Treinta y Dos Maneras de Contar una Historia

Durante el verano de 1990 se estrenaron tres películas basadas en la obra de un escritor norteamericano muerto en el olvido catorce años atrás: Jim Thompson. The Kill-Offdirigida por Maggie Greenwald; After dark, my sweet, de James Foley; y The Grifters, de Stephen Frears. Las veintinueve novelas de Thompson, incluso las que llevaban años descatalogadas, conocieron nuevas ediciones. Dos biografías suyas recibieron luz verde para salir a publicación, entre ellas la enciclopédica Savage Art, de Robert Polito.

¿Por qué el interés? ¿De verdad el tal Thompson era tan bueno? Algunos meses más tarde apareció en el New York Times un texto de Lawrence Block que intentaba responder la pregunta. Para Block, la obra de Jim Thompson es irregular, en sus momentos más bajos las caracterizaciones son endebles, las premisas torpes, y sus personajes gente que “lleva vidas horribles, hace cosas malas, y termina mal”. Entonces, ¿por qué la repentina fascinación?, se pregunta Block, y él mismo contesta: “quizá hoy estamos más listos para escuchar el mensaje de Thompson que hace treinta años. Quizá su visión, cruel y desalentadora, se ajusta mejor a nuestros tiempos que a los suyos.”

Block escribe en un Estados Unidos que vivía su peor crisis económica desde la Gran Depresión, lo que podría explicar la empatía con la obra de Thompson, porque si hay algo cierto sobre el género negro, es que incluso en sus manifestaciones más sensacionalistas y menos complejas tiende a la denuncia social. Thompson, quien literalmente escribía para vivir, lo hacía a toda velocidad, publicaba novela tras novela con la esperanza de que una de ellas se convirtiese en éxito y mitigara sus problemas económicos, así fuera de manera temporal. La de Thompson es la escritura de un hombre desesperado, alcohólico, que va de un mal trabajo a otro peor, y sabe que eso no va a mejorar; quizá es por eso que no escribió sobre criminales, sino sobre gente que comete crímenes. Quizá por eso Thompson afirmaba convencido que “Existen treinta y dos maneras de contar una historia, pero solo una trama: las cosas no son lo que parecen”.

En 1984, Barry Gifford, autor de la saga de Sailor & Lula, a la que pertenecen Wild at heart (David Lynch, 1990) y Perdita Durango (Alex de la Iglesia, 1997), fundó la Black Lizard Press, editorial especializada en libros pulp, que re editó varias novelas de Jim Thompson, entre ellas The Alcoholics, en cuyo prólogo el novelista Goeffrey O’Brien llamó a Thompson Dimestore Dostievsky, en alusión al precio de las revistas en que se publicaron originalmente sus obras. Los libros de Black Lizzard Press, con sus llamativas portadas retro, llegaron a una nueva y numerosa generación de lectores de novelas pulp, lo que fortaleció su estatus de autor de culto. Pero si hay un responsable de la fama de Thompson, ese es Marcel Duhamel, editor de la Série noirede Gallimard, quien popularizó la novela negra norteamericana en Europa. Duhamel fue, además de un editor visionario, entusiasta de Jim Thompson, quien publicó toda su obra, desde su primer libro, con muy poco tiempo de diferencia de las ediciones norteamericanas. El editor francés eligió Pop. 1280 para conmemorar el número mil de Série noire, novela que además tradujo con el inexplicable y enigmático título de 1275 âmes[1].

Para entonces, algunas novelas de Jim Thompson ya habían sido traducidas al español, pero fue gracias a ese número mil de Série noir que Juan Martini, editor de la colección Novela negra (Bruguera), decidió incluirlo en su colección bajo el título de 1280 almas. A partir de ese momento el nombre de Thompson se volvería familiar en colecciones como Etiqueta negra (Júcar) y Cosecha roja (Ediciones B), con las que llegó a México, y donde pasó desapercibido para la crítica literaria incluso durante su boom en 1990. Para quienes no pasó inadvertido fue para los lectores de novela policiaca, gueto más grande de lo que podría parecer. Así, las recomendaciones de mano en mano, su presencia en las librerías de viejo, las ediciones españolas de El asesino dentro de mí, su adaptación al cine por Michael Winterbottom, y la muy reciente edición en español de Arte Salvaje, que lanzó ES POP ediciones, lo han mantenido vigente entre los lectores mexicanos como un auténtico autor de culto. Si tal empatía, como acusaba Block en el New York Times, tiene que ver con que el México de hoy se parece al mundo de Thompson, con sus asomos a la locura, a la sociedad hostil y absurda que describe, a sus corruptos representantes de la ley, es algo que deberá argumentarse mejor, lo cierto es que Jim Thompson nunca antes había tenido tantos lectores en nuestro país.

James Myers Thompson nació en Anadarko, Oklahoma, en 1906, hijo de una descendiente Cherokee y del sheriff local, un hombre tan brillante como cruel, que dejaría una honda huella en el escritor. Es de notar que contrario a lo que se podría esperar de un autor cuya vida estuvo plagada de carencias económicas y excesos etílicos, sus hermanas, esposa e hijas, lo describan como un hombre amoroso y responsable.

En un frenesí creativo, y con la salud ya quebrantada, Jim Thompson escribió doce novelas entre 1952 y 1954, entre ellas The Killer inside me, y A hell of a woman. Meses después cayó en una profunda depresión y regresó a la bebida. Para entonces nadie dudaba de sus habilidades como escritor, pero su alcoholismo y su displicencia hicieron de él un exiliado. Sería Stanley Kubrick quien lo rescataría y llevaría a Hollywood para escribir entre ambos el guion de The Killing (1956). Si bien su relación se fracturó cuando Kubrick acaparó el crédito del guion, relegando a Jim al papel de colaborador menor, esto no impidió que se reunieran de nuevo para trabajar en Paths of glory (1957).

Al poco tiempo, Jim Thompson sufrió el primero de una serie de derrames cerebrales que le atrofiarían el habla, la vista, y las manos. Pero antes escribiría algunas de sus peores novelas, y dos joyas: The Grifters (1963) y Pop. 1280 (1964).

Jim Thompson falleció en 1977, olvidado por el mundo literario y con sus mejores obras descatalogadas. Según la leyenda, aprovechó sus últimos minutos de lucidez para pedir a su esposa que tuviera a la mano sus manuscritos originales, derechos de autor, y cuanto documento encontrara porque pronto los iba a necesitar. “Me haré famoso unos diez años después de muerto” vaticinó sonriente. En ese momento su comentario parecía una más de sus incómodas bromas, pero tenía razón.

[1]El título Pop. 1280 (1280 almas en su edición en español), se refiere a la leyenda que aparece en un letrero justo a la entrada del pueblo donde se desarrolla la novela, y que indica el número de habitantes. Este cantidad no considera a ningún negro ya que ellos, según cierto personaje de la novela, no tienen alma. Un rumor en internet dice que Duhamel cambió el título como un guiño cómplice: contó el número de muertos en la novela: seis, y lo restó a los 1280 del título original, pero como uno de los muertos era negro, y los negros no tienen alma, el resultado era 1275.

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