La Psique De Las Ciudades

Te creo -le dije-. Creo cada una de las cosas que me has contado. Y aunque no fueran verdad, Homer, deberían serlo.
Stephen King, El Atajo de la señora Todd
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¡Hay hechicería oculta en las murallas!
Fritz Leiber, Nuestra Señora de las Tinieblas

En Víspera del solsticio, estoy aquí mirando las tinieblas del desgobierno invernal disfrazadas bajo un mundano tul de calles guadalajarenses. El estrecho balcón ofrece una vista atestada de una calle aburrida. A mis espaldas, Mireya y Xonya se carcajean de las reacciones diversas que el flujo de consciencia en voz alta de Bartolo Sigüenza provoca sobre algunos visitantes noveles a la Abadía de Thelema; indiferente, él cuenta cómo le echaron de la Gruta sin miramientos hace meses. Miro por encima del hombro, pensando en abrir mi primera entrega con este instante, al cual muchos no hallarán objeto, otros cuestionarán, pero habrá quienes –luego de concluir la lectura, y familiarizados con ciertos asuntos- entenderán. No todos, ¿y qué? Aquello de que la literatura es para todos es un mito. Nada -ni mucho menos los libros “universales”- es legible o asimilable para “todos”. La palabra escrita está condenada a ser de alcance limitado, un Zahir malentendido mil veces que pasará otras tantas sin ser reconocido, un relato de Orobla atendido, ignorado y vilipendiado sin cesar.

Pero aquí -en este instante que muchos creerán improvisado, otros sabrán inventado, algunos aceptarán sin miramientos; en las interminables charlas de sobremesa de la Abadía que prosiguen a pesar de los esfuerzos de algunos por acallar las parrafadas de Bartolo ahora que Valeria Guzmán da inicio a una canción-, está la materia prima de la Subconsciencia Urbana.

Según Thibaut de Castries, las ciudades a veces crecen antinaturalmente. Se tornan tan grandes, acumulan tal sedimento de hierro, cristales y materia amasada, hay tanta electricidad mefítica en sus venas, que cobran cierta semblanza de vida. Una extraña y experimental metageometría neopitagórica intenta explicar cómo los entramados de las calles, los sistemas eléctricos y de alcantarillado, forman un complejo sistema funcional, quizá habría sido más sencillo para De Castries explicar sus hipótesis de haber conocido los circuitos digitales cuando escribió Megalopolisomancy: A New Science of Cities (San Francisco, c.1890). Aun así, fue lo bastante elocuente como para ganarse la atención, aunque fuera pasajera, de Ambrose Bierce, Jack London y George Sterling, quienes siguieron su peculiar juego mientras les duró el capricho.

Como fuere, la ciudad se vuelve un organismo, un circuito, un sistema dotado de esa consciencia que no puede llamarse inteligente desde los estándares humanos -mas tampoco hay manera de asegurar que no lo sea-. ¿Sería la inteligencia de un ser humano perceptible o comprensible para las bacterias que lo habitan, si éstas estuviesen dotadas de razón? Y, al releer las teorías megalopolisománticas, empecé a pensar… en Guadalajara, en México, en las ciudades que conozco… en la vida que hay en ellas.

Según De Castries, fuerzas paraméntales se concentran entre los muros de las ciudades, sugiere que es posible, para un hijo de la ciudad, quedar atrapado para siempre en sus muros, volverse parte de su vida espiritual, por así decirlo; una moderna teoría de los fantasmas, producto de las condiciones urbanas, algo que jamás existió sin la intervención humana. Allí donde las materias primas de la ciudad –acero, electricidad- se acumulan, y se produce un estancamiento, el organismo se vuelve corrupto. Y las ciudades, me temo, son proclives a ello.

¿Y cuál es el Subconsciente Urbano? Quizá es cuando una ciudad nace que las leyendas urbanas empiezan a proliferar, puesto que se nutren de la -¿me atrevo a decirlo?- imaginación de la ciudad. Poco importa que en verdad amanezca alguien en una bañera con hielos en un hotelucho de Nueva York y una nota que dice “llama al 911, nos hemos llevado tu hígado”; que los vendedores de perfume narcoticen personas en los estacionamientos de Wal-Mart; que los túneles en los sótanos del Templo del Expiatorio de Guadalajara sean escenario de misteriosas procesiones; lo que importa es que se habla, se piensa, se imagina… Hay una verdad mítica y una verdad factual, y a veces, la primera es más potente, más intensa que la segunda. Como dice Lewis Carroll, ese matemático que sin duda habría comprendido muy bien a De Castries: “Si lo dices tres veces, será verdad”. Tres, número de manifestación, las veces que la bruja toscana declara algo en nombre de las tres caras de la Diosa Diana. Tres, cifra que pesa en el pitagorismo como en el neopitagorismo decastriesiano. Tres, número que recurre en las leyendas urbanas reales y apócrifas (otra, tercera, forma de “realidad”) como aquella que requiere repetir tres veces cierto nombre ante un espejo, y un zumbido de abejas colmará tus oídos, y un garfio sediento destellará a espaldas de tu reflejo.

La ficción es una forma de leyenda cuando los lectores empiezan a creerla, ávidos de nutrir sus vidas incompletas. Y cuando una ciudad aparece en una novela, en una “fantasía”, adquiere más y nueva vitalidad. Burkitsville a pesar de su reducido tamaño quizá tenga vida ahora, gracias a los esfuerzos audiovisuales y literarios de Heather Donahue y al ingenio de Haxan Films ¿o es el bosque de Black Hills, con la Coffin Rock en su corazón, el que ha cobrado nueva vida?, pero son las ciudades lo que nos ocupa.

En la Ciudad de México, el Museo del Chopo ha sido revelado templo secreto, albergue de una “Puerta” que conduce al Lado Oscuro del Tiempo; en Guadalajara, hay quienes buscan los misterios de la Casa de los Perros, la flora y fauna que frecuenta el Tianguis Cultural. Se dice que Horacio ha vuelto a la ciudad y su logia prospera mientras su Van Helsing improvisado acumula un expediente infructuoso en su despacho del Hospital Civil; que los huecos, a lo largo de las vías del tren ligero, el metro tapatío, acumulan despojos de pasajeros arrollados… Estas son las “otras” leyendas urbanas, no tan universales –no ocurren en todas partes- pero igual de intensas. Y lo que es peor, de cuando en cuando alguna de ellas resulta cuando menos en parte verdadera. Cuidado con lo que buscas, no sea que lo encuentres.

Miro mis apuntes mientras la voz de Valeria inicia una nueva canción, contrapunteada por los debates de Bartolo y su recién llegado seudobiógrafo acerca de las vicisitudes de unir los nombres de pila con un guión. Y me percato de que todavía no he llegado al punto que deseo tocar. ¿O en verdad no lo he hecho? Por el contrario, no se trata de verdades, después de todo, sino de potencialidades, que a su manera, son todavía más reales. No lo he declarado, mas sí lo he planteado de muchas maneras.

Apliquemos la Megalopolisomancia a nuestras ciudades; exploremos los Subconscientes Urbanos y que las novelas de sus habitantes nos señalen el camino, ya que son los poetas y narradores quienes a veces pueden ver ese espíritu detrás de las cosas, las danzas paraméntales en las calles de la ciudad, los senderos casi iniciáticos de los barrios laberínticos, los símbolos y sigils de los monumentos y la nomenclatura urbana. Sigamos los pasos de la gente detrás de las paredes, para tocar la vida de las cosas.
Luis G. Abbadies

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