Haciendolo con Alimanas

La noche se acercaba, y con ella, la invasión de más alimañas que se habían apoderado de esa casa antes tan aséptica. Las arañas y cucarachas destacaban de inmediato en los pisos y paredes de color blanco. Y Katia era su reina y amante.

El rumor de las olas se mezclaba al interior de la casa con el zumbido de las moscas. Katia se había hecho una especie de diadema con cuerpos de cucarachas y gusanos. Su cabello estaba más hirsuto que nunca. Entonces, un nuevo sonido se sumó a los ya conocidos. Un llanto de bebé.

Al principio pensó que lo había imaginado, o que había escuchado mal. Pero no, se producía de manera más clara y continua. ¿De dónde provenía ese llanto, si es que lo era? Tal vez se trataba de un gato merodeando por fuera de la casa. Un gato en celo maullando como un niño. Katia dejó de pensar por un momento en sus alimañas, y trató de ubicar el sonido. Provenía de su recámara. Y no, no era el maullido de un gato.

Tampoco lo estaba imaginando. Lo escuchaba tan real como su propia respiración entrecortada, ya no de lujuria, sino de miedo. No creía que el miedo volvería para atormentarla. Sin embargo el viejo amigo la volvía a visitar. Para aplacarlo, tenía que hacerle frente. Debía ir a la recámara. Alguna explicación tenía que haber. No podía tratarse de un bebé. ¿Qué bebé podía haber en esa casa?¿De no ser el que había abortado?

Katia sintió un latigazo de adrenalina recorriendo su cuerpo desnudo. Caminó, y sus nalgas se estremecieron a cada paso. Dejó atrás el jardín, y mientras avanzaba por el pasillo, el llanto se hizo más persistente, como si la estuviera llamando.
-No… -murmuró.

Algo la empujaba hacia la recámara. No quería entrar, pero segundos después ya estaba en el interior, con los brazos cruzados sobre su pecho. Todo transcurría como en un sueño. Encendió la luz. Ningún bebé en la cama. Sólo cucarachas. Katia se contempló en el espejo del tocador. Vio sus ojeras, su rostro pálido, y los pezones aún erguidos de sus pequeños senos. Volvió a escuchar el llanto. Provenía del baño. El baño donde había abortado aquella cosa. ¿Sería posible?

Oprimió el interruptor. La luz fluorescente parpadeó dos veces antes de encender. La tapa del excusado estaba levantada. El llanto se originaba en el interior, percibiéndose con un suave ruido de chapoteo. Katia quería detenerse, dar media vuelta y salir corriendo, pero no tenía más alternativa que acercarse. Algo la empujaba. -Es mi culpa -repetía- Es mi culpa…

Sus ojos se humedecieron. La culpa la llamaba desde el fondo del excusado, recriminándola por un asesinato peor que los de Silvia y Lulú, porque se trataba de su propio hijo. Primero había asesinado a mamá, y después… Mamá, yo te maté, y luego maté a tu nieto…

Y lo que fuera que estaba dentro, ya no chillaba, y tampoco chapoteaba. Comenzaba a salir.

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