traicionado, se encargaban de ello.

Mi sexto centinela rodeó con sus brazos esqueléticos a Rosalie, tomándola por el cuello y la arrastró hacia abajo. Sus mandíbulas estaban bien abiertas y pude ver dientes que aún seguían hambrientos, tras doscientos años, cerrándose sobre su cuello. Un rocío de sangre se detuvo en el aire; desde el baúl se escuchó el sonido de algo desgarrándose, luego el rumor de una rápida y ahogada agonía. Deseé no haberlo hecho demasiado doloroso para ella. Después de todo, ella era la mujer que había escogido para pasar a su lado, el resto de la eternidad.

Le había dicho a Rosalie que nunca más tendría que despojarse de aquellos etéreos disfraces delante de hombres babeantes, y no le había mentido. Le dije que no tendría que preocuparse por conseguir dinero nunca más y tampoco era mentira. No le confesé que no deseaba compartir mis tesoros… Sólo la deseaba muerta, a mi pobre Mala Suerte Rosalie, libre de este mundo que le dolía tanto, libre para vagar conmigo a través de los pantanos y el Bayou inmaculado, a través de una ciudad varada en el tiempo.

Muy pronto, el espíritu de Rosalie abandonó su cuerpo y voló hacia mí, no tenía otro lugar a donde ir. La sentí luchando con rabia contra mi amor, pero cedería pronto. No carecía de tiempo para convencerla.

Rodeé con mi brazo el cuello de Rosalie y deposité un beso en sus labios de ectoplasma. Entonces, tomé su manecita diminuta entre la mía y ambos desaparecimos juntos.

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