La Realidad De Este Lado

Robert, tendido sobre su cama, leía afanosamente una antología de ciencia ficción, escogida al azar. Se había propuesto leer un cuento cada día, durante un año, cada uno seleccionado de su biblioteca personal, que iba en aumento. Sin duda, una medida desesperada para que éstos no se transformaran en un mero adorno.
Leía, algo distraído, un cuento de Diego Muñoz Valenzuela. Sus pensamientos divagaban entre la lectura y la imagen de su esposa e hija, llegando a casa. Las esperaba con sorpresas. A su hija le había comprado un vestido de princesa, rojo, con tonos rosa. A su mujer, habíale preparado una comida afrodisiaca, aunque tendría que esperar hasta entrada la noche para la degustación romántica.

Se sentía muy cansado. La noche anterior no había dormido, mas no recordaba la causa de su insomnio, toda aquella noche le pareció vaga. Sin embargo, a pesar de su distracción en la abrumante cotidianidad, intentaba no perder el hilo del cuento Luces de Neón. Su protagonista, un hombre desorientado, camina entre la multitud, sin poseer recuerdos. Esta sensación le producía cierta empatía con el personaje, pero no sabía que la motivaba: «Conocía los nombres de las cosas, recordaba su utilidad, sus propiedades, sus variantes posibles, mas no había en él una mísera huella de pasado en relación a ellas.»
Su lectura se contaminaba más de lo que él quisiera con el resto de las cosas revoloteando en su cabeza. Leía, releía párrafos completos, los comprendía, pero no dejaba de pensar en su propia realidad, en lo inmediato y en el cercano porvenir, en la cara de felicidad de su hija corriendo por la casa como una princesa de cuento, y en la noche romántica que coronaría tiempos inolvidables.
De pronto, unas líneas del texto llamaron poderosamente su atención «Desde ese punto de vista no parecía tratarse de una pesadilla. Bueno, un sueño entonces, y recordó eso de pellizcarse. Dudó por algunos instantes sintiéndose algo absurdo. Finalmente, se detuvo junto a una vitrina de quesos y retorció con disimulo la piel de su muslo derecho. Cerró los párpados para percibir el dolor con más intensidad. Algo ardía y punzaba allá abajo. Casi disfrutó del padecimiento mientras imaginaba despertar en una alcoba que variaba en una serie de infinita secuencia de diapostivas.»
Inmediatamente pensó que sería divertido hacerlo también, pellizcarse y comprobar que toda la realidad no era más que un sueño. Se preguntó, por qué, a pesar de haber vivido situaciones que lo ameritaban, jamás se había pellizcado. Tal vez porque se sentía demasiado apegado a la realidad y aquello no era más que una especulación fantástica. De hecho, generalmente, cuando este acto se realiza, se obtiene como resultado la constatación de continuar ahí mismo, situación que ocurría sin excepción.
Lo dudó un momento más. Qué objetivo tenía hacerlo, qué obtendría a parte de un escozor en su brazo, de un dolor innecesario, pueril. No obstante, por qué todo en su vida debía poseer un fin práctico. Se sonrío y decidió pellizcarse, qué de malo podría suceder a parte de avergonzarse de sí mismo y constatar que nada cambiaba.
La sensación de un intenso dolor en el brazo lo despertó en medio de una habitación demasiado iluminada, con luces de neón blanco. Una impresión fantástica o fantasmagórica y la asepsia sumada a la luminosidad, le cegaron aturdiéndolo. Vestía un camisón blanco y sintió frío.
«Qué demonios había sucedido» —pensó—, estaba sobre una cama leyendo, ya no recordaba qué y cada segundo que transcurría difuminaba aún más aquella imagen cálida. No podía recordar con nitidez, pero luchaba por mantenerse en contacto con esa última imagen, la anomalía que vivía ahora le impedía concentrarse.
Se le hizo imposible conectar pensamientos y emociones. No sabía quién era ni dónde estaba. Parecía que acababa de despertar sobresaltado, no de una pesadilla, sino que de un sueño, placentero en su quietud. Creyó que pellizcándose saldría de la indefinición en que se hallaba, además era lo último que acudía a su memoria, el único acto realizado, sin saber por qué, en lo que ahora parecía un sueño, un sueño al que quería regresar, o volver a lo que él juzgaba era la verdadera realidad. Necesitaba repetir el pellizcón, como si se tratara de un interruptor capaz de hacer la transición entre realidades. Entonces se pellizcó fuertemente, una y otra vez, en los brazos, piernas, se abofeteó la cara, sin embargo, continuaba en aquella habitación.
No soportó más su condición neutra, sin memoria y sin asidero. Levantándose dio fácilmente con una puerta que no se veía, salió de la habitación, para ingresar a lo que le pareció un pasillo, aunque debió esforzarse para determinarlo, pues era tal el enceguecimiento provocado por la luminosidad, que todo parecía un espacio en blanco.
Pensó en que la desorientación era similar a la que ocurre en la oscuridad, con la única diferencia que aquí se tiene algo más de conciencia del propio cuerpo, pues se ve. Lo recorrió hasta donde aparentemente acababa y bajó por unas escaleras que tampoco lograba ver con nitidez. Por la forma y la cantidad de escalones le pareció que bajó tres pisos, volvió a salir por una puerta hasta que estuvo en medio de un campo, iluminado por el sol y un verde que enceguecía tanto como el neón anterior. Poco a poco fue acostumbrándose. Corría una brisa cálida y agradable. Al volver la mirada, percibió que el edificio del que acababa de salir era mimético con su entorno, pues se hacía complejo determinar sus contornos. Ahora sí que se sentía perdido, no sabía dónde estaba realmente. Las sensaciones parecían acudir a él por primera vez, independiente de que tuviera consciencia de lo que significaban, pero no lograba recordar, el sueño al cual esperaba retornar se había esfumado también, sólo tenía con él algunos dolores en distintas partes del cuerpo que sabía se los había auto ocasionado para despertar, aunque se sentía más despierto que nunca, asustado, confundido. Así continuó caminando por horas, parecía ser que lo más sensato era caminar, para ver si los recuerdos venían, pero nada aconteció, siguió caminando por las praderas sin ver a ningún ser vivo animal. El día terminaba en un anaranjado ocaso, cuando sintió un agotamiento extremo, un cansancio físico. Su cuerpo ya no respondía, se sentó apoyado en un tronco de un viejo roble y la realidad comenzó a deformarse, como un plástico que se retuerce con el calor. De pronto, oyó un pitido proveniente de su interior, una especie de alarma que insistía en comunicar algo.
El grito lo sacó de una especie de ensimismamiento. En su mano continuaba el libro, su brazo ardía y una sensación de felicidad recorrió como un impulso eléctrico, su brazo hasta trastocar su cara de dolor, por una de vergonzosa alegría. Nada había sucedido como lo intuyó originalmente. Continuó leyendo, pero fue interrumpido por su hija que se abalanzó sobre él saludándolo con efusivo cariño, su mujer entró en la habitación con la habitual y encantadora sonrisa que hacía tantos años le había convencido del amor que sentía por ella. En ese preciso instante supo que debía dejar de leer. El cuento quedó inconcluso. Cogió el vestido del armario y se lo dio a su hija, entre gritos de felicidad y risas. Aquella tarde fue la mejor en mucho tiempo, pero la noche la superó con un intenso conjunto de sensaciones placenteras.
Lo único que le molestaba, que le impedía desconectarse por completo de una sensación desconocida y amenazante, era un profundo dolor en el brazo, acudiendo una y otra vez la extraña impresión de que aquello había sido más que un simple y vergonzoso pellizcón, el problema radicaba en que no entendía

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