La Pregunta

“Quien hace una pregunta teme parecer un ignorante durante cinco
minutos. Quien no pregunta se mantiene ignorante toda la vida.”
-Ortega y Gasset

—Mamá… ¿Si Dios existe y es tan bondadoso, porque permite que ese señor de ahí no tenga un brazo?

Carolina se detuvo en seco ante una tienda de deportes del centro comercial.

Contemplaba a su hija. Los grandes ojos de la niña advertían una sensación de curiosidad mezclada con tristeza.
—Cariño, a veces Dios no puede ocuparse de todo. No pudo contestar más que eso, porque no sabía que contestar a la pregunta que le hacía una inocente niña de
ocho años.
—Vamos, hija. Llevemos la compra al coche antes de que se descongelen las varitas de pescado. La niña obedeció guiando débilmente el carro del supermercado, mientras su madre le imprimía la fuerza necesaria para mover 120 euros de compra.

A pocos metros de las puertas automáticas que comunicaban con el parking, varios gritos provocaron que madre e hija se detuvieran a tan sólo un metro de la salida.
Decenas de personas que esa mañana acudían a por la compra semanal también dirigieron su atención a la fuente de aquellos gritos.

En uno de los “hall” del supermercado había una persona bastante alta, con gabardina y que por su aspecto, sin duda era árabe. Gritaba alzando las manos. Varios vigilantes del centro comercial corrían hacia el individuo que parecía sufrir algún tipo de trance.

Cada vez se congregaba más gente alrededor. Gente que salía de las cajas del supermercado, y gente que acababa de entrar a él.

Cuando uno de los vigilantes se le acercó, el individuo gritó más fuerte; estremeciendo a todos los espectadores de aquel improvisado espectáculo. De repente, el vigilante salió corriendo despavorido, aullando.

En ese momento, todos vieron como aquella persona sostenía en una de sus manos un dispositivo alarmantemente similar a un detonador.

Se despojó de la gabardina. Decenas de cartuchos de explosivos tapizaban el cuerpo de aquel individuo, que ahora se arrodillaba, mientras seguía mascullando palabras
incomprensibles.

Uno de los vigilantes apuntó con su arma reglamentaria desde una veintena de metros.
Apretó el gatillo. La bala salió, pero el estruendo de la brutal explosión hizo
que el disparo fuese algo completamente áfono.

Quince minutos después, medio centro comercial estaba en ruinas. Carolina tuvo suerte. Cuando salió de la inconsciencia provocada por un fuerte impacto en la cabeza, el ulular de cientos de sirenas la recordó el infierno al que acababa de sobrevivir.

Su hija no estaba a su lado. Se puso en pié con dificultad. Cientos de restos humanos y cascotes tapizaban el suelo esmerilado del centro comercial.

Gritó. Había más gente gritando. El pánico recorría su cuerpo.

Pronto encontró a su hija. Yacía en el suelo con la cabeza aplastada por un gran trozo de malaquita ornamental que antes formaba un pedestal. Su antes impoluto vestidito rosa estaba ahora teñido del rojo más doloroso. Un brazo había sido amputado por la onda expansiva y descansaba a dos metros del resto de su hija.

Carolina se desmayó y no volvió a despertar hasta treinta horas después. El resto de sus días los pasó en un estado catatónico.

La última pregunta que le formuló su hija la atormentó hasta el día de su muerte.

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