Ngen Mapu

El Dueño de La Tierra

El Nacimiento

2.

El imponente percherón negro corre despavorido por la ribera. La luna apenas alumbra el camino que bordea el río calle-calle, pero él conoce bien el trayecto. Muchas veces lo ha recorrido. A pesar de su carácter orgulloso y valiente, galopa aterrorizado, como si quisiera arrancar de la fusta de su jinete. No entiende que sucedió, pero sabe que es malo. Y por eso, ahora corre como rajadiablos.

Su jinete, una mujer embarazada, aguanta el duro andar de su montura. Con una mano toma las riendas y con la otra sujeta su barriga, que sube y baja al ritmo del galope. Tiene treinta y cuatro semanas de embarazo. En su angustia, recuerda cuando le regalaron el caballo, siendo el percherón apenas un potrillo de meses. En ese entonces se acababa de casar y la joven pareja vivía en un nido de rosas. Si hubiera sabido como acabaría. Pero no se mortifica por ello. Por el contrario, hacía tiempo que deseaba que aquella farsa terminara. Él iba a los burdeles y desaparecía por semanas. Cuando regresaba, desahogaba su impotencia en su cuerpo. Ella lo soportaba todo, porque así la habían criado. Porque era su marido y estaba en su derecho.

El percherón desde potrillo destacó por su gran tamaño. De pelaje negro azabache, una mancha amarilla en el centro del pecho es la única pinta de color que posee. Es un carbón encendido con brasas bajando desde su cuello. Esa llama amarilla combina perfecta con los hermosos ojos color miel de la mujer.

Después de dos horas al galope, la mujer empieza a dormitar. El caballo, sudoroso, disminuye su loco andar. Al cabo de un rato, el percherón camina siguiendo sus instintos mientras su carga duerme. Avanza por la ribera hasta que el negro cielo comienza a teñirse de azul. Al llegar a una zona donde el río es bajo, cruza al otro lado. Luego sigue un angosto sendero por entre la espesa selva sureña. Avanza sin descansar hasta que el sol se asoma por la cordillera.

Fatigado por el largo viaje, el percherón se detiene a pastar en las faldas del volcán Domuyo. Tal es su tamaño, que no siente la mujer en su espalda. En ese instante, Quintuqueo ve al gigantesco animal. Ha visto caballos antes, pero aún no se acostumbra. Siguen siendo criaturas desconocidas para ella. Pero este caballo negro es impresionante. Es casi del doble del tamaño de los que ha visto antes. Su sudorosa piel refleja la luz como un espejo negro. El vapor que exuda en la fría mañana primaveral lo hace ver más majestuoso. El percherón nota la presencia de la extraña y reacciona nervioso. Quintuqueo sale de los árboles que la ocultan y trata de acercarse. Al hacerlo, el animal huye subiendo un sendero del volcán. La joven española despierta sólo lo necesario para sujetar las riendas y dejarse llevar por el brioso equino. Un traro chilla girando en círculos sobre la machi. Ella mira al ave y ésta agranda los círculos en una espiral que enfila hacia la cima del Domuyo. El sol hace relumbrar al traro.

El caballo llega hasta un claro que es bordeado por un arroyuelo. Sus aguas son alimentadas por la nevada cima del volcán. El animal, agotado, se recuesta lentamente. Aún entre sueños, la mujer logra reaccionar y bajarse del caballo antes que le caiga encima. Está sucia, cansada y con fiebre. A pesar de la montura, el percherón se hecha sobre sus costillas y se queda dormido.

La machi sube por el sendero del volcán, cuya parte más alta termina en curva, en el vértice de la ladera. Está cerca de la cima. Ahí se detiene a descansar, cuando el traro chilla sobre su cabeza. “Tranquilo Pelantaro”, dice la machi, a la vez que se sienta sobre una roca. Suspira mientras observa el infinito manto de verde que se extiende a sus pies.

La magia verde siempre la ha acompañado, aún desde bebé. Como hija de machi, aprendió de su madre el oficio. Pero Quintuqueo fue mucho más allá que su progenitora, descubriendo secretos y magias que su madre no habría soñado. Estudió sistemáticamente las plantas y sus características. Las catalogó y anotó sus propiedades. Inventó brebajes para aliviar el dolor de muelas, basados en ajo y hongos silvestres. También mejoró las pócimas que su madre le había enseñado. Incluso creó un poderoso veneno que al ponerlo en una herida, ésta pronto se infecta y la víctima muere. Gracias a estos conocimientos, Quintuqueo se ganó el respeto de su pueblo. Los enfermos la visitan para que los sane, los caciques y lonkos, para solicitar su consejo. Y con los años, su influencia ha ido creciendo. Nadie sabe cuántos años tiene, pero representa unos cincuenta, aunque sus ojos digan otra cosa.

El traro se posa en una roca junto a la machi. Quintuqueo recuerda cuando vio a Pelantaro por primera vez. Iba caminado por el bosque, cuando el ave voló círculos sobre su cabeza. Ella no hizo caso y siguió buscando los ingredientes para su pócima analgésica. Desde la llegada de los españoles, los mapuches caen enfermos con nuevos males, desconocidos para la machi. Sin remedios para sanar a sus pacientes, Quintuqueo se conforma con aliviar su dolor, dándoles analgésicos naturales. Pero no encuentra el ingrediente más importante, un hongo de color rojo que crece pegado a los troncos caídos. El traro siguió rondando su camino. Cuando se detiene, el ave hace lo mismo, reposando en una rama cercana. Desde allí le chilla mirándola fijo a los ojos, como si quisiera hablarle. Quintuqueo simula no notar su presencia y sigue su camino. Después de mucho andar encuentra lo que busca. Toma un pequeño cuchillo y corta con habilidad las rojas setas que necesita. Las guarda en una pequeña bolsa, que cierra con un cordón y deja sobre el tronco. Un viento helado roza su mejilla. Es el traro, que toma con sus garras la bolsa y vuela con ella. Ese fue su primer encuentro con Pelantaro y su entrada a un mundo más grande.

Habiendo descansado, Quintuqueo se levanta para seguir su camino. Apenas dobla la curva encuentra lo que busca. El gigantesco caballo negro está acostado a unos cinco metros de la mujer que lo montaba. Ambos duermen en un amplio claro bordeado por un arroyo, abrigados por el cálido sol de Noviembre. Avanza con cuidado para no despertar a los extraños. Al llegar junto a la mujer se da cuenta que está embarazada y con la ropa rasgada. Su vientre está desnudo mirando al cielo, y en él, tatuado con fuego, un gran sol dividido en cuatro por dos líneas perpendiculares. El anca del percherón tiene el mismo símbolo. Pelantaro vuela en círculos sobre el claro.

Ella es española, eso lo sabe la machi, pero qué hace ahí. Por qué subió el Domuyo, la montaña de fuego. Y este negro animal, parece un caballo, pero es mucho, mucho más grande. Quizá sea el guardián que el sol ha enviado para proteger a su amante. Quizá la profecía del Domuyo se cumpla por fin. El sol envió a su hijo para liberar al pueblo mapuche del invasor venido del minchemapu. Éstas y otras ideas cruzan por la cabeza de Quintuqueo cuando el caballo despierta y comienza a relinchar asustado. Se levanta en sus dos patas traseras y sus gigantescas pesuñas la hacen retroceder hasta tropezar y caer. De pronto, partida en dos, la montura del caballo cae al suelo y el animal huye libre.

Con tanto ruido, la española despierta y ve a la machi junto a ella. Lo único que sabe de los araucanos es lo que le han dicho: “son animales salvajes, que no creen en dios ni el rey. Si os atrapan, os torturarán hasta la muerte”. Con esta única referencia, la mujer trata de retroceder asustada, pero está demasiado débil. Quintuqueo trata de calmarla con gestos y palabras de alivio. De pronto, fuertes puntadas en el estómago hacen que olvide su temor. Comienza a retorcerse en el suelo y la machi reconoce de inmediato los síntomas. Desde siempre ha ayudado a las mujeres de su pueblo a dar a luz y sabe exactamente qué hacer. Toma a la mujer del tronco y la ayuda a sentarse. Ella se da cuenta que la araucana trata de ayudarla y se deja llevar. Abre las piernas y las flecha.

Con un brazo se apoya en el suelo y con el otro sujeta su estómago. La machi se arrodilla delante de ella y con gestos le indica que debe pujar. La joven española lo hace, en medio de gritos y respiraciones agitadas. Las manos de Quintuqueo toman con destreza la cabeza del bebé que ya empieza a asomarse. Ella sonríe mientras jalonea hacia la vida al infante. Tras quince minutos nace un niño con marcados rasgos indígenas, aunque sus ojos rasgados son del color del fuego, idénticos a los de su madre. Amarillos como el sol. La española cae rendida por el esfuerzo.

Quintuqueo lava al bebé en las gélidas aguas del río. Luego lo abriga entre sus ropas y lo deposita en el suelo. Observa a la mujer, que sangra profusamente. La machi sabe que no hay mucho que pueda hacer. Le toma las manos y la recuesta sobre sus piernas. Lenta e inexorable, la vida escurre roja por entre sus piernas. La mujer deja de sangrar y ahora parece descansar en un plácido sueño. La machi la observa con detención. La ganadera marca de la muchacha desapareció entre los pliegues de su ahora vacío estómago. También el fuego de sus ojos se ha desvanecido.

1.-

Jimbo pone leña bajo el caldero negro. Las llamas se reflejan danzarinas sobre la pared, donde un pentagrama invertido luce más rojo que nunca. La puerta se abre y Jimbo hace una reverencia para recibir a su ama.

Catalina de los Ríos y Lísperguer entra como un alma en pena a la habitación redonda. Su piel opaca se escurre por las marcadas arrugas que surcan su rostro. Sus ojos son dos líneas rojas rodeadas de purpúreas ojeras. De la radiante belleza que antes lucía ahora solo queda el andar majestuoso y el cuerpo delgado y largo.
- Llamad al otro – ordena Catalina sin voltear a ver a su sirviente. Jimbo desaparece entre las sombras. Un gato negro maúlla mientras la puerta se cierra.

El caldero está en el centro exacto de la habitación y sobre él, un boquete abierto por donde escapa el humo. Catalina observa a través del orificio como la luna llena comienza a entrar en su campo de visión. En el brebaje que hierve dentro del caldero se refleja su imagen, pero en lugar de brillar ambarina, relumbra roja como la sangre. Avanza lentamente sobre el burbujeante líquido, hasta que la circunferencia de la luna se ve por completo.
- Maestro – dice Catalina, a la vez que se arrodilla. Sobre la luna roja se impone una sombra negra, que luego se reduce hasta transformarse en una delgada línea, similar a la pupila de un reptil – es un honor sentiros.
Muy lejos de ahí, en España, en la cima de la torre más alta del castillo imperial, una oscura figura masculina observa el paisaje que se muestra a sus pies. Sus ojos felinos refulgen rojos dentro de la oscuridad de su capucha.

- Hija mía. Esperaba con ansias noticias vuestras. Decidme, ¿qué sucedió? Lograste nuestro objetivo – dice el hombre sin abrir los labios.
- La misión está terminada. La bruja verde está muerta.
- Excelente – afirma mientras se relame los labios – hicisteis un buen trabajo. Cuando necesite de vuestros servicios os llamaré.
- Pero maestro… Eso no es todo.
- Qué más necesitáis decirme.
- La bruja – Catalina se detiene, como midiendo sus palabras - la bruja alcanzó a nombrar una heredera.
- ¡Me dijisteis que estaba muerta! – chilla enfurecido. Sus ojos rojos relumbran en la oscuridad, igual que luna en el caldero de Catalina.
- Lo está.
- Mujer estúpida. Matasteis su cuerpo, no su alma.
- Hice cuanto pude. No estaba a mi alcance evitar que ella eligiera una heredera.
- Por supuesto que no… - afirma el hombre con voz áspera – está bien. Esto es lo que haréis. Buscaréis a la heredera y la mataréis. ¡Ahora! antes que se vuelva poderosa.
- Ella se oculta entre los salvajes. Además, desconozco su identidad.
- ¡Pues descubridle! – chilla – respecto al lugar donde se oculta… estáis en guerra. Organizad un regimiento para que la busque y la asesine.
- Maestro, el gobernador declaró la paz a los araucanos. Fijó una frontera y el ejército la respeta – afirma Catalina.
- ¿Lo sabe el rey?
- Así lo creo. El decreto está firmado por él.
- Esa no es excusa. ¡Y lo sabéis! Ve donde ese tal Alonso y obligadlo a obedecer. Usa tus encantos – comenta el hombre con visible ironía.
- La lucha fue difícil – Catalina se levanta y observa la luna roja que se refleja en el caldero. El hombre siente la demacrada imagen de la mujer.
- Entiendo, mi niña. Descansa. Debes recuperar tu belleza. Luego embrujarás al gobernador. La Guerra de Arauco debe continuar. Es la única forma de dar caza a la heredera.
- Así se hará, maestro – antes que Catalina termine estas palabras, el reflejo de la luna llena sale del caldero. La bruja mira a través del boquete en el techo y observa un cielo diáfano, cubierto por titilantes estrellas. La luna continúa con su imparable rotación alrededor de la Tierra.

Agotada por el esfuerzo, la Quintrala se apoya en la mesa para no caer. Jimbo aparece en la habitación y toma a su ama en brazos. El tamaño del sirviente negro de Catalina es imponente, por eso ni siquiera se agita mientras la carga hasta sus aposentos. Ahí la acuesta y se retira con una reverencia. El gato negro de Catalina sube a la cama y se acomoda a sus pies. Un suave ronroneo llena el ambiente.

2.-

“Al inicio Ngenechén estaba solo, pero se aburría sin nada qué hacer. Por eso creó a Ñuke Mapu y al cielo que la rodea. Luego abrió una ventana redonda para calentarla, y la llamó Antú, después cerró la ventana para cuidar sus noches, y la llamó Kuyén.

Agotado por el esfuerzo, Ngenechén descansó durante miles de días y miles de noches, y en la jornada doce mil doce se levantó y fue a ver cómo estaba su creación.
Ñuke Mapu luchaba contra la fuerza del agua, que hacía naufragar islas y continentes. El fuego bramaba en sus entrañas y hacía explotar montañas, el viento soplaba inclemente y la tierra se retorcía y temblaba. Para dar orden al caos, Ngenechén creó cinco grandes Ngen. Cada uno dominaría un elemento, y un sentimiento dominaría a cada uno.

El Ngen azul controlaría el agua y su emoción es la tristeza. El Ngen blanco dominaría el aire y su sentimiento es la alegría. El Ngen rojo gobernaría el fuego y su motivación es la ira. El Ngen amarillo representa la tierra y su sentimiento es el miedo. Por último, creó al Ngen verde, que controlaría la flora y la fauna, y su emoción es la más poderosa de todas, el amor.

Doce mil doce días después, Negnechén despertó y visitó el mundo que había creado. Grande fue su desilusión al ver que la vida animal y vegetal había fructificado, pero a pesar de esto, Ñuke Mapu seguía desequilibrada. Algo faltaba en su creación. Y después de mucho meditar, lo descubrió. Una esfera como Ñuke Mapu necesita 6 pilares para mantener el equilibrio. Entonces creó al Ngen negro, pero al no tener más elementos que asignar, permitió que todos le fueran favorables y le entregó la más caprichosa de las emociones: el odio.

Una vez hubo terminado, designó un pilar para cada continente, y un Ngen para cada pilar. A Europa le correspondió el Ngen Blanco; a Asia, el rojo; a Oceanía, el azul; a América del Norte, el amarillo; y a su hermana del sur, el verde. Por último, delegó África para el Ngen negro. Ahora la esfera estaba completa y sus seis pilares, fuertemente asentados en las raíces de la tierra. Luego asignó su misión a los espíritus: mantener el equilibrio y la vida en Ñuke Mapu. Entonces, agotado por el esfuerzo, Ngenechén volvió a dormir.

Doce mil doce días después, Ngenechén visitó Ñuke Mapu y descubrió con satisfacción que todo giraba en un saludable equilibrio. El océano se inundó de criaturas marinas, la tierra se cubrió de multicolores plantas y flores, los cielos se llenaron de cantoras de aves y los bosques, de magníficos animales. Y bajo la tierra aparecieron hermosas piedras y brillantes metales. Solo el Ngen negro no creó nada, salvo un creciente odio hacia todo lo vivo y hermoso. Pero Ngenechén es sabio y bondadoso, y percibió el odio que fluía en el alma del pilar africano, por eso le asignó la más importante de todas las misiones, sustentar en sus dominios a su hijo preferido, el hombre.

Sucedió entonces que el Ngen negro olvidó sus envidias y ayudó al hombre a crecer en número y conocimiento. Esto le hacía muy feliz, pues odiaba a sus hermanos y veía con gran satisfacción como ellos cuidaban a Ñuke Mapu, mientras que él custodiaba al hijo predilecto de Ngenechén, lo que lo hacía, desde su punto de vista, el más poderoso e importante de los espíritus.

Cuando todo estuvo hecho, Ngenechén se fue y dejó a los 6 poderosos Ngen a cargo de Ñuke Mapu. Pero esta vez su despedida no fue un hasta luego, sino que fue un adiós. Los espíritus no volvieron a verle y sin embargo, en honor a su creador, cumplieron su misión con devoción y velaron por el equilibrio de Ñuke Mapu.

Y la tierra floreció bajo el gobierno de los Ngen y el mundo tuvo orden y prosperidad. Sin embargo, el ambicioso Ngen negro dio al hombre más de lo que necesitaba y así, la gente creció en número y también en fuerzas. Y el hijo predilecto aumentó tanto su población que debió buscar nuevas tierras que colonizar, y viajó a través de Ñuke Mapu y estableció colonias alrededor de todo el globo.

El Ngen negro estaba orgulloso de su obra, pues fue mucho más allá de la misión que le fue encomendada y en poco tiempo, el hombre habitó en todos los rincones del mundo. Consideró esto como un éxito personal, pues la obra que debía cuidar, ahora dominaba las tierras de sus hermanos, lo que lo confirmaba como el más poderoso de los espíritus.
Grande fue su desilusión cuando el hijo de Ngenechén comenzó a adorar a sus hermanos tanto como a él. Entonces su odio creció aún más y quiso destruir al hombre y todo lo que era hermoso y amable. Por suerte, los demás Ngen defendieron Ñuke Mapu y al hijo predilecto, y tras una larga guerra, los cinco Ngen consiguieron derrotar a su hermano negro y lo encerraron en la base del pilar de África. Y ahí permaneció durante muchos siglos.

Sucedió que al desaparecer el Ngen negro, también se perdió el equilibrio que les legó Ngenechén. Entonces el ser humano olvidó a los espíritus y se consideró el centro de la creación. Al principio los Ngen dejaron que el hijo predilecto gobernara Ñuke Mapu a su antojo, pero con el balance roto, pronto las demás criaturas del mundo sufrieron por las guerras del hombre. Entonces los Ngen comprendieron que el hijo predilecto necesitaba de su consejo y ayuda, sino pronto destruiría a Ñuke Mapu, y junto con ella, a sí mismo. Por eso los espíritus bajaron a la tierra y tomaron forma humana, y se transformaron en 5 grandes brujos, que ayudados por su sabiduría y poder, lograron gobernar de nuevo al hombre. Así se restableció un precario equilibrio.

Mientras esto ocurría, en el corazón del Ngen negro crecía un odio tan grande y poderoso, que todas las demás emociones parecían pequeñas e insignificantes. Odiaba a Ngenechén por abandonarlo en estos instantes de necesidad. Odiaba al hijo predilecto por botarlo al olvido. Odiaba a Ñuke Mapu, pero sobretodo, odiaba a sus hermanos, la causa de todos sus males. Y su maliciosa alma aborreció tanto la creación de Ngenechén que el sello del pilar fue incapaz de contenerlo… y el Ngen negro escapó.

Al tomar forma humana, los Ngen dejaron parte de sus poderes en el mundo de los espíritus, así que el Ngen negro ahora sí se irguió como el más poderoso de todos. Y así comenzó su venganza.

Cientos de años pasaron en una guerra despiadada, al final de la cual y solo gracias a la formidable ayuda del hombre, los 5 grandes brujos resultaron victoriosos. Muchas vidas humanas fueron sacrificadas y sin embargo, la derrota del Ngen negro no fue total. En una decisión desesperada, bajó a la tierra y tomó el cuerpo de un poderoso brujo negro.
Lo curioso de la vida está en los inesperados sucesos que nuestras decisiones provocan, pues cuando deseamos que ellas nos conduzcan hacia un lugar, nuestras acciones nos llevan a otro. En este caso, la decisión del Ngen negro, contrario a sus deseos, trajo de nuevo el equilibrio a Ñuke Mapu.

Con el equilibrio restaurado y el brujo negro vencido, los demás Ngen lo perdonaron y le dejaron conservar su forma humana, a condición de respetar y mantener el equilibrio natural que tanto esfuerzo y sacrificio costó. Miles de días y miles de noches han pasado desde que entonces…

Mi querida Millaray, jamás quise que las cosas acabaran así, jamás desee legarte esta carga, pero como ya dije, rara vez nuestras decisiones nos conducen al lugar que queremos. Y es por eso mismo que si estás leyendo esta carta, significa que yo he muerto y tú te has convertido en mi sucesora.

Recuerdas cuando te dije que los caminos de mi heredera eran tortuosos y difíciles. Pues aún no imaginas cuánto… te has transformado en mi sucesora aún antes de ser mi aprendiz. Largo es el viaje que tienes frente a ti, pero estoy segura que sabrás encontrar tu destino.”

Millaray está parada a más de setenta metros de altura, sobre una roca que sobresale de un acantilado del volcán Domuyo, al final del cañón donde está su lar. En el rincón de la saliente, crece imponente Huenupán, rama del cielo, el inulpamahuida. A sus pies yace el cadáver de su maestra, Quintuqueo. Y más abajo aún, un manto verde de árboles que se extiende hasta donde la vista alcanza.

La mujer que está de pie representa unos sesenta años, a pesar que aún no pasa los cuarenta. Se comprende su estado por los sucesos de los últimos días. Toda su familia muerta, todos los varones de los lof, rehues y aillarehues cercanos, muertos. A centenares de leguas a la redonda lloran la partida de los valerosos guerreros que fallecieron luchando en la gran batalla de Valdivia. Lograron detener la conquista y fijar la frontera en el Biobío, pero por cuánto tiempo. No mucho, eso es seguro.

“Muchas cosas cambiarán ahora. Lo primero es el hecho que hayas encontrado esta carta. Si la ves y la tocas, significa que has llorado mi partida. Te lo agradezco mi niña hermosa, pero no debes apenarte por mí, ahora descanso en los acogedores brazos de Ngenechén.

Más deberás prepararte para tu batalla. Si estoy muerta significa que la bruja negra me venció y probablemente, también sometieron a Anganamón. Lo siento mucho mi niña querida, sé lo que él significaba para ti.

Pero la tristeza no puede dejar que olvidemos lo importante. La bruja negra me derrotó, pero no resultó indemne. Ahora debe estar muy débil para venir por ti. Y lo estará por muchos años. Debes usar este tiempo para prepararte. Para estudiar.

Escondidos en la ruca hay manuscritos, miles de ellos, ni siquiera yo los he leído todos. En ellos está escrita la historia de Ñuke Mapu, secretos de los antiguos brujos, palabras de Negenechén y muchos otros conocimientos que tus antepasados han acumulado en el devenir de los siglos. Digo que son tus antepasados porque así es… ahora tú eres la última de un extenso linaje de brujos verdes.

No te preocupes por buscar los manuscritos, ellos te hallarán a ti. Sé que suena extraño, pero así te encontró esta carta.

Un último consejo te daré: recuerda que siempre contarás con la ayuda de Pelantaro y Huenupán. Acude a ellos en los instantes de necesidad.

Me despido mi niña hermosa, mi querida Millaray, mi flor de oro, ahora tú eres la última bruja verde”.

Cuando Millaray termina de leer la carta que le dejó su mentora, lo hace con una extraña mezcla de sentimientos. Tristeza por perder a su maestra, la mujer que la crió de bebé y le enseñó los secretos de las machis, pero a la vez, conformidad, pues ahora ella descansa en los cálidos brazos de Ngenechén. Quintuqueo está muerta y su adorado Anganamón, el único amor de su vida, también. Lo sabe, lo siente en su corazón. Siente tanta pena y tanta angustia, que lanzarse por el acantilado parece una buena opción.

Glosario:

Vocabulario mapudungun
1- Ngenechén: espíritu creador dentro de los Ngen. Actualmente es reconocido como el “dios mapuche”, pero esto es resultado de la confluencia de la religión cristiana con la mapuche. En el período prehispánico era conocido como el Ngen principal, o espíritu creador.
2- Ngen: Dueño. Son espíritus mapuches cuya misión es mantener el ciclo de la naturaleza, por ejemplo, el Ngen Mapu (dueño de la tierra) debe hacer que la tierra vuelva a brotar y las plantas a crecer. Lo mismo ocurre con el Ngen del agua, del aire y con los demás elementos de la naturaleza.
3- Ñuke Mapu: Madre tierra.
4- Kuyén: Luna.
5- Antú: Sol
6- Lof: aldea o clan.
7- Rehue: varios lof reunidos.
8- Aillarehue: varios rehues reunidos.

Nombres Mapuches
1- Quintuqueo: la que busca la sabiduría.
2- Millaray: flor de oro.
3- Huenupán: rama del cielo.
4- Pelantaro: traro brillante o traro de oro.

Mitos y leyendas:
1- Domuyo: leyenda mapuche. Es el nombre del volcán donde vive la mujer blanca que enamoró al sol y tuvo su hijo. Habita en un lago, en la cima del volcán Domuyo, protegida por un gigantesco caballo negro.
2- La Quintrala: es el nombre popular dado a Catalina de los Ríos y Lísperguer, probablemente por la costumbre de golpear a sus sirvientes con varas de Quintral. Su fama de bruja se debe a su abierta disputa contra las autoridades de la iglesia católica de la época. Uno de sus actos más conocidos fue su intento de envenenar al gobernador de Chile, Alonso de Ribera.
3- Inulpamahuida: significa “trepador de la montaña”. Es un mito mapuche que habla de un árbol animado, cuyas raíces trepan por las rocas. Aliado de las machis, la ayuda en su lucha contra los espíritus malignos.

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