Triton

Tritón

Prologo

Estimado lector:
Tiene ante usted el prólogo de mi nueva novela. No sabría decir si se trata de la segunda o de la tercera que escribo, puesto que he intercalado la escritura de ambas. Digo comienzo, porque no es más que eso. Un breve pero profundo comienzo.

Tritón es una novela que inicié tras finalizar Aurum. Su estructura hízome estar parado durante meses, lo cual me permitió comenzar con El secreto del Perdón. Tanto ahínco dediqué a ésta última, que olvidé el manuscrito, burdo; pero a mi juicio, también prometedor, comenzado tras la embriaguez de satisfacción que me provocó finalizar mi primera novela. La sensación satisfactoria fue similar a todas ésas primeras veces de la vida que merece la pena intentar describir, y que acompañarán a cada uno de nosotros hasta el final de éste extraño caminar, como una flecha férvida pero a la vez placentera, clavada en el rincón más infausto de cada ser. Proyecté esa satisfacción — ya bifurcada completamente en soñadora alegría y eufórico optimismo— hacia iniciar una novela diferente; más profunda, paulatina y desarrollada. Quizás el anhelo de todo escritor novel. Sin embargo, esa cadencia de sensaciones gratas fue descendiendo de la misma forma que mi ilusión por publicar, hasta que me hizo olvidar el manuscrito del que hoy escribo este prólogo integérrimo.

¿Y qué es Tritón, que es lo qué le interesa a usted, ávido lector? Es una novela que cabalga entre la ciencia ficción (“asimoviana”, me atrevería a inferir), y el terror. Pero no ese terror de vampiros, zombis, mutantes o demás entelequias literarias o cinematográficas, de tan rabiosa popularidad. Tritón pretende transmitir ese terror certero y abismal que urden preguntas como la que se formulaba Carl Sagan a sí mismo:

¿Es más terrorífico pensar que existen miles de civilizaciones poblando el vasto universo, o que estamos completamente solos en él?

Ese temor leve que puede subyacer de todas y cada una de las respuestas elementales que el ser humano se afana en esquivar, y que al fin y al cabo, transmuta a auténtico pavor cuando le golpean, como ésa niña que comprende que lo que agita sus alas, enredado en su esbelta melena, es un murciélago.

Continuando con la novela, Tritón es en parte algo especial. Más que nada, porque no está finalizada.

Si ha llegado a leer esto es porque va a leer la novela en “Paronirium, La tierra de los relatos”; el blog donde desde hace medio año, he publicado todas mis obras.
Si está leyendo esto, sabrá también — y si no, tenga a bien darse por informado — que Tritón va a ser publicada a modo de “fascículos”, por capítulos; en el ya citado blog.

La publicación será, en un principio, bisemanal. Es mi intención terminar lo que me queda de manuscrito a la par que voy ofreciendo los capítulos, ya que poseo suficiente “material” como para mantener el ritmo anunciado.

No obstante, espero, deseo y confío en recibir su ánimo y aliento de lector. Quiero que no se abstenga de comentar lo que piense que deba ser comentado, tanto para la satisfacción de saber que le gusta o le agrada, como la desgracia de conocer lo contrario, con sus razonados porqués.

En el primer caso, es mi combustible. En el segundo, mi sanación literaria — que no literal —.

Sin más preámbulos, adelante.

Bienvenido a la Mariner 100. Póngase cómodo. El viaje sólo dura mes y medio. Sin embargo, no olvide su ropa de abrigo. Le recuerdo que viajamos al lugar más gélido del Sistema Solar.

Destino: Tritón

Parte 1
Pseudotridente

“Medí los cielos y ahora mido las sombras. Mi mente tenía por límite los cielos, mi cuerpo descansa encerrado en la Tierra."
-Epitafio en la lápida de Johannes Kepler.

"La raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios, y no tener nada que descubrir".
-Stephen Hawking

Capítulo 1

El aula estaba vacía.

Ray se incorporó sobre el pupitre. Se había quedado dormido.

Durante unos segundos, visualizó completamente la amplia e iluminada sala. Estaba sembrada de escritorios similares al que él se aposentaba. Al fondo, una gran mesa con su correspondiente silla. Detrás, una pizarra impoluta.

Tenía la impresión de haber estado ya en esa estancia. Sus recuerdos eran confusos y no conseguía asociar aquel lugar con la leve pero certera sensación de haber estado allí con anterioridad.

Un latigazo de dolor se extendió con celeridad endiablada a través de los entumecidos músculos, que se negaban a adoptar cualquier otra posición que no fuese de completo relax. Sin embargo, el dolor cesó, y Ray arrastró el asiento hacia atrás, impulsándolo con el trasero. El movimiento arrancó un quejido de angustia al suelo, que rebotó en todas las paredes antes de desaparecer en aquel reinado de afonía. Acto seguido, Ray se incorporó, y una vez de pie, anduvo hacia la escalinata que descendía al atril, donde algún profesor debía de impartir clases.

Todo vacío.

Ni libros, ni tizas, ni ningún objeto; salvo los pupitres, la mesa y la pizarra.

Confuso, Ray caminó hacia la única puerta que tenía aquella estancia. Estaba enmarcada en un rincón del fondo, a no más de diez metros de la mesa docente. Bajó los escalones en silencio, invadido por la melancolía que brotaba de aquel lugar.
Al andar, el sonido de sus pasos parecía no amortiguarse en las paredes, confiriendo al aula un halo tétrico y misterioso. Cuando su mano se posó sobre el pomo de la puerta, por fin comenzó a recordar, como si un resorte hubiera pulsado un botón en su interior.

Era el aula donde pergeñó gran parte de su carrera, durante más de ocho años dedicados al estudio universitario.

Pero aquello era absurdo, hacía décadas que se doctoró y después no volvió por allí.

Recuerdos… Bailaban al son del total desconcierto.

Sí; regresó a la universidad.

Unos pocos años atrás — no lo recordaba con exactitud —, ofreció una charla en ese campus. Sin embargo, fue en la sala de conferencias, y no en aquel habitáculo en el que pasó horas y horas tomando apuntes y clavando los codos en un pupitre idéntico a todos los que allí hacían guardia.

Antes de abrir la puerta, se volvió sobre sí mismo para echar un último vistazo, mirando en derredor.

De repente, la iluminación decreció y los pupitres más alejados aparecieron ahora muy tenues.

Con más firmeza que segundos atrás, giró el pomo de la puerta y la abrió tirando del picaporte con fuerza.

La sorpresa le invadió, a la par que lo hacía el temor.

Ante el se mostraba el cosmos. Estaba observando el espacio exterior. Miles de estrellas desfilaban a toda velocidad, formando filamentos fulgurosos y casi imperceptibles. Era como si el aula viajase cual nave espacial.

Entelerido, cerró de un portazo.

El estruendo inició su ronda de rebotes por todas las superficies que se prestaran para tal menester. Sin embargo, fue acallado rápidamente por un desconcertante chirrido.
Sin darse la vuelta, percibió el sonido familiar que invadía la voluminosa habitación.
Era una tiza, que deslizándose por la pizarra, rasgaba angustiosamente el ya tenebroso silencio.

Lentamente, giró el cuello.

Un anciano apoyado sobre un bastón voltizo, escribía en la superficie fuliginosa del gran encerado. .

Ray reconoció de inmediato a Rufus Brahe, el catedrático de física de la universidad de Denver. En verdad, le recordaba como uno de sus instructores favoritos. Siempre le profesó un gran aprecio. Se trataba de uno de esos maestros que utilizaba con gran pericia el arte de enseñar ciencias de forma amena y eficiente. Los chistes y las ironías eran recibidas de forma cálida por todos los alumnos. Pero Ray no esperaba ningún chiste esta vez. El semblante del eminente Honoris Causa de Física y Plasmodinámica no parecía muy propenso a las agudezas humorísticas.

Acercose, lentamente, sin que el anciano pareciere mostrar la más mínima atención sobre él o sobre el sonido lacerante que provocaban sus pisadas, que parecían desgajarse de un suelo pegajoso y ferrugiento.

El doctor Brahe atesoraba más de setenta años el día que Ray entró en la universidad. Cuando salió, ya era un octogenario; faceta que no le hizo perder sus facultades divulgativas. Pero su presencia después de una veintena, significaría que rondaría actualmente el siglo de vida. Probablemente, la entelequia que más alertó al perplejo observador en el que se estaba convirtiendo Ray Gordon.

En silencio, Ray siguió acercándose a la pizarra. Quería ver qué escribía con tanto frenesí el profesor. Esperaba encontrar alguna compleja fórmula, pero el anciano estaba finalizando, mediante su temblorosa grafía, una escueta frase:

"EL HOMBRE DESCUBRIÓ LA CIENCIA. AHORA LA CIENCIA DESCUBRIRÁ AL HOMBRE"

Ray no entendía ese enunciado. Percatose de que Brahe, taciturno, le observaba con la misma atención que un niño dedica al pájaro muerto que acaba de aplastar con la rueda de su bicicleta.
—Es usted un alumno aventajado —pronunció el docente.

Ray miró al profesor. Su rostro no había cambiado nada desde la última vez que coincidieron. Su tono vocal, tampoco.
—La sátira de la vida está muy cerca. La ciencia le hablará. —dijo, a la par que esbozaba una sonrisa de tintes infaustos.

No entendía aquellas palabras confusas, y por ello, Ray preguntó:
— ¿Cómo que la ciencia me hablará?

Brahe dio la espalda a su interlocutor, y dedicó un timorato suspiro a la hilera de letras que acababa de imprimir sobre el lúgubre encerado.
— ¿Qué quiere decir? ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que hay tras esa puerta?

Tras no recibir respuesta, tocó el hombro del anciano.

Brahe se dio la vuelta.

Su rostro ya no era la de unos instantes atrás.

Un cráneo envuelto en jirones de carne pultácea le observaba a través de las cuencas vacías y toscamente demacradas, de las que sólo manaban sanguinolentos restos encefálicos.

Ray gritó.

La calavera movía desesperadamente las mandíbulas, intentando hablar, pero las fauces sólo proferían bufidos irreconocibles.

En ese instante, lo que quedaba de anciano se descompuso en huesos, y éstos en polvo, que acabó formando un considerable montón a los pies de Ray.

De repente, la puerta crujió. Las maderas que la formaban salieron expelidas con violencia hacia el exterior. La polvareda voló hacia la abertura y se perdió en la nada.

Después, el exterior comenzó a succionar todo lo que había en la sala, como si alguien hubiese encendido fuera un gigantesco aspirador.

Ray se agarró a la pata de la mesa, que también voló inexorablemente hacia el vacío.

En el último momento, pudo sujetarse en el quicio; pero un pupitre lo golpeó violentamente en el torso y le exturbó al exterior junto a todo lo demás.

La oscuridad más absoluta le invadió. Cuando se dio cuenta de que no podía respirar, chilló.

En ese momento, Ray Gordon despertó.

Capítulo 2

— ¡Rápido! ¡Abrid esa compuerta!

Dos hombres en paños menores atravesaron a la carrera el iluminado pasillo que desembocaba en la sala de estasis. Se detuvieron ante la cápsula que había producido la señal de urgencia. La luz roja de emergencia rotaba en sintonía con el agudo timbre de la alarma sonora.

Dentro de aquel contenedor ovoidal, las convulsiones de un hombre le hacían golpear inconscientemente el cristal de la compuerta.
— ¿Qué sucede, teniente?
—Uno de los que aún no ha despertado. La alarma se ha activado, los lectores indican fallos cardíacos, señor.

En el centro de mando, la pantalla del monitor principal mostró la imagen. En ese mismo momento, los dos hombres conseguían abrir la puerta y tumbar en el suelo al afectado, que tosía con virulencia.
— ¿Quién es? Desde luego, no es uno de mis hombres.
—Es Raymon Gordon, señor. Uno de los científicos del VPL. Las lecturas se están estabilizando. —explicó el teniente sin quitar el ojo a los sensores vitales.
—Voy para allá. Convoque a toda la tripulación en la sala de descargas en dos horas. Si no regreso antes, le volveré a ver allí.
—Sí, Comandante. A sus órdenes

El comandante Gleen abandonó la sala de mando, desapareciendo junto al elevador. Cuando llegó a la zona de cápsulas, Ray ya estaba consciente
— ¿En serio he estado durmiendo durante cuarenta y nueve días seguidos?—preguntó, rascándose la cabeza.
—Sí, amigo. Y espero no preguntes donde has meado todo ese tiempo.

Los dos hombres que le abrieron la compuerta intercambiaron carcajadas mientras Ray miraba asustado la especie de pañales que le cubría toda la zona.

Limpios. Antes de que le diese tiempo de cavilar sobre el asunto de los orines, los dos hombres se pusieron de pie e hicieron el saludo militar de forma mecanizada, ante la inesperada presencia del comandante en la sala de estasis.
— ¿No han tenido tiempo de uniformarse?¿Creen que esto es un casino y que están en una despedida de soltero?—les gritó, enfurecido—. Tienen dos horas; yo que ustedes me daba prisa.

Los dos hombres se dieron la vuelta y desaparecieron por uno de los pasillos sin que a nadie le diese tiempo a pestañear.
— ¿Raymon Gordon? —Gleen le observaba de forma curiosa y altiva, como el que contempla a un hámster que devora a sus crías.
—Sí, ese soy yo…Pero disculpe que no le reconozca, estoy algo confuso y mareado. Es mi primer viaje, si a esto se le puede llamar viaje. —dijo aún sentado en el suelo, mientras se frotaba las sienes con los tres dedos centrales de cada mano, ejecutando suaves movimientos circulares.

—Soy Jack Gleen, comandante de la nave en la que usted “viaja”— pronunció haciendo un énfasis irónico—; la Mariner 100. ¿Sabe por qué está aquí?

De repente, recordó al profesor Brahe rasgando con la tiza en ese encerado onírico. ¿Qué había escrito? Todo parecía haber sido real, pero el remanente era tan difuso como espeluznante.
—Bueno, tengo una vaga idea de cuál es mi misión— hizo una esforzada pausa que aprovechó para ponerse en pie—; pero la verdad que no se me informó de mucho. No crea que vine de buena gana—sentenció, tratando de esbozar una sonrisa sarcástica. Mas no supo si consiguió intimidar a su interlocutor, el rostro de Gleen era inexpugnable.
—Entonces no es diferente a los demás. Apresúrese—alzó el brazo y señaló—. Busque en esa lista su camarote y unifórmese. En dos horas nos reuniremos en la sala de descarga con todos los que estamos a bordo.

El comandante abandonó la zona mediante el pronunciado pasillo y Ray quedó solo. Intentó formular unas cuantas preguntas, pero se estancaron en su garganta.

Estaba abrumado por la complejidad que exudaba aquella situación.

Ni siquiera sabía a ciencia cierta como demonios había ido a parar a esa maravilla- engendro tecnológico en la que se encontraba. Fue nombrada así por ser lanzada al espacio un siglo después del lanzamiento de la Mariner 10, la última de estas naves que el hombre botó al exterior el 3 de noviembre de 1973. Y por lo visto, en sus diez primeros años de vida, la Mariner 100 no había sufrido una sola avería de consideración, y con un “rodaje” a sus espaldas superior a las 150 Unidades Astronómicas se encontraba entre los mayores éxitos de la WCA.

Contempló el habitáculo donde había permanecido impasible durante casi cincuenta días. Era impensable que hubiese pasado tanto tiempo sin percatarse de ello. Pero sin duda, así era. Aún había líquidos que danzaban por el intrincado sistema de tuberías que sin querer saber cómo, se atoraban automáticamente a las vías respiratorias del huesped de aquella tétrica posada. A ambos lados había media docena de cápsulas similares —los pupitres, son como los jodidos pupitres, Ray—, todas cerradas y listas para ser ocupadas de nuevo.

En un marco magnético descubrió la lista de la que le habló Gleen. Lo que más le sorprendió fue comprobar que el soporte donde estaba el texto escrito no era otro que el vulgar papel, aquel derivado de la celulosa que en La Tierra dejó de verse cuando Ray estudiaba educación infantil.

El motivo principal que se esgrimió para erradicar su uso fue como método de protección vegetal, ya que a mediados del siglo XXI, una década de grandes incendios; promovidos por un aumento crítico de la actividad solar, destruyó un alto porcentaje de la masa arborícola del planeta, y las plantas de reciclado no dieron el abasto que se esperaba de ellas. La proliferación de soportes, como el HAS — siglas de Holographic Audiovisual System — fueron la coyuntura perfecta para detener la fabricación de los derivados de la celulosa en todo el planeta. Sin embargo, como contraste de la evolución tecnológica, aquel trozo de papel impreso refulgía como una gema ante la insipidez metálica.

Su nombre aparecía emparejado con la dependencia número nueve. En la zona inferior de la nota, había un croquis que indicaba la posición de la “suite” que le correspondía. Era fácil. Coger el gran pasillo, caminar medio centenar de metros y acceder al tercero de los pequeños corredores que nacían en el lateral derecho. Una vez allí, las salas debían de estar identificadas. ¿También con papel? Se preguntó a si mismo Ray.

Accedió al pasillo y caminó descalzo sobre el piso metálico hasta encontrar su estancia. El número nueve estaba biselado en el propio metal de la puerta, lo cual rompió el entusiasmo nostálgico que le envolvía desde que descubrió aquella hoja de papel.

Tras pulsar un botón, la puerta se deslizó horizontalmente hacia la derecha.

Capítulo 3

Ray dedicó unos segundos a escudriñar pusilánimemente el interior, antes de cruzar definitivamente por la nueva entrada. Cuando lo hizo, la puerta se cerró a sus espaldas, emitiendo un sonido característico.

Se encontraba en un cubículo de no más de una docena de metros cuadrados, iluminado en exceso por un foco central, situado entre varias láminas del techo. El camastro que observó en el compartimento fue lo más familiar que había entre las paredes del lúgubre metal. Además, un lavabo y un water brillaban impolutos. Después de tumbarse instintivamente y permanecer en esa posición durante exactamente un minuto, divisó un pulsador, cercano a una zona punteada.

Incorporose y pulsó el interruptor con forma octogonal. Varias láminas de la pared giraron al mismo son, dejando a la vista un armario de respetables dimensiones, donde varias perchas bailaban de forma mecánica.

De repente, el carrusel se detuvo, ofreciendo a Ray un uniforme completo, de un llamativo color verdoso. Supuso que tendría que embutirse en aquella extraña vestimenta.
Aunque la sensación térmica era agradable incluso en paños menores, Ray descubrió que tenía la piel de gallina, y ello le produjo un ardiente estupor. Sin muchas premeditaciones, descolgó la percha y se introdujo como pudo en aquel uniforme con tacto áspero; sin vacilar un momento ante ese centelleo electrostático que despedía ante el frote con el cuerpo. Subió la cremallera con decisión y suspiró. En ese instante, una sarta de señales acústicas le intimidaron brevemente. Algunas zonas del uniforme se iluminaban. Estaba realizando un chequeo inicial.
En el interior del armario, distinguió el mando de control de uno de esos ambientadores acondicionados, que consistían en un aparato de aire acondicionado que además, y gracias a un mezclador de sustancias químicas, simulaba a la perfección el aroma “paisajístico” que el usuario seleccionase; así como el que se percibiría en una playa, un pinar, un glacial… Ray no perdió la oportunidad de elegir la opción “Campo de lavanda” y de extasiar sus pulmones con la inmediata fragancia que inundó el habitáculo.
Mientras exhalaba, la puerta del compartimento se abrió, deslizándose hacia la izquierda, emitiendo aquel zumbido característico al que no acababa de acostumbrarse.

Ray se sorprendió de ver una mujer. Incluso ruborizose de su belleza.
La fémina pareció examinarlo de pies a cabeza desde el pasillo principal, prestando especial atención a los diagramas que se formaban en el traje, a la altura del plexo solar.
Una vez que quedó satisfecha, cruzó el umbral de la puerta.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó la mujer rubia, ataviada con el mismo uniforme verdoso—. El comandante me ha informado de que has sufrido una pequeña crisis al despertar.
—Bueno, la verdad es que me encuentro mucho mejor. Parece que me acostumbraré— contestó esbozando una sonrisa, a la par que abría el grifo y el agua fría golpeaba sonoramente contra la superficie reflectante del lavabo.
—No te preocupes, suele ocurrir en el primer viaje. Cuando te acostumbras, el cuerpo también lo hace. —la mujer ofreció estrechar la mano a Ray, que cerró el grifo y dejó muertos los nudillos para poder ser apresados por los deliciosos y suaves dedos de la recién llegada—.Me llamo Sonya Hutson, soy la médico de a bordo.
—Encantado. Soy Raymon Gordon; aunque por desgracia no se qué hago a bordo. Quizás tú me puedas orientar.

Sonya pareció dudar un momento antes de echarse a reír.

—Sólo puedo decirte que antes de dormir por última vez, estaba en el Monte Olympus. Para mí, el día de ayer lo pasé trabajando en Marte. Nadie sabe muy bien qué hemos venido a hacer, se supone que el comandante nos dará una pequeña introducción en la sala de descarga.
—¿Por qué tanta intriga? ¿No será algo peligroso? —preguntó un Ray intrigado, incluso incomodado por la respuesta inicial.
—Tranquilo. Llevo años con el comandante Gleen. Las misiones que se le encomiendan suelen ser de índole científica, nunca ha habido que preocuparse por nada. Es normal que estés tenso, ha sido un viaje muy largo incluso para mí. Te recomiendo que te relajes y que descanses hasta la reunión.

Sonya se acercó al camastro y pareció buscar algo entre la pared en la que estaba situado. Un brazo mecánico hizo aparecer una rendija HAS.

—Te lo dejo al alcance por si quieres escuchar algo de música o leer algún poema —Sonya se despidió saludando con la mano—. Luego nos vemos Ray, encantada de conocerte.

Ray devolvió el saludo y observó como la mujer desaparecía ante el zumbido de la puerta. Tuvo tiempo suficiente para saborear visualmente las insurgentes curvas del trasero de Sonya. Los pensamientos lascivos e inesperados le sonrojaron, e intentó evadirlos mojándose cara y nuca en la pila. Acto seguido se recostó en la camilla y acercó la rendija audiovisual.
El contenido era mostrado a través de un navegador. A tales distancias era inviable utilizar Internet, pero gracias a un sistema de refresco continuo, sí se podía acceder a contenidos informativos con un diferido de cerca de siete horas; pero teniendo en cuenta que los que viajaban en aquel bajel astronáutico llevaban un diferido de casi cincuenta días, la procrastinación de la llegada de los datos parecía una completa nimiedad, como autosentenció mentalmente Ray. Además, el soporte gozaba de un completo y exhaustivo contenido de la casi totalidad de obras musicales, películas y galerías pictóricas y artísticas que existían en La Tierra. El artilugio poseía cerca de 10 yottabytes, gracias a un minúsculo trozo de plástico con fibras de samario, una tecnología que tardó más de lo previsto en comercializarse públicamente, tan sólo dos años atrás, ya que se la inferían usos inicuos contra la industria audiovisual.
Seleccionó una pieza de Vivaldi y la armoniosa melodía impregnó cada centímetro cúbico de la estancia con la alegría que transmitía aquel vivaracho violín.

Recostado en el camastro, repasó las noticias que habían acontecido en aquel periodo de letargo forzado.

Un terremoto en Sumatra, con centenares de fallecidos; un intento de golpe de estado “pacífico”, en la recién unificada Corea; el fallecimiento de dos o tres personajes relevantes de la actualidad norteamericana… Aunque a Ray sólo le interesaba saber como marchaba el túnel.

Con satisfacción, comprobó que sólo se hablaba de él para alabar su utilidad. Era una obra faraónica.
Sin duda, la construcción más importante en la historia humana.
El Túnel Transatlántico fue inaugurado sólo unas semanas antes de despegar.
Y todo marchaba a la perfección gracias al encomiable trabajo que, durante años, había realizado el grupo de científicos que dirigió con precisión cirujana el bueno de Raymon Gordon.
Adios, París; Hola, New York; y viceversa, en tan sólo nueve minutos.
Tras contemplar varias fotografías y leer otros tantos artículos, ocultó el HAS y apoyó la cabeza en la mullida almohada, mientras entrelazaba sus manos a la altura del vientre.
No podía escapar al pensamiento de aquellos ojos verdosos; de aquella sonrisa; de aquellas curvas propias de una vestal. ¿Sería posible que, a su edad y en una situación tan incomparable; se estuviese enamorando?
Ray suspiró, y se mantuvo durante muchos minutos intentando cavilar sobre sus recién desatadas pasiones hacia la apuesta galena de la Mariner 100.
Sin saberlo, estaba sufriendo los efectos de la inevitable subida de serotonina, provocada por algunos de los productos químicos inyectados en la cápsula de estasis, en el preciso instante en el que Ray despertaba sobre la pulimentada superficie de un pupitre estudiantil.

Capítulo 4

Jack Gleen nació en Madison, cuando esa ciudad aún existía.
Como todos los pocos oriundos que quedaban de aquella, otrora capital de estado, se consideraba un hombre duro. Y no sólo por su aspecto rudo y vigoroso.
El comandante de la Mariner 100 estaba ya curtido en todo tipo de situaciones de las que había mamado, directamente, de una gran ubre, repleta de temple y de sangre fría. Desde muy joven, y tras ver morir a sus padres en el atentado terrorista de Wisconsin, donde cerca de cien mil personas perdieron la vida hacía más de medio siglo, decidió alistarse en el ejército de los Estados Unidos.
Tras una larga y esforzada preparación, combatió con éxito durante tres años en la guerra del Gobi, que a la postre, fue el último gran conflicto humano. Sus méritos militares valiéronle para ascender con facilidad de rango, y pronto fue elegido como tripulante de varias misiones espaciales de rescate, con el incipiente apogeo de la astronáutica.

Después de dos décadas de servicio impecable en misiones selenitas o venusianas, fue propuesto para comandar una misión a Marte. Ahora, éste era su décimo viaje como el más alto responsable de una colosal nave espacial. Y no era un viaje distinto a los demás, o al menos, eso infería el hombre que tanto respeto y admiración despertaba entre sus tripulantes.

Gleen entró en la sala de mando, donde el Teniente Duque supervisaba desde los monitores el estado de la nave.

—A sus órdenes, Comandante. —Duque se llevó la mano a la frente haciendo el saludo militar.
—Descanse, Teniente. ¿Alguna novedad?
—Negativo, señor. El rumbo se ha automatizado. En un par de horas estaremos estabilizados en la órbita de Neptuno —informó Duque, sin quitar ojo a los datos mostrados en una de las pantallas.
—Perfecto. Si hay alguna incidencia, avíseme inmediatamente. He de ir al receptor de datos, espero a recibir un informe desde la Tierraantes de reunirme con toda la tripulación.
—Entendido. A sus órdenes, señor— se apremió en contestar el teniente, sin quitar ojo al proceso de automatización, que en aquel preciso momento, estaba entregando el timón de la Mariner 100 a un microprocesador que gestionaba las múltiples maniobras que eran necesarias para mantener la nave surcando en aquel mar infinito.

El Teniente prosiguió con sus menesteres de control. Gleen desapareció por uno de los pasillos. Duque quedó de nuevo en silenciosa soledad.

Después de ejecutar varios comandos de órdenes rutinarias, abrió la escotilla frontal.
Al instante, el azul más puro del universo ribeteó en destellos sobre toda la sala de mando, ante la refracción que ofrecía la luz en el grueso aerogel transparente con el que estaba construida la apantallada escotilla frontal. Quedó prendado por el resplandor azul de Neptuno. El gigantesco planeta se mostraba impasible, flotando en la nada. La gran mancha azulada hízole quedar absorto durante varios minutos. Desde aquella posición privilegiada, parecía discernir movimiento de nubes en esa gran porción tormentosa; como rizos fantasmagóricos alentados por el azar más irreverente.
Extrajo un pequeño HAS. Tras venerar la imagen generada, susurró:

—Ojala estuvieses aquí para ver esto conmigo…

Duque se relajó con el paisaje espacial que le ofrecía el puesto de mando y dirigió sus pensamientos hacia el ser que había idolatrado e intentado imitar durante toda su vida.
No sólo porque era su abuelo. También tenía que ver el que fuese el primer ser humano en posar un pie sobre la superficie marciana. Amstrong era un aficionado comparado al gran Pedro Duque.
Recordaba con cariño todos los momentos que pasó junto a él. Fueron pocos, pero intensos.
El astronauta español adoró en vida a su descendiente, y sin duda alguna estaría orgulloso si pudiera ver con sus propios ojos aquel mundo desconocido; aquel planeta perdido que, el ser humano avistó a través de los ojos de Galileo, que lo observó por primera vez valiéndose de su rudimentario telescopio, y que incluso, tuvo la desfachatez de confundir con una estrella más; aquel paraíso recién descubierto que provocó graves disputas y enfrentamientos entre los más egregios científicos de la época; aquel punto de luz invisible a ojo desnudo que a punto estuvo de ser bautizado como Leverrier, Océano, o Janus. Pedro Duque estaría orgulloso de verle allí, delante del gigantesco dios de las profundidades marinas, como su nieto hizo por televisión cuando el cosmonauta pisó Marte.
Entre los recuerdos y la nostalgia, una lágrima rasgó su rostro sonriente. Aunque no fue suficiente para reprimir su gozo interior. Siguió embelesado, observando al gigante azul y con la viva imagen en su mente de aquel hombre bondadoso y sabio, cuyos restos descansaban desde hacía décadas en algún rincón del cinturón de Kuiper.

***

—Apuesto mi ración proteica de hoy a que no vamos a Neptuno.

El rostro de Jim mostró cierto grado de incomprensión.

—¿Y adonde demonios vamos a ir, cretino bolchevique? —dijo volviendo a la sonrisa habitual en él.
—Tengo el presentimiento de que vamos a otro sitio. Y sabes que no suelo fallar.
—Por eso no aceptaré esa apuesta. Además, me da igual donde vayamos. Lo pagan bien.

Los dos, ya completamente uniformados, sonrieron mientras se abrían las puertas del elevador magnético. Eran los primeros en llegar a la zona de descarga.

Jim Tekbar era norteamericano. Nació en New London, un pequeño pueblo sito en el condado de Huron, en Ohio. Se graduó en Cleveland en ingeniería cosmonuclear con tan sólo veinte años y fue alistado para las fragatas espaciales un lustro después. Su primer viaje le llevó a Europa, un par de años antes. Allí coincidió con Ruslan, también novato. Ruslan Popov, nacido en Moscú y licenciado en cinco especialidades; contaba con la misma edad que Jim. Medían lo mismo y los rasgos físicos eran muy similares. Como Jim, llevaba el pelo rapado. De lejos eran fácilmente confundibles. Aunque los ojos azules del ruso bastaban para reconocerlo correctamente.
Fue seleccionado desde el mismo Kremlin para ocupar la plaza asignada a su país en una misión de exploración joviana. Gleen solicitó por escrito su adhesión indefinida a su grupo operativo cuando el joven ruso demostró su valía y aptitud para el puesto que ejercía.

Siguieron bromeando animadamente hasta que el ascensor bajó con otro pasajero.

—¿Ése no es el tipo de antes, el de los espasmos? —dijo Jim señalando con la mirada.
—Sí, eso parece.

Jim utilizó las manos como altavoz improvisado.

—¡Eh! ¡Amigo! ¿Cómo te encuentras?

Capítulo 5

—Así es, portamos cerca de 80 cabezas termonucleares a bordo —espetó Jim a un cariacontecido Ray.
—¿Olvidas que ya hemos utilizado una docena? —apostilló Ruslan.
—¿Disfrutas matizándome? —intentó dar un empellón a su compañero, pero éste se zafó y comenzaron a menear los brazos uno contra el otro como si fuesen críos de guardería.
—Perdonad, chicos —hizo una pausa hasta que los dos le prestaron atención—. ¿No hay peligro de que exploten esas bombas?
—Eso se supone que hacen, tío. Explotan en un compartimento controlado electromagnéticamente y la energía de la explosión es la que impulsa a la nave y la hace entrar en velocidad de crucero —respondió Ruslan, aún enzarzado en una guerra de collejas con Jim.
—¡Genial! Ya me quedo mas tranquilo —Ray hizo un gesto que acompañó al sarcasmo de su afirmación—. ¿Y cuál es la velocidad de crucero?

—1100 kilómetros por segundo —contestaron ambos al perfecto unísono.
—Vaya, qué barbaridad —Ray quedó meditabundo. Intentó calcular a que velocidad circulaba el tren transatlántico en kilómetros por segundo, pero ni su sistema neuronal estaba por la labor, ni los técnicos le iban a permitir el relax necesario para hacer una regla de tres tan simple como tediosa.
—Nunca viajará más rápido, al menos por el momento. Y aún así, hemos tardado casi cincuenta días, más otros tantos que tardaremos en volver- explicó Ruslan. —Espero que no tuviese cita con el dentista.
—Y eso si volvemos, claro —terció Jim.
—¿Qué? ¿Cómo que si volvemos? —preguntó Ray levemente alterado.

Ambos cómplices se miraron entre sí, estallando pocos segundos después en una gran carcajada.
El testigo sonoro del ascensor les serenó. Esperaron en posición firme la apertura de la puerta.
El comandante de la nave caminó hacia ellos. Portaba varios HAS tubulares, cada uno del tamaño de un bolígrafo. Ray advirtió como los dos técnicos que bromeaban con él permanecían firmes como postes. .

—¿Dónde está el resto de la tripulación? —preguntó avanzando hacia los presentes.
—Señor, aún quedan algunos minutos —respondió con seguridad Ruslan.
El comandante consultó en su muñeca.
—Descansen.

Ruslan y Jim abandonaron su posición firme y se alejaron hasta una nevera con refrescos, al suponer que el recién llegado y el jefe iban a conversar. Estaban en lo cierto.

—¿Cómo se encuentra?- indagó el comandante a Ray
—Bueno, de momento bien. Gracias. Pensaba que me resultaría más difícil adaptarme —explicó, intentando descifrar la turbulenta mirada de Gleen.
—Espero que esas dos lagartijas no le hayan incomodado. Son como niños, pero hacen bien su trabajo —intentó disculparse el comandante, exhibiendo un tono afable y fraternal. Aquel enclenque petulante no le caía bien, pero las rencillas con el personal científico nunca le gustaron, y mucho menos, sus consecuencias. La experiencia le había confiado el secreto de cómo tratar con ese tipo de gente.— Le pido disculpas si así ha sido.
—No, en absoluto. No se preocupe. Lo único que me ha sorprendido es descubrir que viajo junto a decenas de cabezas nucleares— ironizó Ray.
—Pensaba que estaba al día de los adelantos tecnológicos, siendo usted quien es y observando los proyectos en los que ha participado.
—En mis proyectos no se ha utilizado energía atómica de ninguna clase —defendiose Ray, intentando no sonar excesivamente descortés.
—Lamento que le importune esta situación, pero puedo asegurarle personalmente, que no hay nada de que preocuparse por las valijas nucleares de a bordo. —Gleen transmitía confianza en su mirada, y a Ray le pareció sincera.
—No hay problema entonces. Asunto zanjado. Sólo queda un pequeño detalle. Me gustaría saber qué diantres hago yo aquí— el tono de Ray se tornó serio y conciso.
—Eso es precisamente lo que vamos a tratar en breve. Cuando venga el resto de la tripulación, obtendrá su respuesta —Gleen volvió a mirar su muñeca derecha.
—¿Por qué tanto secretismo, comandante?
—Relájese, le veo tenso —dio una palmada en la espalda de Ray, algo que éste no esperaba y que lejos de tranquilizarle, le produjo un corrosivo estupor—. Vaya con los chicos y tómese un refrigerio, aun quedan unos minutos.

El comandante se dirigió a la zona de computadoras dejando a Ray con la palabra en la boca; con cientos de preguntas que se apelmazaban una tras otra y que se desvanecían tan rápido como se alejaba Jack Gleen. La calma que el comandante pretendía impregnar a su voz era muy delatadora. Estaba siendo una tranquilidad forzada.

Jim y Ruslan tomaban un refresco a cincuenta metros. Le hicieron un ademán con las manos para que fuera con ellos, una vez que el comandante continuó preparando la reunión. Pero a Ray no le apetecía beber. No le apetecía hacer nada.

***

El ascensor bajó de nuevo con los últimos tripulantes operativos.
Ray reconoció a la doctora Hutson. La dama estaba acompañada por tres desconocidos varones, todos ataviados con el mismo uniforme que Ray encontró en su compartimento.
El hombre con aspecto juvenil era el Teniente Nicolás Duque. El otro, al que Ray calculó no menos de sesenta años, el geoquímico Park Chong. El más aletargado era el matemático alemán Mark Brahe. El grupo avanzó al salir de la plataforma.
Parecían ir conversando sobre algo divertido. A Ray le sorprendió la frialdad de todos los pasajeros que había visto hasta el momento. Todos andaban por aquella extraña estructura como si caminaran sobre el pasillo de sus casas, en la añorada Tierra.
Sonya apretó el paso al acercarse a Ray, y se dirigió a él saludándole efusivamente.

—¿Has descansado? —preguntó con una gran sonrisa — ¿Necesitas algo de efedrina?
—Bueno, he dormido siestas mejores —contestó Ray, intentando esbozar el gesto de su interlocutora. —Gracias, pero espero poder aguantar sin tomar nada.
—Chicos, os presento a Ray Gordon. Es el tipo que ha puesto en marcha el gran túnel —explicó Sonya a sus compañeros.
Gordon se sonrojó levemente. Que alguien reconociese su trabajo en aquella situación, le pillaba totalmente desprevenido. Intentó disimular la rubicundez que le producía tal mención.

El teniente Duque estrechó la mano del presentado. Ray examinó rápidamente al recién llegado. De cerca no parecía tan juvenil. Una prominente nariz era lo que mas sobresalía en aquel rostro enjuto de tez morena. Como los demás, vestía aquel mono verde.

—Soy Nicolás Duque. Sin duda, es una obra admirable —dijo sin soltar la mano—, debes de estar orgulloso. Espero poder viajar en él cuando volvamos.
—Cuenta con ello —susurró Ray—. Si quieres puedes venir conmigo. No pude asistir a la inauguración. Resulta que estaba dormido, con mi cuerpo en estasis dentro de una capsula maloliente.
Los tres recién llegados sonrieron. Y eso animó a Ray
—Es un placer, amigo— saludó Chong.
Ray repitió el examen visual. Chong no llegaba al metro setenta. Su rostro de ojos rasgados y sus pómulos carnosos y arrugados le evocaron la sensación de haber visto esa cara en algún sitio. Era un rostro tan peculiar como difícil de olvidar.
—Mi nombre es Park Chong, un orgullo saludarle —hizo un saludo propio de su región, muestra milenaria de respeto y afabilidad que consistía en agachar cortésmente la cabeza.
—¿Usted no es el coreano que descubrió e implantó la nanoterraformación? —preguntó intrigado Ray.
—Así es. Aunque en realidad fue un descubrimiento que realizamos un nutrido grupo de científicos, yo sólo lo coordiné.
—Vaya, qué sorpresa. No esperaba encontrar un premio Nobel en un sitio como éste.
—Y este de aquí es Mark. Es, con casi total seguridad, el mejor matemático en la actualidad.

El único hombre que portaba gafas en aquella nave — Ray apostaría a que incluso, podría ser el único hombre en el mundo que utilizase aquella antigualla que sólo podía verse en museos desde décadas — le saludó tímidamente, sin pronunciar una sola palabra. Parecía hundido en sus propios pensamientos. Cuando miró a los ojos de Ray, dijo:

—Mi tío fue profesor en la universidad de Denver. Quizás coincidieron.

A Ray le golpearon las palabras como si los guantes de un enfurecido boxeador se tratasen.

La voz de Glenn interrumpió el coloquio, y dejó sumido a Ray en un lago de tibia confusión. De repente, recordó el sueño por completo. Aquel hombre era descendiente de ésa calavera putrefacta que había escrito algo, una frase, en el encerado que mantenía en el recuerdo de la sufrida paroniria. ¿Qué demonios había escrito el profesor?
—Caballeros, es la hora. Acérquense a la mesa —anunció el comandante, desde una plataforma móvil.

Gleen accionó un mando a distancia. Del piso inferior brotó una gran mesa ovalada. Una vez arriba, ocho taburetes cilíndricos nacieron del suelo, circunvalando la superficie del tablero ovoidal, que levitaba gracias al magnetismo de ultrainducción.
Los dos grupos se acercaron. Cuando todos estuvieron aposentados, el comandante bajó de la plataforma.
Gleen hizo ocultar su taburete. Permaneció de pie, observando al pequeño grupo que tenía ante sí. Sus ojos no transmitían nada bueno.

Una gran membrana holográfica surgió de la parte central de la mesa.

Capítulo 6

—En primer lugar, quiero que sepan algo. —dijo el comandante Gleen, intentando mostrar la sinceridad que emanaba de su ojeada ante todos los presentes. De hecho, no continuó hasta que se cercioró de que todos habían cruzado una mirada directa con él— Hasta hace escasos minutos, ni yo mismo era conocedor del objetivo principal del viaje que se me ordenó comandar.
—¿Es un chiste, comandante?—inquirió de forma irónica Ray, a la par que adquiría una postura más sosegada en su aposento.
—Le aseguro que me encantaría que así fuese, pero no lo es, señor Gordon— sentenció Gleen, apoyando los brazos sobre la mesa, a menos de medio metro de Ray. Tras intercambiar más miradas sensitivas, el comandante giró sobre sí y anduvo en derredor de la mesa, con las manos unidas tras la espalda. Cuando hubo caminado unos segundos, comenzó a hablar, de forma mecanizada.
—Verán… la información que les voy a facilitar es de secreto máximo, así lo califica la WCA y todos los estados miembros. Tanto, que, como les he dicho antes, hasta hace pocos minutos no se me ha permitido acceder al protocolo de la misión—dijo Gleen cruzando los brazos.— Ni siquiera los capitanes de las dos naves que nos escoltan saben más allá del destino de la misión.

—¿No venimos a orbitar Neptuno, verdad? —interrumpió Ruslan, con una carcajada ganadora dibujada en su rostro, aunque no se atrevió a ejecutarla por completo.
—No; cabo. No vamos a orbitar Neptuno.—respondió solemnemente Jack Gleen..
—¿Y a dónde nos dirigimos, comandante? —preguntó Sonya con un gesto más preocupado que el mostrado hacía escasos minutos.
—En algo menos de siete horas, alunizaremos en Tritón.

Un halo de sorpresa rodeó la mesa. La membrana HAS se activó y generó la fiel imagen del satélite en cuestión.

—¿Tritón? —preguntó un extasiado Chong— Sin duda, será emocionante.
—¿Qué es Tritón? —preguntó Ray sin entender muy bien la leve pero sonora algarabía.
—Es uno de los satélites de Neptuno. Uno de los cuerpos más fríos que se han medido dentro del sistema solar. Es algo más pequeño que nuestra luna —informó de carrerilla el catedrático coreano.
—Esta en lo cierto, profesor Chong —intervino de nuevo Gleen, apremiando con un gesto a que el experto continuase dando información.
—Además, es uno de los satélites más misteriosos del Sistema Solar. Es el único que tiene órbita retrógrada, es decir, su movimiento orbital es contrario al de Neptuno; evidencia científica de que no se formó en las proximidades del planeta, ergo fue atrapado gravitacionalmente. Puede que naciera cerca de donde lo hizo Plutón, ya que parecen tener grandes paralelismos geológicos— hizo una pausa y trazó varios movimientos con el dedo índice, manipulando los datos mostrados en la membrana.— Tiene una feble atmósfera, compuesta en su mayoría por nitrógeno. Hasta hace pocas décadas se pensaba que poseía una superficie no rocosa, de material gaseoso helado. Pero la última sonda, que lo examinó en el año 2059, reveló que tiene zonas rocosas y estables en el norte; la denominada corteza de melón, ésta zona de aquí, que como ven, es similar a la piel del melón terráqueo. Es una geología única que no se da en ningún otro cuerpo en rotación. Como ven, la zona sur del planeta está bajo la penumbra, y así seguirá durante medio siglo más.
—¿Por qué venimos a Tritón, comandante? —interrumpió Ray.
—En el año 2076 fueron lanzados al espacio los tres vehículos experimentales de impulsos gravitacionales, los Explore-X. Su objetivo: Llegar en un corto lapso de tiempo a los tres sistemas estelares más cercanos a nosotros, excluyendo por supuesto en el que nos encontramos: Alfa Centauri, a poco más de cuatro años luz de distancia; Sirio; y Luyten, ambos entre los ocho y nueve años luz de distancia.— Gleen, ayudado en su discurso por la membrana holográfica, perpetraba breves pausas con las que taladraba la mirada de Ray, que parecía mostrarse más interesado en escuchar y asimilar la información que pocos minutos antes— El año pasado entró en funcionamiento un nuevo satélite, el Artemisa; puesto en órbita para controlar las emisiones de frecuencias plankianas y tener localizados los Explore-X que ya viajan hacia los sistemas que les mostré antes. Como sabrán, estos prototipos enviados funcionan con el motor plasmodinámico de gravitones. ¿Le dice algo esto, señor Gordon? —indagó a Ray con la mirada fija.

No supo que contestar. Su mente estaba ocupada intentando ordenar sus pensamientos y emociones. Poco a poco, comprendió que las piezas iban encajando.
Todos le miraban a través de la membrana.

—Yo participé en el desarrollo de esos motores —dijo por fin Ray
—Los conozco —repuso Ruslan—. Los prototipos más avanzados no son más grandes que un puño.
—Así es —explicó Ray—. El primero que desarrollamos era del tamaño de una nuez. Por eso se llamo el Proyecto Diplodocus. Porque el motor para viajar a las estrellas tendría el tamaño del cerebro de estos animales extintos.
—Espero que eso resuelva sus dudas del porqué está aquí —espetó Gleen.
—Pues la verdad que no. ¿Qué tienen que ver estos motores con Tritón? —preguntó, más intrigado si cabe Ray.
—Como les iba diciendo, Artemisa entró en funcionamiento años después del lanzamiento de los tres Explore-X construidos y lanzados hasta la fecha —Gleen iba manejando con maestría la membrana, que ofrecía información en imágenes acompañadas con gráficas sobre la intensidad de las lecturas—. El satélite no es más que una antena configurada para recibir y traducir la señal inconfundible que mantenga localizados los vehículos interestelares. Éstos poseen un emisor en el motor, que aprovecha el residuo y emite gravitones gaussianos, una subpartícula artificial que no se ha hallado en el universo observable. Y para sorpresa de todos, el primer día de funcionamiento de Artemisa, el satélite empezó a captar una nueva y débil señal, similar a la que emiten los Explore-X.
—¿Cómo es posible? —participó cariacontecida Sonya
—Parece ser que hay algo parecido a nuestros motores. La cuarta señal fue analizada y proviene de Tritón. No ha variado desde el primer día que se captó.
—¿Se están dando cuenta de lo que dicen? —pregunto Ray alarmado—. No es posible que haya un motor de gravitones en Tritón.
—A menos que no sea humano —sugirió Terbak, con tono melancólico.
—¿Qué tonterías dice?— replicó molesto Ray
—¡Silencio! —bramó Gleen—. Sea lo que sea, nuestra misión es descubrirlo y enviar toda la información que podamos captar. Les entregaré los informes llegados desde la Tierra. —Gleen repartió las tablillas tubulares a los presentes—. En siete horas está previsto tomar contacto con la superficie del satélite. Es el tiempo del que disponen para leerlo y descubrir cuales son sus objetivos en la misión. Descansen.

Gleen se dio media vuelta, subió la escalinata y se perdió entre una maraña de cables y entramados metálicos.

Ray pretendía seguir tras él y hallar mas respuestas, pero Sonya se lo impidió con un tirón en el brazo.

—Es inútil. Déjalo— díjole, mirándole con compasión. Volvió la vista hacia el lugar donde ya no estaba el comandante. Y fue entonces cuando notó el calor de la mano de Sonya apretando la suya. Ruborizado, volvió a la mesa, donde todos los presentes esperaban entre erguidos y nerviosos. Alguno de ellos, como Chong, utilizaba el HAS que le había entregado el comandante al finalizar la reunión.
—A ver, es posible que yo mismo me esté volviendo loco—expuso Ray, con gesto dubitativo y brazos cruzados—¿Cómo es factible que haya tres emisiones controladas de gravitones gaussianos y que de repente, aparezca una cuarta emisión de la nada?
—No me cabe la menor duda de que la nueva señal no tiene nada que ver con las tres señales controladas, señor Gordon.—respondió de inmediato el matemático, a la par que se ajustaba las gafas. A decir verdad, durante toda la sesión informativa, fue el único que se mantuvo totalmente impasible ante las palabras del comandante. Su actitud daba a entender que el objetivo de la misión no era una novedad para él.
—¿Y por qué está tan seguro, amigo?—preguntó nuevamente Ray.
—Porque las señales de los Explore-X son disonantes, son planas. Esta nueva señal tiene cadencia, tiene ritmo.
—¿Quiere decir que la señal puede contener alguna clase de información?— indagó Chong, dejando de lado el dispositivo holográfico.
—Tiene toda la pinta de que sí.
—Eso explica que aquí haya un matemático como usted, ¿No?—ironizó nuevamente Ray.
—Así es. Yo lo entendí a la primera. Sin embargo, usted no parece asimilar muy bien su presencia en este lugar. —finalizó Mark, acomodándose más aún en el respaldo surgido del taburete.
—Está claro que Ray está aquí por trabajar en el laboratorio que diseñó esos motores—terció el Teniente Duque, que trataba de apaciguar la situación. —Nadie mejor que él, si encontramos uno de esos cacharros allí abajo.
—Exacto, todo el mundo tiene su utilidad en la Mariner 100, amigos.—intervino Jim con su carácter sonriente— Por ejemplo, Ruslan es el encargado de limpiar las cubetas escatológicas cuando se atascan de excrementos.
—No, para eso llamamos a tu madre americana, cretino— contestó el joven soviético ante el escándalo de risas formado en el pequeño grupo, que asistió a una nueva guerra de pescozones y collejas entre los dos joviales ingenieros.

La tensión disminuyó considerablemente en la sala de descarga de la Mariner 100. Todo el mundo, incluido Ray, pareció comprender la envergadura real de la misión. Por su cabeza daban vueltas multitud de ideas atrevidas, de tesis implausibles y de vagas explicaciones ante algo inexplicable. Estremeciose, no obstante; cuando su subconsciente hizo que una frase se iluminara en su mente, como si un antiguo rótulo de neón se tratase:

"EL HOMBRE DESCUBRIÓ LA CIENCIA. AHORA LA CIENCIA DESCUBRIRÁ AL HOMBRE"

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