Los Buhos Ululan de Dia

Encontré aquel lugar sin ayuda de nadie, tal como me dijeron que debían hacerlo las gentes de las montañas. De eso hace ya mucho tiempo.

Tuve que andar muchas horas, primero cuesta arriba y luego cuesta abajo, cruzando riscos y atravesando cañadas allí donde antes hubo un camino. Llegué a un arroyo y encontré un puente, pero estaba partido por la mitad, como una advertencia de que era mejor no usarlo. Crucé el arroyo a nado. Acabé llegando a una caverna rodeada de árboles, y ya era bastante tarde.

Un búho ululó allá por donde se ponía el sol, y pensé que aquel sendero casi borrado que cruzaba los bosques quizá fuese el camino que andaba buscando. Encontré el sitio donde antaño hubiera una puerta; ahora sólo quedaba un poste podrido con unas bisagras oxidadas. Los árboles que había más allá eran tan oscuros como si crecieran en el camino al infierno, pero fui por aquel sendero serpenteante hasta que vi la fachada de la casa. El búho volvió a ulular, allí donde la penumbra se volvía gris bajo la última luz del día.

Aquella casa estaba hecha mitad de troncos y mitad de viejos tablones aserrados, y el tiempo había acabado dándole el color del polvo. Los árboles se apelotonaban contra ella, entrecruzando sus ramas encima del tejado. El tronco que había servido para sostener la puerta se apoyaba sobre rocas blanquecinas. La puerta se había desprendido de sus viejos goznes de cuero. Dentro, la oscuridad. Dos ventanas me contemplaron, y vi que bajo ellas había arbustos en flor. El patio, cubierto de hierba, era tan pequeño como una sala de estar.

—¿Qué desea, joven señor? —me preguntó una voz cascada, y vi que había alguien sentado sobre una gran roca en la esquina izquierda de la casa.
—No sabía que hubiera nadie aquí —dije yo, y le miré y él me miró.

Vi a un hombre muy viejo y encogido sobre sí mismo, con el rostro arrugado medio escondido por una revuelta barba blanca y el cuerpo envuelto en una túnica marrón. Junto a él se acurrucaba lo que parecía un perro de pelo muy oscuro. Los dos me examinaron con sus ojillos brillantes, haciendo que me acordara de que mi camisa estaba arrugada, que las tiras de la mochila me habían hecho sudar y que tenía barro en las botas y en las perneras de los pantalones.

—Si no sabía que hubiera nadie aquí, ¿por qué ha venido? —chirrió su voz.
—Quizá resultara difícil de explicar.
—Tengo tiempo más que suficiente para prestar oídos a sus explicaciones.
Le sonreí.
—Voy de aquí para allá, viendo el país. He oído hablar varias veces de un sitio tan alejado de todos los caminos normales que los búhos ululan de día y las casas tienen zarigüeyas en vez de perros.
Un búho ululó en alguna parte.
—Sí, eso se dice por aquí, y no sólo por aquí —replicó el anciano, acariciándose la barba con su manaza morena.
—Sí, señor —dije yo—, pero he oído contar que ese sitio quedaba por esta comarca, y pensé que quizá pudiera encontrarlo.
Apretó los labios, haciendo temblar su barba.
—¿Y en eso pierdes los años de tu joven vida?
—Sí, más o menos —Le dije la verdad—. Siempre encuentro cosas interesantes.

El animal tumbado junto a él alzó su largo hocico. Jamás había visto una zarigüeya tan enorme. Era tan grande como un perro de granja. Debía de pesar más de veinticinco kilos. Me clavó los ojos como si quisiera atravesarme.

—La gente del pueblo me dio unas indicaciones bastante vagas —seguí diciendo—. Encontré un viejo camino que atraviesa los bosques. Entonces oí ulular al búho, y aún era de día, así que seguí ese sonido y he llegado hasta aquí.

Explicarle todo eso de pie en su patio, con las tiras de la mochila clavándose en mi carne, hizo que me sintiera un poco raro.

—He oído contar que si oyes el ulular de un búho durante el día tendrás mala suerte —chirrió la voz oculta entre la barba—. Si es verdad, debe de haber montañas y montañas de mala suerte…
—En Gales dicen que el ulular de un búho indica que una chica está perdiendo la virginidad —dije yo, intentando bromear.
—Hum —No llegó a ser una carcajada—. En ese caso, los búhos también deben de estar muy ocupados —Él y la zarigüeya me miraron de arriba abajo—. Bueno, ya que has venido desde tan lejos, ¿por qué no me pides que te deje sentar para que reposes un poco?
—Gracias, señor.

Me quité la mochila, la puse en el suelo y coloqué mi guitarra encima. Después di un paso hacia el oscuro agujero de la puerta.

—No te acerques a esa puerta —me advirtió en seguida—. Lo que hay dentro es una de las razones por las que vivo solo y nunca veo a nadie. Siéntate en ese tocón…, ahí delante. ¿Cómo puedo llamarte?

Me dejé caer sobre el tocón.

—Me llamo John, y me gustaría que me contara algo más sobre el porqué nadie viene aquí.
—Yo soy Maltby Sanger, y este buen amigo que me acompaña se llama Ung. El resto de lo que decían también es cierto. Me sirve dE perro.

Ung no apartaba sus negros ojos de mí. Su pelaje era de un color grisáceo. Tenía las patas dobladas bajo su flaco morro, igual que si fueran manos.

—Quizá debería preparar algo de cena mientras hablamos —dijo Maltby Sanger.
—No se moleste. No voy a quedarme mucho rato.
—Escúchame bien —me dijo con la voz más chirriante que nunca—. Caminar por estos bosques de noche trae mala suerte.
—Habrá una buena luna.
—Eso es lo peor. La luna te muestra lo que anda suelto por el bosque. Cena aquí y quédate a dormir.
—Está bien —Me incliné hacia adelante y abrí mi mochila—. Pero deje que sea yo quien se encargue de la cena, ya que he venido sin ser invitado —Cogí un poco de harina y una gran lata de sardinas con tomate—. Si puede darme un poco de agua, señor Sanger…
—Hay agua cerca de donde vivo.

Se levantó de la roca y entonces vi que era un enano. Las piernas que aquella túnica ocultaba no podían ser mucho más que rodillas y pies. Apenas me llegaba al codo.

—Vamos, John —me dijo.

Cogió una olla y le seguí hasta doblar la esquina de la casa. Entre dos árboles había una cabaña con paredes de arcilla apuntaladas con palos, y otros palos más largos sostenían los tallos y la hierba que servían de tejado. Delante de ella fluía un arroyo. Llené la olla y me dispuse a volver por donde habíamos venido.

—¿Ésa es toda el agua que quieres?
—Es sólo para hacer una torta de maíz. Tengo dos botellas de cerveza para beber.
—Cerveza —dijo él, como si amara esa palabra.

Volvió conmigo, recogiendo un poco de madera mientras caminábamos. Amontonamos unas cuantas ramitas, que yo encendí con un fósforo, y luego les pusimos unas ramas más grandes encima. Eché harina en el agua y la removí hasta conseguir una pasta. Después busqué una roca plana, la froté con un poco de corteza de jamón y la acerqué al fuego para volcar la masa encima. Luego abrí la lata de sardinas y le di mi tenedor a Maltby Sanger, quedándome con la cuchara para mí. Cuando la parte superior de la torta estuvo lo bastante dorada, le di la vuelta con la cuchara y el cuchillo, y luego saqué las cervezas de la mochila y las abrí.

Comimos, acuclillados junto al fuego. Maltby Sanger pareció disfrutar mucho con las sardinas y la torta de maíz, y le dio un poco a Ung; la zarigüeya cogía delicadamente los pedacitos con las zarpas para comérselos. Cuando hubimos terminado no quedaba ni una miga.

—Todo estaba muy bueno —dijo Maltby Sanger.

Ya era de noche, y me alegró poder disponer de una hoguera.

—¿Sabes tocar esa guitarra, John? —me preguntó—. ¿Por qué no tocas un poco?

Afiné las cuerdas de plata y empecé a tocar los primeros compases de una vieja canción que había aprendido durante mis viajes. Una de sus estrofas decía así:

Cantamos buenas canciones
que entonces eran nuevas,
pero ahora ya son viejas
rodeadas de jóvenes,
y cuando nos hayamos marchado,
qué pocos recordarán
las canciones que hemos cantado.

—Muy cierto —dijo Maltby Sanger, cuando hube terminado de cantar—. Las viejas canciones están muriendo como moscas.

Puse la palma de mi mano sobre las cuerdas de plata para hacerlas callar.

—No oigo ulular a ese búho —dije.
—Ya no es de día —repuso Maltby Sanger.
—Oiga, señor, ¿por qué no me cuenta lo que está pasando aquí…, o lo que puede llegar a pasar?

Me lanzó una de esas miradas suyas, toda ojillos brillantes, y dejó escapar un suspiro de cansancio.

—¿Y por dónde voy a empezar a contártelo?
—Empiece por el principio.
—No hay principio, que yo sepa. Lo que ocurre aquí es tan viejo como la misma montaña.
—Pues entonces debe de ser realmente viejo, señor Sanger. He oído contar que éstas son las montañas más viejas de toda la Tierra. Son anteriores a los tiempos de Adán y Eva, y ya estaban aquí antes de que hubiera nada vivo. Pero aquí tenemos una casa hecha por manos humanas —Contemplé los troncos y los tablones—. Sí, señor, alguien ha tenido que construir esta casa.
—John, eso no es más que una fachada apoyada en la roca, y puede que no haya sido construida por manos humanas. Creo que fue hecha para que la gente entrara en ella, pero yo llevo muchos años aquí advirtiéndole a la gente que no debe entrar, tal como te he advertido a ti cuando te aconsejé que te marcharas —Me miró y lo mismo hizo Ung, pegado a él—. Pero me di cuenta de que estabas decidido a quedarte, y supongo que tú sabrás lo que haces, ¿no?

Contemplé el agujero de la puerta y las tinieblas del interior.

—¿Y qué razón puede haber para construir una fachada con el único fin de que la gente entre por ella?
—He pensado mucho en eso y he llegado a la conclusión de que la montaña quiere tener gente dentro, en su corazón o en su vientre —Me miraba tan fijamente que era como si las palabras salieran de sus ojos—. La ciencia afirma que toda esta tierra sobre la que estamos empezó siendo una bola de fuego. La parte exterior se fue enfriando. El agua formó los mares y sobre la tierra nacieron los árboles y los seres vivos. Pero dicen que el fuego sigue ardiendo dentro, y el fuego necesita algo con qué alimentarse.

Contemplé nuestra hoguera. Había hecho un fuego pequeño, lo suficiente para darnos calor, pero si se desmandaba, esa pequeña hoguera podría comerse bosques enteros.

—Eso me recuerda cosas de la historia antigua —dije—, cuando los dioses tenían hornos dentro de las montañas y les arrojaban sacrificios.
—Así es, John —repuso él, asintiendo con la cabeza—. Había un dios llamado Moloch: está en la Biblia, en el quinto capítulo del profeta Amos, y creo que también aparece en los Hechos.
—Hay otro sitio en el que se le llama Molech. En el Segundo de los Reyes; el predicador Ricks lo usó en uno de sus sermones. El rey Joás ordenó que ningún hombre hiciese que su hijo o su hija pasara por el fuego de Molech. Entonces, ¿usted cree que este sitio se parece a los de la antigüedad?
—Puede que este lugar, y otros similares de tierras lejanas, hicieran que los hombres inventasen a esos fieros dioses en cuyo honor quemaban a sus hijos.

Abracé mi guitarra, buscando el consuelo que pudiera darme.

—No me contaría todo eso si quisiera engañarme para que acabase en el vientre de la montaña —aventuré.
—Yo no soy de los que adoran a esos dioses —dijo secamente—. Ya te he explicado que estoy aquí para impedir que la gente se meta por esa puerta y no salga nunca más. Hace muchos años vine a este lugar para alejarme del mundo. No podía encontrar trabajo y la gente se reía de mí porque soy un enano.
—Yo no me río.
—No, ya veo que no. Pero tampoco quiero que me compadezcas. La compasión me gusta tan poco como el que se rían de mí.
—Tampoco le compadezco, señor Sanger. Creo que ha procurado vivir como un hombre, y nadie puede hacer más que eso.

Acarició el hirsuto lomo de Ung.

—Vine aquí —repitió—, y el viejo que vivía en este sitio me contó todo lo que sabía sobre él. Le dije que si quería marcharse yo ocuparía su lugar, así que se marchó. Me pregunto si todo esto te sonará a cuento…
—No, señor. Creo cada una de las palabras que salen de su boca.
—Bueno, si piensas que este lugar no tiene nada de particular, échale una mirada a las flores que hay en esa ventana.

La luz del fuego me permitió ver un arbusto con flores azules. Pero también había flores rosa, del color de la carne después de que la han desangrado, y flores blancas con puntitos negros que parecían ojos.

—Tres flores diferentes en un solo arbusto —dijo—. Creo que no hay una planta igual en ningún lugar de la tierra.
—El sasafrás tiene tres hojas distintas en la misma rama. Una hoja de bordes serrados, otra que parece un pie de sapo y una tercera de borde liso… —Examiné la planta—. Pero esas flores de ahí seguirían siendo especiales aunque en cada tallo sólo hubiera de una especie.
—Ya has oído lo que tenía que contarte, John —dijo Maltby Sanger, y se llevó la botella a la barba para apurar la última gota de cerveza—. En cuanto a si tiene sentido…, eso es cosa tuya.
—Sí, creo que sí lo tiene. Está bien, así que lleva años aquí… Supongo que vive en esa choza que hay junto al arroyo. ¿Le gusta vivir en este sitio?
—He tenido que acostumbrarme a que me gustara. Alguien ha de estar aquí para impedir que la gente se meta por esa puerta y no salga nunca más.

Pulsé las cuerdas de mi guitarra intentando decidir qué iba a cantar, y acabé escogiendo esta canción:

De lejos viene el Diablo,
del sótano del infierno,
gritando y cantando:
«Aún caben muchos más»

—Me gusta oír tu música, John —dijo Maltby Sanger—. Creo que has hecho bien viniendo aquí esta noche, y no pienses que bromeo. No digo que no haya peligro, pero me parece que tú sabrás escapar de él.

Miré hacia la puerta abierta. Dentro todo estaba negro…, no, no todo. Vi un par de puntitos rojos. Me dije que serían reflejos de nuestra hoguera.

—He estado pensando en lo que debe de haber ahí abajo —empecé—. Recuerdo lo que me contaron cuando era pequeño, todo eso de que el infierno era un fuego eterno que ardía bajo nuestros pies, y que el paraíso estaba en el cielo que hay sobre nuestras cabezas…
—Bueno, ¿se te ha ocurrido pensar que ahora el paraíso ya no está sobre nuestras cabezas? No, los hombres han logrado volar hasta la luna y están preparándose para volar todavía más lejos, a las estrellas, y creo que el paraíso ahora queda mucho más distante. Arriba no hay más que estrellas, y el paraíso tiene que estar en otro sitio. Pero en cuanto al infierno…, no lo sé. Puede que ahora mismo esté ardiendo debajo de nuestros pies.
—Bueno, puede que el fuego de ahí abajo sea lo que les hizo imaginarse ese infierno.
—Sí, puede que sí —acordó él, aunque no parecía muy convencido—. John, siempre me voy a dormir en cuanto anochece. Ojalá tuviera dos camas en mi cabaña, pero…
—Basta con que me deje dormir aquí. Yo me ocuparé de la hoguera. La mantendré encendida y no dejaré que se escape para buscar nuevas cosas que devorar.
—Quédate aquí, si eso es lo que quieres —Se incorporó sobre sus cortas piernas y sacó algo de la túnica que llevaba—. Quizá te guste tener esto contigo.

Cogí lo que me ofrecía. Era una gran Biblia, tan vieja que el cuero de sus tapas estaba muy desgastado y lleno de arañazos.

—Gracias, señor —dije—. Echaré unas cuantas ramas más al fuego y leeré un poco.
—Bueno, pues entonces ya te veré cuando salga el sol.

Y se fue a su cabaña. Ung se quedó donde estaba y me miró. No me importó; ya estaba acostumbrándome a él. Bueno, caballeros, removí las ramas y añadí unos cuantos troncos de pino para que las llamas fueran muy intensas y brillantes. Abrí la Biblia y busqué el Libro de Isaías, capítulo treinta y cuatro, y en seguida encontré lo que recordaba: Ni de noche ni de día se apagará, por siempre subirá el humo de ella. De generación en generación quedará arruinada…

Después de ese versículo la Biblia habla de dragones y sátiros y de cosas en las que ahora ya nadie quiere creer. Seguí leyendo y entonces oí algo, una especie de lento gruñido quejumbroso que venía de aquella puerta abierta, y alcé los ojos para ver qué era. Las dos lucecitas rojas estaban más cerca la una de la otra y ahora parecían pegadas a una masa de oscuridad, como si fueran los ojos de una cabeza. Me puse en pie con la Biblia en la mano. Aquellos ojos me miraron y su llama roja ardió con mucha fuerza, se volvió más tenue y volvió a brillar como antes. Ung, tumbado a mis pies, hizo un ruidito burbujeante, como si no le gustaran nada.

Dejé la Biblia en el suelo y cogí un tronco de la hoguera. Fui hacia la puerta. El tronco me daba un poquito de luz, la suficiente para ver lo que había más allá, y vi una caverna: lo que por fuera parecía una casa no era más que una fachada construida con propósitos que nadie conocía. La cueva se perdía en las entrañas del monte y tenía un suelo de lisa piedra negra, tan lisa que casi parecía haber sido pulimentada. La caverna iba bajando de nivel y se iba volviendo más angosta. Me hizo pensar en una gran garganta. Sí, era una garganta inmensa, lo bastante grande para tragarse a un hombre, o a más de uno. Muy lejos, al fondo, estaba el poseedor de aquellos ojos, fuera lo que fuese. Vi como brillaban, y no sólo porque reflejaran las llamas del tronco que sostenía. Aquellos ojos tenían su propia luz.

—Está bien —les dije en voz alta—. Aquí estoy. Busco la verdad. ¿Cuál es la verdad sobre ti?

No hubo respuesta, sólo un gruñido ahogado. La cosa se removió en las profundidades de la caverna. Vi que no sólo tenía aquella cabeza negra con los ojos rojos, sino también hombros y algo que parecían brazos. No se acercó a mí. pero tampoco retrocedió. Estaba esperándome.

—¿Cuál es la verdad sobre ti? —volví a preguntarle—. ¿No será que te llamas Molech?

La cosa no emitió sonido alguno, pero levantó aquellos largos brazos suyos. Vi manos del tamaño de rastrillos. Era más grande que yo, por lo menos vez y media más… ¿Sería más fuerte? Hay momentos en que debes demostrar que eres hombre, me dije. Había ido a aquel sitio para saber qué misterio encerraba. Detrás de aquella puerta había oculta una verdad vieja y extraña, y quizá no fuera una verdad muy agradable, pero yo había venido para conocerla. Fui hacia la puerta que se había soltado de sus viejos goznes. Los ojos se hicieron más brillantes, volvieron a apagarse y observaron como me aproximaba a ellos. Estaban esperándome, deseando que me acercara un poco más.

Puse mi pie allí donde en tiempos estuvo el tronco del umbral. La madera estaba tan podrida que se convirtió en polvo bajo mi bota. Me agarré a la jamba y metí la cabeza por el hueco.

—¿Llevas mucho tiempo solo? —pregunté a los ojos.

El tronco que sostenía en la mano me iluminaba un poco, pero allí dentro había otra luz, más bien el fantasma de una luz. Venía del fondo de la caverna. Era una humeante claridad rojiza que casi habría podido llamarse rosa. Hacía brillar algo que estaba a dos o tres pasos de mí. Corrí el riesgo de echar una mirada al suelo y vi una gema, caballeros, y luego vi que no era una sino muchas, piedras preciosas que brillaban con resplandores blancos, rojos y verdes. Y eran grandes, tan grandes como botellas, sólo que no eran botellas. Allí estaban, esparcidas junto a mi pie, y brillaban con un resplandor demasiado claro y potente. Estaban allí esperando que alguien se las llevara…, pero si me inclinaba a recogerlas, la silueta negra de los ojos rojos podría caer sobre mí.

—No —le dije—, no conseguirás atraparme con ese truco.

Agité vivamente el tronco para conseguir un poco más de luz. Allí estaba, oscuro y sosteniéndose sobre dos piernas, como un hombre, pero aquella cabeza redonda con los ojos rojos quedaba mucho más arriba que la mía, y sus negros flancos no tenían nada de vello: eran tan lisos como los de una serpiente. Sus largos brazos y aquellas manos parecidas a rastrillos se alzaron hacia mí, moviéndose como las patas de una mantis religiosa. Irguió la cabeza, y vi que en ella había algo más aparte de los ojos: tenía una boca tan grande como una bandeja, y era húmeda y negra como un montón de alquitrán caliente.

—Esas gemas te habrán servido para engañar a muchos, ¿no? —le pregunté.

Me oyó, comprendió lo que decía y supo que no pensaba inclinarme a recogerlas. Vino hacia mí. Aquellas piernas suyas se movían de una forma muy rara. Sus rodillas se doblaban hacia atrás, igual que las de una rana, y los pies se posaban con golpes ahogados sobre el suelo de la caverna, moviéndose por entre las gemas que lo cubrían. Allí dentro había lo suficiente para pagar la deuda nacional de todo un país. Sus brazos volvieron a moverse. Los dedos tenían articulaciones muy gruesas y terminaban en garras tan afiladas como las de un gran halcón. Retrocedí, pensando que sería lo mejor, y él me siguió. Quería clavarme aquellas garras.

Llegué hasta la puerta y estuve a punto de tropezar con el umbral. Dejé caer el tronco y me agarré a la puerta con ambas manos para no perder el equilibrio. Sujeté firmemente los dos extremos y la interpuse como una muralla entre mi cuerpo y aquella cosa con piel de serpiente que vivía allí dentro. Asomé un poco la cabeza y vi como se quedaba quieta de repente. La luz rosada seguía brillando en el fondo de la oscuridad, y mi tronco ardía allí donde había caído. Pude ver bien la puerta por primera vez.

Era una de esas puertas que sueles ver en montones de sitios, hecha con un grueso tablón central que corre entre los paneles y otros dos gruesos tablones que se cruzan con el del centro para formar una cruz, y entre los tres sostenían los cuatro viejos paneles de madera medio podrida. Pero la cruz seguía allí. Y yo había oído decir en más de una ocasión que aquellas puertas estaban hechas de esa manera para que el mal no pudiera atravesarlas. Nada más pensar eso comprendí la razón de que aquella puerta estuviese colocada en la entrada de la caverna. La habían puesto allí para que la cosa de dentro no pudiera salir, y todo había ido bien hasta que la puerta se desprendió de los goznes. Era una puerta muy pesada, pero tensé los músculos y logré moverla. Volví a entrar en la cueva, sosteniendo la puerta ante mí como si fuera un escudo.

Nada intentó oponerse a mi avance. Di un paso detrás de otro por entre aquellas gemas relucientes, procurando no tropezar con ellas. Ladeé la cabeza hacia la izquierda para mirar más allá de la puerta. Aquella gran cosa negra seguía retrocediendo. Vi el parpadeo de la luz rosada en el fondo de la caverna. Me pregunté si la cruz podría ayudarme. Me habían dicho que las cruces existían mucho antes de aquella que se alzó en el Calvario, y que viejas, viejas tierras situadas más allá del mar ya conocían su poder. Sí, incluso en esta tierra había tribus indias que las usaban aquí y allá… Pisé una piedra preciosa, que se movió y estuvo a punto de hacerme resbalar, pero seguí en pie.

—Con este signo venceremos —dije, repitiendo las palabras de un rey de los viejos tiempos, y creía en ellas.

Seguí avanzando con la puerta como signo. Me fui acercando a él y sentí su presencia al otro lado de la puerta, y oí el sonido que hacía, fuerte como el vendaval. Luché para mantener la puerta pegada a su cuerpo, empujándole, y entonces di un gran paso hacia adelante, tanteando con el pie. Y estuve a punto de caer por un agujero lleno de aquella luz rosada. Me había engañado para llevarme hasta el sitio de donde venía su luz. Me quedé inmóvil al borde del agujero, contemplando aquel orificio, que tendría un metro de diámetro, tan profundo que no me atrevía ni a pensar dónde podría terminar, y al final de él vi el fuego, bailando y fluyendo…, sí, me pareció estar viendo todo un mundo de fuego. La cosa empezó a hacer ruido al otro lado de la puerta. Era un zumbido muy agudo, como el que se podría esperar de una abeja tan grande como un perro. Su viejo y largo brazo se deslizó junto a la puerta, intentando arañarme con sus garras. Se engancharon en mi camisa y oí como la rompían. Logré apartarme de aquel agujero y la cosa zumbó y vino hacia mí. Usé la puerta para empujarla con todas mis fuerzas. Sentí como el calor me rodeaba, igual que cuando estás en una habitación cerrada con la estufa puesta, y olí una pestilencia peor que la de una mofeta.

La presión estaba allí y, de repente, desapareció. Caí hacia adelante, sin soltar la puerta, y tanto ella como yo nos estrellamos sobre el suelo haciendo mucho ruido. Me levanté tan de prisa como pude, sin la puerta. Me pregunté cómo podría mantenerle a raya. Pero la cosa ya no estaba allí. No estaba por ninguna parte. Me quedé quieto, temblando, y tragué aire. Me hallaba cubierto de sudor. Alcé los ojos y miré a mi alrededor. No estaba. En aquella oscura caverna no había nada salvo yo mismo y la puerta, y la luz rosada se había esfumado.

La puerta había caído justo sobre el agujero de donde brotaba.

Puse una rodilla sobre el panel y sentí como algo temblaba y se movía debajo de la madera.

—¡Por Dios Todopoderoso que te he atrapado! —le grité a lo que se revolvía en aquel agujero llameante.

La cosa intentaba salir y la madera vibraba. Alargué la mano y cogí una reluciente gema verde que debía de pesar unos cuatro o cinco kilos. La puse sobre uno de los tablones. Me levanté y cogí más joyas. Las fui poniendo una al lado de otra a lo largo de los tablones para que la cruz fuera dos veces más difícil de levantar.

—Ahora estás encerrado ahí abajo —le dije al agujero que cubría.

La puerta se había quedado quieta. Ya no se oía ningún zumbido al otro lado. Fui hacia el resplandor de la hoguera. Mis rodillas estaban a punto de doblarse. Ung se hallaba sentado junto al fuego y me miró. Me pregunté si debería coger una manta, pero no llegué a tomarme esa molestia. Debí de quedarme dormido. El cielo estaba iluminándose con las primeras claridades grises del alba y las estrellas empezaban a palidecer cuando me desperté. Maltby Sanger estaba junto a mí, echando troncos en la hoguera.

—Pareces haber tenido una noche tranquila —me dijo.
—¿Yo? —exclamé, y me reí.

Junto al fuego había una sartén con huevos.

—Huevos de pato para desayunar —me dijo—, Ung los ha encontrado. Y también tengo maíz, y tomates de mi huerto.
—Y yo tengo unos cuantos pellizcos de café, que podemos hervir en el tazón de mi cantimplora. Vuélvase hacia la caverna.

Así lo hizo, y se tiró de las patillas.

—Bendita sea mi alma —dijo—, la puerta ya no está en su sitio.
—La puerta está dentro para mantener encerrado a lo que había allí.

Mientras cocinaba le conté lo ocurrido dentro de la cueva y a qué me había enfrentado. Maltby Sanger se levantó con un tazón de café caliente en la mano y fue hacia la cueva. Cuando salió, cogió uno de sus cubos viejos, lo llenó con tierra y piedras y volvió a meterse dentro. Después volvió a salir para llenar otro cubo, y luego llenó otro más. Cuando hubo terminado se lavó las manos y sirvió los huevos. Ninguno de los dos dijo ni una palabra hasta que hubimos acabado de comérnoslos.

—Moloch… —dijo entonces Maltby Sanger—. ¿Crees que era él?
—No me dijo su nombre. Pero creo que mientras quede algo de puerta, la cruz y el peso que hay encima servirán para mantenerle atrapado allí abajo.
—Sí, mientras quede algo de puerta seguirá allí abajo, pero tú la aseguraste con gemas. Si alguien viniera por aquí, quizá se le ocurriera quitarlas y él podría quedar suelto, así que las cubrí con tierra y piedras para esconderlas lo mejor posible. Nadie va a meter las narices allí, al menos mientras yo esté aquí para impedírselo.

Se acarició la barba y sonrió, enseñándome todos los dientes.

—Llevo mucho tiempo en este sitio, y aún pasaré mucho más. Nadie podrá liberarle hasta que yo me haya marchado, y cuando llegue ese momento…, bueno, que hagan lo que quieran con él —Entrecerró los párpados y me contempló—. Bien —añadió—, supongo que ahora seguirás tu camino, ¿verdad?
—Sí, señor, y le agradezco que me haya dejado averiguar lo que quería saber.

Hice la mochila y la cerré, poniendo la manta enrollada entre las correas.

—La noche pasada estuve a punto de pedirte que te quedaras a montar guardia aquí —me dijo desde el otro lado de la hoguera—. Así habría podido marcharme.
—¿Iba a pedirme que me quedara?
—Sí. Y si hubiera sabido pedírtelo de la manera adecuada…, estoy seguro de que te habrías quedado, John. Sí, te habrías quedado aquí a montar guardia ante la puerta.

Yo no estaba tan seguro.

—Sí, pensaba preguntártelo, pero si me marchaba, ¿adonde podría ir? Qué diablos, John… Llevo aquí tanto tiempo que esto se ha convertido en mi hogar.

Ung me guiñó un ojo, como si hubiera comprendido todas sus palabras.

—Bueno, me quedaré aquí para advertirle a la gente que no intente averiguar lo que hay debajo de esa puerta —dijo Maltby Sanger.

Me eché la mochila al hombro y recogí mi guitarra.

—Ya ha amanecido —dije.
—Sí, ya ha amanecido. Adiós, John. Ha sido un placer haberte tenido aquí esta noche.

Nos dimos la mano y en ese momento no me pareció que fuera tan bajito. Encontré el camino por el que había venido, el que me llevaría de nuevo a donde había gente. El sol estaba bastante alto. El día ya había llegado. Mientras caminaba, oí el suave ulular de un búho.

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