Pregenesis

Entraste silbando, Esías. Convirtiendo el viento en música para que supieran que habías llegado, que habías vuelto. Caminaste sin preocuparte por las trampas ni las redes. Hubieras gritado si se te hubiera ocurrido pero en tu cabeza chiquitita eso nunca pasó. Creíste que ibas a ser, de nuevo, el dueño de todo. Olfateaste la zona buscando a los siete y lo que encontraste fue una laguna en tus recuerdos, un mar negro, profundo e inabarcable. Pero qué tonto que fuiste, Esías. Si no sabés cómo funcionan las cosas en Sudameria, ¿por qué quisiste entrar a lo grande? No sos el hijo pródigo. Sos el no deseado, el desterrado, al que alguna vez le fue prometida la Tierra entera. Sos el engañado, el escondido, el que nadie sabía, entonces, que existía ni, hoy, que existe. El que nunca nadie conocerá. Está escrito, lo sabés aunque a veces te olvides. Ay, Esías, qué vida tan muerta la tuya.

Los árboles en esta zona son jóvenes todavía y están lejos de la entrada. Vos ayudaste a plantarlos, ¿te acordás? Después de la invasión había quedado la mayor parte destruida y estabas siempre atrás de los gigantes queriendo meter mano. Ellos no te tenían piedad. Te pateaban o te metían en algún pozo para que no molestaras durante un tiempo. Matarte no podían porque todavía eras el hijo de los Varones Kaneisanos pero lo hubieran hecho sin remordimiento si las circunstancias hubiesen sido otras. Y pensar que en algún momento fuiste importante para alguien. Eras chico y te pasabas las tardes desojando el bosque o quebrando las ramas más finitas. Cuando los gigantes se retiraron y el mundo empezaba a resurgir, vos, Esías, chiquitito, fuiste cayendo en un olvido tan profundo como el tiempo. Antes de la llegada de los siete, los Varones te querían. O eso decían. A tu madre nunca le gustó que le arrancaras las plantas ni que cortaras hojas. Después, antes de que terminara la guerra, mientras tu padre no estaba, tu madre los trajo y vos pensaste que si caían ibas a poder gobernar el mundo antiguo, el tecnológico.

Es culpa eso que sentís. Ese dolor en el pecho y en el alma que aunque te extirparan el cuerpo seguirías sintiendo. Si querés podés transformarlo en arrogancia, pero tu cara no sabe mentir. Vos sentís culpa. ¿Y de qué sos culpable si no es de tu propio y fatal destino? Podés avanzar, atravesar, atropellar todo, Esías, pero nunca vas a poder sacarte ese dolor de tu alma. Cuando los Varones te descubrieron decidieron encerrarte. Vos no podías morir. No debías morir. ¿A dónde quedarían las voces de las profecías que hablaban de tu regreso si te mataban en la guerra? ¿A quién esperarían los que habitan las sombras si no llegabas? ¿Y a dónde quedaría el nuevo mundo si nunca regresabas? Tu madre te escondió y vos te dejaste esconder. ¿Te acordás de eso? Ellos pelearon y pelearon hasta que no pudieron más. Los otros eran muchos, eran tantos y tan pequeños que no había manera posible de vencerlos. Entonces tus hermanos se unieron. Ellos salieron a combatir también mientras vos te encerrabas más y más. Te ibas más lejos, más abajo, más atrás. Te hacías más chiquitito, Esías, hasta no significar nada. En las sombras te dejaron habitar y pensaste que te lo habías ganado, que aquel era tu lugar, tu guarida. Qué falta de humildad la tuya, criatura.

Tu hermana fue la primera en caer. La derrotaron al este del mundo antiguo, en una tierra de frondosos bosques y dulces mares. En ese momento había árboles inmensos, ¿te acordás? Vos sentiste su caída. Todos la sintieron y entonces comenzó el final. La tierra se secó tanto como las aguas. El sol se oscureció y los Varones sucumbieron en un olvido casi tan aterrador como el tuyo. Los otros ocuparon y destruyeron todo. El mundo entero era una enorme pelota de fuego flotando en el espacio. ¿Y vos, Esías? ¿Dónde estabas vos cuando el mundo se moría? ¿Dónde estabas vos cuando tu gente perecía en esa agonía que duró trescientas noches? Cómo, Esías, te atrevés a volver ahora. Cómo podés avanzar silbando sobre una Tierra que no te pertenece. ¿Caminarías del mismo modo si supieras que no estás solo? ¿Caminarías del mismo modo si supieras que ellos todavía están acá?

La última voz se calló. El silencio lo invadió todo igual que la bruma. El viento se volvió espeso, irrespirable. Entonces los gigantes salieron de las montañas ardientes y apagaron los focos de fuego con sus soplos. Dispersaron el aire estancado y rancio. Se hicieron más altos y fuertes que nunca. Se recrearon a ellos mismos ante la falta de órdenes. El silencio era tan amplio como dañino y los pozos a sus pasos no podían terminar de sanarse. Entonces saliste. Escapaste cuando ya no quedaba nada por recuperar. Cuando era seguro que los otros se habían ido para siempre. ¡Incrédulo! Y por respeto a tus padres ellos te protegieron, te perdonaron, te adoraron. Por respeto a los señores caídos fuiste salvado. Entonces un día ya no estabas, Esías. Los gigantes te habían olvidado y desapareciste. Te consumiste como el fuego, te desintegraste como las rocas, te secaste como los mares. Eras nada. Y el mundo permaneció en silencio durante miles de cientos de años, hasta ahora, que llegás silbando, sonriendo, disfrutando. Ay, Esías. ¿Qué es lo que venís a reclamar si no hay nada tuyo en este mundo? Lo que habías deseado se perdió en el tiempo. Nada permanece joven. Nada resiste, nada sobrevive si no hay amor.

¿Te sorprende la inmensidad? Mirá a tu alrededor, contemplá la obra de otros, regocijate en la divinidad atemporal y éterea, completa, absoluta e imperfecta, vacía y llena. Ya no hay sombras donde esconderse por eso los percibís. Están cerca. Se mueven rápido. ¿Y sabés qué, Esías? Vienen por vos. Vienen silbando, cantando, gritando. Ya no hay oscuridad que los aprisione, ahora el mundo es de ellos y así será porque así está escrito.

Sin embargo, vos, predecible, vas a hacer lo que fue anunciado en los libros que todavía permanecen guardados con los anales de la creación: dividirás el tiempo en siete días y cada día en dos fracciones; una de luz y otra de oscuridad para poder protegerte. Vas a aprovecharte de la herencia, que es tan tuya como la antimateria, y vas a llevar a la Tierra hacia el último paso antes de la destrucción. De los gigantes y de los grandes, de los pequeños y de los Varones vas a crear una vida insignificante, Esías, tan pobre y limitada como la tuya. La raza de los hombres será entonces la raza maldita, la temporal, la limitada. Será el punto débil del abismo y en su infinita ignorancia te llamarán Padre. Sacrificarán vidas en tu nombre, te respetarán y te suplicarán que los perdones. Ay, Esías, robarás el nombre del creador para que alguien te nombre otra vez. Serás, pese al tiempo y a las muertes que cargues en tu espalda, el Señor.

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